Nuestro baile, nuestra danza

Si algo es claro para mí es que bailar nos conecta con nosotros mismos y nos recuerda que sin palabras también suceden grandes cosas.

Por: Salma Miranda

pachuco danza
Foto: ANGELOUX (Flickr / Creative Commons)

Primer minuto de año nuevo: en mi casa toda mi familia y yo bailamos con emoción una lista de nuestras cumbias favoritas para celebrar. Casi instintivamente, desde que tengo memoria, hacemos esto en nuestras fiestas importantes. Pero éste año nos observé con más atención: suenan las campanadas mientras gritamos la cuenta regresiva y al llegar el primer segundo del nuevo año nos abrazamos entre todos; unos minutos después se forma una rueda de baile, una figura circular que gira por un buen rato atrapando a todo el que sigue afuera. En ese momento somos uno y hay un lugar para todos. Y a veces la rueda se convierte en fila para ir haciendo nuestra toda la casa.

Sin saberlo, lo primero que hacemos en cada nuevo ciclo es un ritual: divertido, poderoso, dancístico. Nuestra propia danza familiar, que no necesita muchas variaciones, ni acrobacias ni títulos, sólo sucede cuando más celebramos la vida.

Dice Alberto Dallal: “Nadie puede dudar que la danza es un factor importante de cohesión y acción comunitaria. La danza nos permite conocernos a nosotros mismos y a los demás. Todos, de alguna manera, hacemos danza. Por lo tanto, estamos ya en ella, pues cotidianamente la observamos, contemplamos o practicamos. Lo que necesitamos son bases para entenderla, ubicarla, difundirla, gozarla. Para explicárnosla a nosotros mismos.” (1) 

Existen tantas dimensiones de las que se conforma la danza que sería complicado tratar de definirla o encasillarla.  A través de la historia se ha transformado, evolucionado y estilizado de diversas maneras. Desde hace siglos hay quienes se han dedicado profesionalmente a ella.

Pero antes de adentrarnos en el mundo de la danza escénica, reconozcamos el hecho de que el bailar es una acción inherente al ser humano. Existen muchas formas de bailar: muchas de ellas populares, tradicionales, otras en grandes teatros o en espacios específicos: algunas personas tienen contacto a temprana edad con la danza, a otros nos asalta en momentos inesperados, a algunos nos envuelve para toda la vida: es mágica, contagiosa, reveladora, a veces contradictoria.

Y si algo es claro para mí es que bailar nos conecta con nosotros mismos y nos recuerda que sin palabras también suceden grandes cosas, solo es necesario estar presentes, sentir o tomar nuestro lugar en la rueda.

(1) Alberto Dallal: La danza contra la muerte, UNAM , México 1993

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