Fervor espiritual

Por: Armando Alanís Pulido

Aunque para fines prácticos la literatura no tiene territorios, el espacio geográfico desde dónde se genera le proporciona un peso o una personalidad. En el entendido de que local es global este espacio se dedica única y exclusivamente a obras  de autores regiomontanos o radicados en el estado de Nuevo León (México).

Estaba yo tranquilamente en mi casa esforzándome por alejar de mí los pensamientos impuros, tenía un cepillo en la mano (porque me estaba peinando, no piensen mal), cuando se me encomendó hacer unos comentarios sobre este librito, y yo, devoto de la literatura me dispuse: Subí a mi habitación a tomar una taza de té y a leer por supuesto y encontré en El manantial en la casa una severa crítica a la iglesia mediante una historia que defiende los derechos de las minorías a partir de un suceso que vulneró la voluntad -y la inocencia- de una de las protagonistas, pero como ninguno de esos asuntos son mis asuntos decidí volver a leer y concentrarme en la felicidad que para eso estamos hechos.

San Luciano Corazón Ardiente

Cuando lo vi por primera vez en la estampita, con los ojos cerrados y los chamorros engarrotados, pensé que estaba en oración, después supuse que estaba transcribiendo una entrevista para Proceso o escribiendo un guión cinematográfico, pero todos sabemos ya observándolo con piedad, lo que estaba haciendo.

Una atmósfera silenciosa y sofocante

No exagero al decir que el autor exagera en los detalles de una manera suculenta, cinematográfica –obvio- insiste en la pertenencia de los objetos de “uso cotidiano” para concluir y explorar al mismo tiempo una situación casual o premeditada que a fin de cuentas es la protagonista, es decir el hecho, lo que sucede, el episodio principal contempla, comprende y distingue en la complicidad de dos adolescentes todo un destino, ¿irrepetible? Leamos hasta el final y descubrámoslo.

El corazón de su simetría

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”.

(Rayuela, capitulo 68)

El encuentro sexual entre Ruana y José es el cumplimiento de un sueño y como dicen: al cumplirse los sueños, al hacerse realidad los deseos queda una sensación de vacío , queda algo incompleto, el tiempo se detiene y aparece el vértigo al futuro.

Acudí al capítulo de Rayuela porque en la descripción del acto (muy explícito por cierto) encontré palabras que me lo recordaron y que iluso de mí, imaginé que podía incorporar a mi vocabulario y usarlas en asuntos hormonales a la hora de algún roce conyugal, al consultar el diccionario me di cuenta de que las palabras almena y merlones, no poseen ninguna carga erótica y que son simple y sencillamente elementos arquitectónicos (de la arquitectura militar medieval, por cierto) y son son los salientes verticales y rectangulares que tienen los muros de los  castillos.

Por último les advierto como sacerdote en homilía que uno puede pensar lo que quiera, pero que si leen El manantial en casa de Luciano Campos Garza conviértanse en lectores sin adjetivos, censuren el posicionamiento crítico de intelectuales, periodistas y académicos y sigan dándole oportunidad a la literatura que se hace desde Monterrey, porque como dicen por ahí para que buscar agua tan lejos.


El manantial en casa
Luciano Campos Garza
Ediciones Caletita, 2018

También te puede interesar:


Hijas desobedientes Es necesario un decidido esfuerzo para dar a conocer y reconocer que la historia de la literatura está escrita por hombres y por mujeres. Nora Lizet Castillo Aguirre lo emprende en el entendido de que hay que ampliar los cuadros.