La camiseta de John Lennon

Eran las 9:30 de la noche. La reiteración de la hora cual mantra es importante porque mi mamá siempre me decía: “mijo, no se deje coger mucho la noche”.

Por: Santiago Arango Naranjo

Lennon graffiti
Foto: Russell Mondy – Flickr (Creative Commons)

Recuerdo muy bien la temporada del año: era Navidad. Yo estaba en mi época de colegial enamoradizo que se pegaba sendas caminatas con tal de ir a marcar; entiéndase como marcar hacerle visita a la noviecita.

17 años, peinado lamido de vaca, camiseta de John Lennon, 6 manillas multicolor en cada brazo, 4 collares artesanales engalanando el cuello, mochos –pantalones cortos hasta la rodilla- y unas chanclas tres puntadas. ¡Imagínense! ¡Exhalaba paz! En el colegio me decían hippie… o new wave, según la pinta.

Era viernes. 9:30 de la noche, en realidad estaba temprano. El año: 1994. ¡Medellín en plena calentura! Y en el mundo: Nelson Mandela ganaba las elecciones y era el nuevo presidente de África mientras en la tierrita nos lamentábamos por el fracaso de la selección colombiana en el Mundial de USA 94. ¡Y ni qué decir de la muerte del caballero del fútbol, Andrés Escobar!

Pero volvamos a la hora. Yo vivía en Buenos Aires, un barrio del oriente de Medellín que servía –y sirve- de corredor como entrada al corregimiento de Santa Elena, tierra de los silleteros. Desde allá caminaba hasta el barrio El Salvador, otro barrio popular que lindaba con La Milagrosa y el Pablo Escobar.

9:30 de la noche. La reiteración de la hora cual mantra es importante porque mi mamá siempre me decía: “mijo, no se deje coger mucho la noche”. La razón, una época de pillos motorizados que a muchos nos hicieron correr por el simple hecho de caminar por un sector lejos de nuestras casas (¿alguien pensó en las llamadas fronteras invisibles?). Sí, no ser del barrio era sospechoso en cualesquier rincón de Medellín.

Ese día, muy feliz después de marcar, iba pa’ la casa un poquito azarao –en la época te paraban de quieto en la calle, te atracaban o uno era tan de malas que lo cogía una balacera mientras salía del barrio El Salvador y cruzaba el parque de la Milagrosa… (una vez me tocó un candeleo bravo cuando iba por una panadería llamada El Panzón donde se parchaban muchos pillos, ese día me encaleté en una tienda y solo recuerdo el zumbido de las balas)…

Lo cierto es que aquella noche, ya casi coronando la llegada a mi casa, iba de frente, calmao pero a buen ritmo, con la boca seca y sin plata pa’ una gaseosa, ¡De repente! Un mancito que pasó a mi lado se me lanzó cual gallinazo a rata muerta: “¿Vos quién sos gonorrea y qué haces por aquí?”. Casi sin poder hablar, apenas balbuceando, respondí: “Her-her-hermano… yo-yo vivo por allí por-por Loyola” (una urbanización cerca de mi casa). El hombre, mal caroso, con cara de toro embravecido, iba sin camiseta, la llevaba enrollada en la mano y noté que con ella cubría un cuchillo. Sin parpadear, me gritó: “No te quiero volver a ver por aquí, pirobo, o te mato”.

Esa noche llegué a mi casa con la cara pálida, estaba turbado. Me senté al lado de mi mamá y de mi hermanito menor, fritamos papás, les echamos limón y sal y vimos la película que pasaba los viernes a las 10 de la noche por la televisión nacional. ¡Me sentí entonces en la única trinchera donde podía estar ileso! ¡Mi familia era el escudo más grande e impenetrable!

Hoy, más de 23 años después, recuerdo con tristeza esa camiseta blanca con el estampado barato del rostro de John Lennon en color negro, me había costado 5 mil pesos en la feria artesanal San Alejo del parque de Bolívar en Medellín; recuerdo, también, que aquel desaliñado gañán que me asaltó me rasgó la camiseta por el cuello pero me enseñó, a su vez, que no hay mejor resguardo que estar en casa. “Afuera tú no existes, solo adentro”, dice la canción. Y mientras estamos refugiados, seguimos soñando la frase de Lennon: “Give Peace A Chance”.

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