Ocho minutos y medio con el Púas Olivares

Ahí está, detrás de un puesto que ofrece fotografías, guantes y figuras de maderas. Y sobre un caballete para pintura infantil, todo traqueteado, pero sin perder su verde áurea mítica, un campeonato mundial del CMB.

Por: Orlando Jiménez Ruiz

Alentado por los amigos de Monterrey, Gabriel Contreras y Guillermo Gómez, busqué al afamado boxeador en retiro y, según el vox populi y el eco del escarnio público, atleta en eterna decadencia, Rubén Púas Olivares.

“Dicen que ya hasta tiene un puesto en La Lagunilla, en donde vende su fama”, tenían mis emisarios la idea; y es sinceramente la idea que la colectividad ha hecho flotar sobre el Púas desde tiempos inmemoriales, desde Los Polivoces, y más allá, y que se cierne sobre él como una nube de tormenta individual.

“Estaría padre que tú que eres muy hábil para eso, le hicieras una entrevista”, me propuso Gabriel Contreras. ¡Pues va, lo busco! Confirmo con el especialista en la historia del box Mauricio Salvador que allí yace el Púas, en el tianguis de antigüedades de La Lagunilla y me dirijo al siguiente domingo.

La primera parada es con mi amigo Alex quien tiene un puesto de revistas, lobby cards, y carteles de cine antiguos. Después de un leve chorito le pregunto por el campeón. “¡Ah, sí! Aquí a dos puestos lo encuentras, es re barrio el don”.

Me dirijo y ahí está, detrás de un puesto que ofrece fotografías, guantes y unas extrañas figuras de madera que parecen haber sido salpicadas por pintura. Sobre un caballete para pintura infantil, todo traqueteado, pero sin perder su verde áurea mítica, un campeonato mundial del CMB. Su puesto está junto al de un señor que vende libros, reprografías y obras de arte. Ambos están sentados en un par de pequeñas sillas de esas de lona, de tubería plegable.

Orlando Jiménez Ruiz: —¡Que tal! Buenas tardes, Púas, ¿cómo está? ¿Cómo le va?

Rubén Púas Olivares: —¡Pos estamos! Mira, aquí estamos todavía.

—Oiga, Púas, pues me permito presentarme. Yo soy aquel, y quiero hacerle una entrevista.

—¡Never! ¿Cuánto me vas a pagar?

—Ok, pues no sé, ¿cuánto cobra?

—Ah,no, en dólares, porque aquí vienen muchos como tú y ¿a poco no ganan? ¡Ya es mundial! Lo suben al Internet y ganan dinero ¿y uno? Nah… ¡Vienen muchos raterillos por acá.

—Uh, ¿qué pasó, mi Púas? ¿Ya vio?

—No pos es que así está la cosa.

—No, mire, yo le decía que yo vengo de parte de unos amigos de Monterrey que están interesados en publicar una entrevista con usted en su revista.

—Ah, sí, allá en Monterrey hay mucha lana. Yo estuve viviendo allá en Monterrey, quiero mucho a Monterrey. No, es que sí yo te contara de mi vida, se podría hacer un comics (sic), ¡una serie!

—Oiga, es cierto, ahora que están tan de moda. Pero, ¿a poco nadie se ha aplicado?

—¡No! Pues es que esto es pa’ afuera, en dólares. ¡Aquí en México puro pendejo! Nadie se aplica a las cosas que valen la pena, todo el mundo está sobre la tranza, a ver qué saca, en la deshonestidad.

—Una película, eso del cómic suena muy, muy bien. ¡Una novela gráfica del Púas Olivares!

—Una serie de mi vida.

—Oiga…

—Sí, aparte vamos a hacer otro video para decir quiénes fueron los boxeadores más huevudos a los que me enfrenté. Mire esta foto, ¿sabe quién es?

—Acaso es….

—¡Bo Derek! Acá estamos en Nueva York, donde luego me indujeron al Salón de la Fama. Mira acá está. ¡José Alfredo Jiménez Jiménez, mi amigo! Conocí a este cabrón.

—Oiga, ¿y al señor Garibay? Creo que era conocido de mi padre, que trabajaba en Canal 13.

—¡No! Es un ladrón, no que esto, que aquello. Es un ratero…

—¿No le dio nada de su libro? (N. del E: Las glorias del Gran Púas, de Ricardo Garibay)

— No, le decía ¿qué, cabrón? Si es mío.

