Hijas desobedientes

Es necesario un decidido esfuerzo para dar a conocer y reconocer que la historia de la literatura está escrita por hombres y por mujeres. Nora Lizet Castillo Aguirre lo emprende en el entendido de que hay que ampliar los cuadros.

Por: Armando Alanís Pulido

Hoy me encuentro ante un libro que entiendo como necesario para alumbrar a la literatura del estado. Porque, aunque no lo parezca, la historia de la literatura nuevoleonesa se encuentra registrada desde hace muchos años no solo en los libros individuales que de los autores del estado se han ido editando a lo largo del tiempo, sino en algunas publicaciones como antologías y ensayos, los cuales al menos, permiten hacer un pequeño esbozo de lo que pudiera ser un canon regiomontano y de los que quiero hacer una observación importantísima: Nunca han faltado nombres de mujeres. Sin embargo, solo existen cuatro trabajos que atienden específicamente el trabajo femenino en la literatura del estado: Diccionario de escritoras nuevoleonesas que publicaron Irma Braña y Ramón Martínez Sáenz en 1996, Ocho ensayos sobre narrativa femenina en Nuevo León de Hugo Valdés Manríquez, publicado en el 2006, Flores en el desierto (poesía femenina de Monterrey) de Ernesto Castillo, publicado en el 2011 y el que ahora atendemos: Precursoras  de la literatura nuevoleonesa. Crítica y recepción en el siglo XX Vol.1 de Nora Lizet Castillo Aguirre y que, como bien lo señala Manuel Santiago Herrera desde un principio en el prólogo, “Nora Castillo Aguirre exprime el término ‘precursoras’ porque presenta a autoras que inician la brecha para una nueva generación abordando los métodos que emplearon para construir la identidad y proponer nuevas modalidades discursivas”.

En este trabajo, más allá de la sola mención de nombres, como se trató en el trabajo de Braña y Martínez, o del amplio contraste del esbozo crítico de Ernesto Castillo contra el certero análisis literario de Hugo Valdez, la doctora Nora Lizet Castillo Aguirre considera distintas reflexiones en torno a treinta y tres autoras que serán completadas en las próximas dos entregas de esta investigación – así lo promete la autora-. Dichas escritoras conforman un amplio corpus del que solo son reconocidas y tomadas en cuenta muy pocas. Sobresalen los nombres de María Luisa Garza Loreley y dos autoras que ya han sido estudiadas y “rescatadas” que son Adriana García Roel y Josephine Niggli, (esta última será tratada en el segunda parte de esta investigación).

Este primer volumen está conformado por doce capítulos en los que se abarcan temas como “El feminismo en Nuevo León” o “El lenguaje poético de las escritoras de Nuevo León”. En este último capítulo encontramos una interesante comparación de textos de Herlinda Alardin con Alfonsina Storni, y, en el capítulo dedicado a Adriana García Roel, autora ya atendida por otros estudiosos de la feminidad literaria del estado, se reitera el peso y el valor de su obra, en específico de la novela El hombre de barro. Por otro lado, en el capítulo “Los mitos de María Luisa Garza Loreley” se analiza su texto Los amores de Gaona, y en el capítulo número once titulado: ”Otras formas de escritura: cartas y editoriales periodísticas a principios del siglo XX” se descubre la faceta de periodista de Loreley. Lo que se puede ver es que, aunque la visión de Castillo Aguirre es más democrática, el peso y la atención siguen cayendo en determinadas autoras ya atendidas, aunque se suman datos e insinuaciones interesantísimas (como lo es todo lo relacionado a la escritora Loreley que ya se ha venido mencionando) para ampliar el número de mujeres escritoras que deben de ser reconocidas también en próximos estudios de la literatura femenina. Eso, a mi parecer, es el gran aporte de esta primera entrega.

Cabe destacar que en los anexos podemos encontrar una lista completa de las autoras que serán consideradas en la investigación total de los tres volúmenes que la doctora Castillo Aguirre ha preparado. Dicha lista contiene, además de los datos biográficos de cada autora, una tabla con su bibliografía y la ubicación de la obra en algunas bibliotecas públicas de institutos educativos como la UANL, el ITESM y la UNAM; esto supone que así como la incorporación de Loreley al canon literario femenino nuevoleonés, se seguirán sumando nombres como el de Julia Nava de Ruisánchez, Celia Treviño Carranza, María Valdés e Irene Gómez Reyna. Porque no hay excusas, están identificados los lugares donde se puede encontrar y acceder a su obra.

Es necesario un decidido esfuerzo para dar a conocer y reconocer que la historia de la literatura está escrita por hombres y por mujeres. Nora lo emprende en el entendido de que hay que ampliar los cuadros. Este libro, para mí, afina el camino ya antes emprendido por otros (muy pocos) investigadores en búsquedas anteriores, y, gracias a Nora, el origen de la evolución literaria nuevoleonesa aunque encerrado en un rígido molde formal debido a su circunstancia de tiempo y espacio en este libro queda al descubierto ¿Qué quiero decir? Que al parecer ante la desarticulación existente ha logrado encontrar una pieza fundamental del rompecabezas llamado literatura nuevoleonesa y lo ha encontrado a través de la memoria laberíntica. Y es así como en este otro coro de voces que la doctora Castillo Aguirre nos descubre, aparecen los primeros acentos, los primeros timbres creados en y desde esta latitud geográfica norestense capítulo Nuevo León. Celebremos que también un puñado de hijas desobedientes hayan marcado el camino a seguir y nos hayan enseñado las reglas que sin duda hay que desobedecer.


Precursoras de la literatura nuevoleonesa. Crítica y recepción en el siglo XX. Vol. 1
Nora Lizeth Castillo Aguirre
Noctis, 2015.

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