La lucha interminable de tenerle fe a la palabra o ahora es la hora de celebrar a los fieles lectores

Pedro de Isla es un narrador que va tras el alma de las cosas, lo que lo convierte en un explorador de la geografía regia, de la conciencia de sus habitantes y de pasada la de los lectores.

Por Armando Alanís Pulido

pedro de isla el apóstataPor supuesto que hay que incluir a Pedro de Isla en la selección de autores de este árido reino. Juega de defensa central y supongo que tiene todo el estilo de Batocletti, considera que la ciudad de Monterrey es un personaje literario al que hay que sacarle sus trapitos al sol, y puede ser -ni él mismo está seguro- el primer autor que habló de los Godínez en su novela Batichicos hace algunos ayeres. De Isla es un narrador que va tras el alma de las cosas, lo que lo convierte en un explorador de la geografía regia, de la conciencia de sus habitantes y de pasada la de los lectores.

El apóstata

Alguien dijo que el dogma del catolicismo es perverso, y alguien seguramente dijo lo contrario. Partiendo de esas dos lecturas, de esos dos extremos, intentaré explicar por qué me descubrí apóstata leyendo el libro de Pedro de Isla. Aunque, tengo que aclararlo, mi postura es más de un cambiante que de un renegado, porque estoy convencido que uno aprende el oficio de escritor y muchos otros oficios, más leyendo que escribiendo. “Escribir es encontrar un rostro desconocido”, anota Edmond Jabes en el Pequeño libro de la subversión fuera de sospecha,  y confieso que desconocía este rostro de Pedro. Con este nuevo rostro, que obviamente puede ser una máscara, de Isla entiende y nos hace entender a la escritura como una abolición de la palabra, abolirse para que surja lo nombrado, y qué mejor referencia ¿o traducción o interpretación o metáfora? que La Biblia. Así es que dejemos a un lado la palabra oficio (por cierto: palabra residuo de la literatura de los años cincuenta del siglo XX) y hablemos mejor, porque se oye más bonito o porque es más correcto, de arte; en este caso doble: el arte de escribir y el arte de leer. Incluyo a los lectores; esos siempre están invitados, y pienso (acá entre nos) que se les debería dar una tarjeta de descuento para todo. Que para ellos subirse al camión o al metro fuera gratis, (creo que en algún país europeo esto ya sucede), así sean inocentes, como invita y sugiere Andrés Jorge, u obsesivos como los que me acompañaron aquella ocasión en la presentación entre ellos la recordada Rosaura Barahona.  Y ya que entramos en materia, creo que sería necesario y curioso investigar la singularidad de este libro, que es  el numero de palabras con el que está escrito cada relato: (300) trescientas, que por cierto son las mismas que he escrito hasta aquí.

Trescientas veces digamos…

El 300 es un número compuesto, como lo son todo número natural no primo a excepción del 1 y el 0. El 300 es un número abundante, porque los divisores propios del número (todos los divisores excepto el propio número) suman más que dicho número. El 300 es un número triangular porque se puede recomponer en la forma de un triangulo equilátero. El 300 es un número Hasad porque, bueno, aquí excluiré la explicación matemática ya que el significado me gusto mucho: Hasad proviene del sánscrito y significa “gran alegría”, y por cierto sánscrito significa “perfectamente hecho”. Me quedo, y nos quedamos creo, con estas dos últimas definiciones.

También son 300 las veces que la migra agarró al mojado, según canta Vicente Fernández, en la canción “Los mandados”. 300 los soldados del rey de Esparta, Leónidas, que se enfrentaron a las fuerzas del rey persa Xerxes. El exclusivísimo club 300-300 existe en las Grandes Ligas del beisbol, y solo hay 8 jugadores que han llegado a esa cifra en bases robadas y en home runes.

Tradición bíblica o tradición violenta

No me rasgo las vestiduras (frase ad hoc) al afirmar que El apóstata, aunque no lo parezca, se inserta en la tradición violenta de la nueva narrativa mexicana; esa narrativa que escandaliza a todos y a la vez no escandaliza a nadie, ya que toda esta re-visión de pasajes bíblicos incluye una buena dosis de incestos, intrigas, descuartizados, bigamia, homicidios, traiciones, fugas, robos. Es cierto, el tratamiento que hábilmente Pedro le da -de abolición como mencionaba al principio- permite asediar una de las posesionas más ricas de los seres humanos: la reflexión. En esa especie de precuelas que pueden ser los relatos de El apóstata, iremos más allá de la escena que ejemplifica a la conducta. Conducta, no está de más blasfemarlo, influida por la ignorancia y el temor.

Descubrimiento del refinamiento

Ante la inteligencia siempre hay una revelación, y ante las referencias (intenté no regresar tanto sino recordar mi lectura de el Antiguo Testamento de La Biblia) me descubrí como siempre me pasa después de la lectura de un buen libro, uno de los mejores momentos: intranquilo; porque la intranquilidad que deja el texto tranquiliza, ahora lo sé de sobra. Lo que le ocurre a las civilizaciones es que después de un periodo de descubrimiento de valores, viene lo siguiente que es su elaboración, luego su dogmatización y  por supuesto su refinamiento. Un ciclo que puede durar miles de años  o exactamente la edad de cada lector Hasad, la edad de cada lector sánscrito, es decir: cada lector perfectamente hecho. Incluso, para no alargarnos más, puede durar un ciclo de trescientas palabras.


Pedro de Isla
El apóstata (o 300 palabras para cada historia)
Ediciones intempestivas/ UANL
2012

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