—Pero en serio ¿nunca le dio dinero por ese libro?

púas olivares
El autor con el “Púas” Olivares

—No, nada, nada, nada.

—¡No manche!

—No, pero además eso de que el Púas se lo chupó todo, que se acabó todo el dinero… Todavía tengo dinero, ahora sí tengo, pero lo tengo bien guardado.

—No, pero además…

—En un principio tengo seis terrenos para vender, tengo propiedades, tengo terrenos…

—Ah, sí me dijeron que vendía aquí terrenos.

—Sí, ahí está el letrero encima (señalando hacia su puesto), en Iguala, Guerrero, aquí en el Estado de México, ahí los tengo a la mano. Pero aquí estoy con dignidad vendiendo y trabajando.

—Oiga señor y ¿nunca se le han acercado los de las televisoras a ofrecerle que hagan una serie sobre su vida?

—No, no, no, no…

—¿A que hagan una serie de su vida?

—Por eso te digo: ¡Vamos a hacerla nosotros! Vamos a hacerlo nosotros con los amigos de Monterrey.

—Vamos a hacerlo en serio, en serio, ¿eh? No esto que me dice.

—Allá hay mucho dinero.

—Pues creo que algo, sí.

—Pero un chingo de dinero.

—Bueno, con usted yo digo que sí.

—Tienes que arreglar tu pasaporte, tu visa, todo.

—Ah, sí, eso está en orden.

—¡Ya!

—Estamos en orden.

—Otra: no quiero mentiritas, rateritos.

—No, a mi tampoco me gusta eso.

—Vamos a ser honestos.

—Yo por eso tal vez todavía vivo en la pobreza.

—A mi me gusta ganarme la vida trabajando, así es la vida, ahora te doy una tarjeta.

—Qué lástima, yo no tengo tarjetas pero le marco para que guarde mi número, no vamos a perder contacto.

—No, no, ahí estamos.

—¿Ese cinturón que tiene acá en el puesto es el de Campeón Mundial Gallo?

—Es el Pluma…

—¿En cuánto lo da?

—Un millón de dólares. Quería más, pero es lo que vale.

—¿Y los guantes?

—Pues guantes tengo de a mil, de a dos mil, de a tres mil pesitos. Pero mis guante de Campeonato del Mundo valen 150 mil dólares, 200 mil dólares, cien 100 mil dólares, 50 mil dólares.Depende.

—Oiga, ¿y sabe qué me comentaron mis amigos de Monterrey? Que se presentó allá, que lo llevaron hace tiempo a pelear contra Sangre Chicana.

—Sí, esos gueyes que me llevaron para allá también son ladrones.

—¿No le pagaron o qué?

—No, me decían: “Espérate aquí unos días”. “No, yo tengo mucho qué hacer en México”, les dije. Por eso hay que ser muy derecho.

—Sí, derecho, la verdad. Pero por eso hay que trabajar algo bien con tiempo, para evitar esa pérdida de tiempo que, como usted dice, es dinero. Por eso le digo que me extraña que las televisoras no se hayan acercado.

—Pues es que ellos nada más están sobre lo que les interesa. Sesenta por ciento para mí, cuarenta para ti, me dicen. ¿Qué pachó carnales? Además, en dólares. ¿Por qué no mejor sesenta para mí, que soy el de la historia, y cuarenta para usted? ¿No que no?

—No, pues mínimo.

—¡Mínimo!

—¿Verdad? ¿Quién puso la vida?

—Ahorita en Nueva York está una ceremonia en dónde le están dando su anillo del Salón de la Fama del Boxeo al Terrible Morales. (Nos muestra el suyo puesto)

—¿Ese es el de usted?

—Sí, del Salón de la Fama. Pero eso sí te digo: Yo nunca me vendí. Ninguno de ellos te puede decir lo mismo. Ni Julio César, ni El Terrible, ni sus hijos. Ahí tienes a los hijos de Julio César. No, qué decepción. Y ahí de que su serie y no sé qué, y toda la cosa. ¡Nah! Puras mentiras. Si yo los conozco a los dos.

—Oiga, sí está muy interesante.

—¡Puta! Es mucho dinero. Ya cuando vengas nos ponemos de acuerdo. Y pues perdona el recibimiento. Cuídate mucho por ahí, ¿sale?

—Me comunico pronto, Púas, adiós.

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