El embrujo, o ¿quién caza a quién?

Me quedo inmóvil, no sé si animarme a entrar o no; en realidad poco me interesa querer saber algo del futuro, apenas y puedo concentrarme en el presente, pero sin darme cuenta respondo en automático. ¿Cuánto cobras por leerme las cartas?

Por: Homero Ontiveros

brujo niño fidencio mercado juarez
Imagen del Niño Fidencio en el Mercado Juárez de Monterrey. Foto: Ebarella_R – Flickr (Creative Commons)

Mira, pásale. Yo te adivino lo que sea sin preguntarte nada. Te leo las cartas y las barajas, dice un hombre a las mujeres que pasan por el pasillo 4 del Mercado Juárez de Monterrey. Se les acerca, les toca el hombro o la mano y las invita a pasar a su consultorio, un reducido espacio detrás de una cortina. Al frente, un anuncio con los servicios que ofrece y una imagen de la Santa Muerte.

Una mujer se detiene y lo cuestiona: ¿Y si no me adivina? Pues no te cobro nada, pero si te adivino me pagas los cien pesos de la consulta. Ándale, anímate. Soy cubano, vidente, brujo y hechicero, dice como si la nacionalidad fuera una garantía o voto de confianza. La mujer se queda pensando, dudosa mientras él le repite que si no queda satisfecha le devuelve su dinero. Esa es la palabra clave: satisfecha. De eso se trata.

El brujo le pregunta si no cree en las cartas, ella contesta que sí y añade una sentencia contra la cual no hay ningún hechizo que la revierta: lo que pasa es que no traigo dinero. El cubano se queda mudo, no dice nada y la deja ir como pez que se escapa de las manos y vuelve al agua.

Frente al negocio del vidente hay un restaurante de comidas corridas. La dueña, que supongo se llama Cuca porque así es el nombre del local, siempre está ahí. Resalta por lo arreglada que siempre va: cabellera rubia y larga en cola de caballo, aretes, collares y alhajas brillantes en sus muñecas, cuello y orejas hacen juego con el maquillaje fuerte de sus párpados, mejillas y labios, además de una pestañas grandes y negras. Doña Cuca está sentada, mirando a la nada, o más bien al pasado, mientras en una pequeña y vieja grabadora se escucha cantar a Lola Beltrán. Ella se sume en sus pensamientos y recuerdos; la música es un detonante en voz de José Alfredo y luego Rigo Tovar con mariachi. El tiempo se ha detenido para hacer un ajuste de cuentas.

La señora que come a mi lado no deja de quejarse: ¿A qué hora se van a callar el hocico?, dice refiriéndose a las dos mujeres que atienden y hablan como si estuvieran en su casa. No se da cuenta que ese es el secreto del mercado: sentir que es algo casero, cercano. Los mercados son los lugares con más vida, eso se puede constatar en su movimiento, olores y ruidos.

Hay algo en la mirada de las personas que se dedican al esoterismo que es diferente, parece más profunda e imponente, además de oscura. Pongan atención en eso y lo verán: su mirada es diferente a las demás.

Pido mi cuenta y me dispongo a salir del mercado. Antes escucho al cubano y me doy cuenta que, cuando habla con una señora amiga de él, su acento es casi tan regio como el mío. Me queda la duda si es cubano, regio, o cubaregio. Veo que solo se dirige a las mujeres para ofrecerles su servicio, supongo que él sabrá por qué lo hace. Me levanto y, al estar frente a su negocio, me detengo a leer los servicios como si me interesara. No pasan dos segundos cuando me dice: Mira, ven hijo. Yo te adivino lo que quieras. Me quedo inmóvil, no sé si animarme a entrar o no; en realidad poco me interesa querer saber algo del futuro, apenas y puedo concentrarme en el presente, pero sin darme cuenta respondo en automático. ¿Cuánto cobras por leerme las cartas? Ciento cincuenta para ti. Pero si acabo de escuchar que lo hacías por cien pesos. Sí, pero a ti te voy a hacer una lectura más detallada.

¿Ya te habían leído algunas vez las cartas?, me pregunta el brujo. No, esta es la primera vez. Y, ¿qué te trae por acá, qué quieres saber? Pues de todo un poco.

No es cualquier cosa para mi. Hace alrededor de veinte años dos personas, en situaciones distintas y alejadas, me dijeron que mi “aprendizaje” terminaría alrededor de los 40 años. Es muy incómodo vivir contando el tiempo que falta para llegar a la catástrofe y pensando que cada año uno se va acercando más al final. Llegando a los 39 fue lo más difícil porque pensaba que cualquier cosa me podía pasar. Al llegar a los 40 decidí que no podía hacer nada por cambiar mi destino y preferí aceptar cualquier cosa que sucediera. Al final de ese año me dije: eres un pendejo. Durante todo ese tiempo no quise volver a saber nada de adivinos ni brujos; por eso es importante para mí decidirme a entrar ahora aquí. El miedo es a que me reafirme la sentencia hecha hace 20 años, tener que salir de ahí pensando que en cualquier momento todo acabará.

Me decido y entro, es como decidir hacerte unos exámenes de sangre: aunque vaya a salir que traes el colesterol hasta las nubes tienes que hacerlo. Doy el paso.

Corre la cortina naranja y entro a un cuarto diminuto. Hay tres figuras de la Santa Muerte formando un triángulo en el espacio reducido donde se hacen las consultas. Son de diferente tamaño. Sobre una repisa hay veladoras encendidas y en la pared de enfrente algunos amuletos cuelgan suspendidos en el aire, dan la impresión que están ahí para proteger de las malas vibras el ambiente o, a las personas, aunque luego sabré que se trata de un artículo disponible para el cliente. Hay un olor entre inciensos y hierbas mezclándose entre sí, huele a esoterismo y mercado. Aunque no parece, por dentro el temor me hace tambalear un poco, hay un ligero temblor en mi. Él no tiene ninguna pinta de brujo,  cabello corto, tan común que no necesita casi ni peinarlo, pantalón de mezclilla y zapatillas grises Nike que no hacen juego con su playera naranja gastado. Lo único que lo asocia con la imagen de un esotérico es la cantidad de collares y amuletos colgando de su cuello y las coloridas pulseras abrazadas a su muñeca.

¿Ya te habían leído algunas vez las cartas?, me pregunta el brujo. No, esta es la primera vez. Y, ¿qué te trae por acá, qué quieres saber? Pues de todo un poco. Noto que mis palabras no son firmes al responder, me siento nervioso y vulnerable pero no quiero que él se de cuenta de eso. A ti te está yendo mal en el trabajo, no salen las cosas como quieres, ¿no es así? Me quedo pensando en la intención del adivinador y recuerdo que este año no he parado de trabajar, pero su desatino no hace que mis nervios desaparezcan. Tienes problemas económicos, me dice sin titubear. Claro, ¿quién no los tiene en este país?, respondo. Estas aseveraciones las hace mientras sigue mezclando las cartas entre sus manos, como queriendo decirme que él, con algún poder que tiene, ha visto algo en mí antes que las cartas. Caigo en cuenta que ya faltó a su oferta de adivinar sin preguntar e intuyo se volverá más en un ejercicio intelectual; es decir, él intentará adivinar cosas de mí con base a mis respuestas. Tú no crees en la brujería, ¿verdad? Más que no creer en ella, en realidad no cuestiono su existencia, respondo. El brujo se queda mirándome tratando de encontrar alguna seña que le haga entender mi respuesta.

Después de pedirme que revuelva las cartas con mis manos, saca una a una y las acomoda sobre una pequeña mesa cubierta con tela verde. Lo hace con cierta fuerza que emite un sonido cuando la desliza para separarla del resto que trae en una de sus manos. Las observa y dice que todo está bien, que no ve ninguna enfermedad ni accidente. Siento que una gran loza se hace añicos, casi la escucho caer y romperse, mi cuerpo se aligera, el temor comienza a caminar alejándose, todo cambia alrededor cuando no repite el diagnostico que me dijeron de joven. Aunque ya empezaba a dudar de él, esto sí se lo creo, todo está bien, no me pasará nada. No soy consciente de que yo también, al igual que él, estoy haciendo una interpretación a mi beneficio. Creo aquello que me conviene y lo que no lo deshecho.

Saca unas cuantas cartas más, se detiene, las interpreta y agrega que en el trabajo hay algo que me está truncando y no me deja avanzar bien. Vuelve a observar como buscando algo en algún rincón de esa carta, algo que esté un poco más alejado y me dice que no se trata de un trabajo contra mi, o sea, no es brujería sino solamente un bloqueo que le aparece ahí y está seguro es el motivo por el que no puedo superarme en lo laboral. ¿A qué te dedicas? Soy periodista cultural. Se queda un momento en silencio. ¿Cómo es eso? Escribo sobre cosas que tienen que ver con la cultura, nada que tenga que ver con accidentes ni delincuencia, es más bien sobre libros, música, arte, etcétera. Baja la mirada y lanza otra línea de cartas sobre la mesa. Aquí me aparece que eres una persona muy inteligente, que sabes bien lo que quieres y por eso lograrás lo que te propongas, eres una persona que sabe hablarle a los demás.

A estas alturas trato de mostrar una cierta sorpresa a todo lo que me dice, me interesa que tenga la suficiente confianza para seguir adivinando lo que sea sin sentir que no le creo, por eso hago expresiones que le hagan pensar que está acertando en sus interpretaciones. Ya no estoy nervioso, pero no quiero que me descubra. Aún con sus desatinos me da miedo que en represalia me haga brujería o me lance alguna maldición, así que prefiero aparentar que me tiene de su lado.

Reconozco que quienes se dedican a esto del esoterismo deben tener una gran capacidad de interpretación porque así funciona, ellos van interpretando al otro a partir de las respuestas dadas; hasta pensaría que es una especie de psicoanálisis, una charla en la cual uno va dejando ver lo que quiere escuchar para que el otro te lo diga.

En el amor vas a ser muy querido, hay personas a tu lado que te quieren mucho así que tampoco hay problema con eso. Una persona en especial te quiere demasiado, tú sabes quién es, dice el adivino, con un ritmo continuo que asemeja más a quien se aprende los discursos de memoria. ¿Qué más quieres saber? Pues no sé, déjame pensar. Puedes preguntarle lo que quieras a las cartas. Pienso un poco, miro alrededor las imágenes de santos que inundan la habitación, y pregunto por los hijos. ¿Voy a tener hijos? Has tenido problemas para procrear, ¿verdad?, me responde con una seguridad que no me apabulla. No, en realidad no tengo problemas, es solo que no se ha dado la situación, respondo más por defender mi virilidad que por otra cosa. Pues este año serás papá. ¿Este año, estás seguro? Sí, así como te lo digo, este año serás papá. Sonrío con aire de sorpresa, no sé si solo aparento estar emocionado o si en realidad lo estoy. Me quedo con esa sonrisa, como si buscara un buen cierre, y le digo que con eso estoy satisfecho, que no tengo nada más que preguntar.

Antes de levantarme de la silla me vuelve a mirar fijamente, me incomodo un poco pero le aguanto la mirada. Ese bloqueo del que te hablé tiene que ver con tu trabajo pero también está obstaculizando que tengas hijos, es un bloqueo general y no debes dejarlo pasar. ¿Qué hay que hacer? Con una limpia te lo puedo quitar, como te digo, no es brujería pero si está afectando en lo que tú haces. Muy bien, y cuánto te tardas en hacerme una limpia. Nombre, es rápido, en menos de 6 minutos terminamos. Y cuánto me costaría. Mira, como lo tuyo es solo un bloqueo, no necesitas una limpia tan profunda, hay una más económica y con esa es suficiente para quitarte el problema que traes, esta limpia te cuesta mil pesos, pero está garantizado que te ayudará. ¿Recuerdas que al principio me preguntaste si tenía problemas económicos y te dije que como todos los demás? Asiente afirmativamente con la cabeza, sin quitarme la mirada. Pues es eso, no tengo mil pesos para una limpia, sé que es importante y que me puede ayudar pero no puedo pagarla, al menos no hoy, tendría que pensarlo. Cuando le digo que sé que es algo importante, es para seguir con esta idea de que me crea que le creo, aunque no parezca, pero sigo teniendo precaución, una parte de mi piensa que sí puede hacerme algún daño espiritual si así lo desea.

Reconozco que quienes se dedican a esto del esoterismo deben tener una gran capacidad de interpretación porque así funciona, ellos van interpretando al otro a partir de las respuestas dadas; hasta pensaría que es una especie de psicoanálisis, una charla en la cual uno va dejando ver lo que quiere escuchar para que el otro te lo diga. Y la mirada, esa penetrante que impone y que a algunos intimida, termino por descubrir que es parte del personaje, es necesario hacer creer que tras sus ojos hay un poder desconocido.

Bueno, mira, si no es la limpia hoy, lo que puedo ofrecerte es encender una veladora. Me quedo con expresión de no entender lo que me dice. Yo puedo encender una veladora a la cual le haré unos rezos especiales para pedir por ti y eso ayudará también para ir eliminando tu bloqueo, es más lento pero funciona, lo digo porque en realidad quiero ayudarte a quitarte eso. Y, ¿cuánto cuesta esa veladora? Me das 200 pesos y yo durante quince días estaré trabajando para que mejores. Es que de verdad ya no traigo dinero, solo me alcanzó para la lectura de cartas. Buenos, dame 150 pesos, todo sea por ayudarte. Ni cincuenta traigo ya, en serio.  Me levanto y su mirada es reprobatoria, no pudo sacarme más dinero. Le doy la mano amablemente y él me saluda como el niño al que no se le cumplió el deseo, con cierto reproche y yo me quedo pensando si no fue demasiado darle la mano. ¿Qué tal si en el saludo, enojado porque no le di más dinero, me hace algo de brujería?

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