Un panteón que merca – A propósito de Yonque

Yonque (Conarte, 2018) es libro con el que Alejandro Vázquez Ortiz obtuvo el más reciente Premio Nuevo León de Literatura.

Por: Rodrigo Guajardo

Foto: Facebook Alejandro Vázquez Ortiz

En otras ocasiones he señalado un rasgo sociológico predominante en la literatura regiomontana, particularmente en lo que atañe a dos de sus ámbitos con más ejercicio: poesía y narrativa —a descuento del ensayo y la dramaturgia, en los que por ahora no voy a reparar. Lo que he observado, si bien delata el sino de clase que marca nuestra sociedad, cumple —y eso no se soslayacon representarla en esta producción y, en suma, su conjunto expresa otra lectura más que aquella contenida sólo impresamente con prosa o verso en la página. Obras e individuos repercutimos de esa idiosincracia casi determinada porque la mantenemos así o la alteramos según el cariz o conservador o divergente (por mencionar dos opciones, aunque todo es matiz) de nuestras visiones y actos —y por los sueños, deseos e ideas que esos lleguen a crear.

Al punto: advierto que una mayoría de quienes ejercen la prosa en nuestra ciudad, con una más o menos estable posición en el mainstream, son personas egresadas de universidades privadas; mientras que la mayoría de sus poetas en aquel mismo tránsito, lo son de universidades públicas. Oficios distintos por naturaleza, ambos exigen su disciplina y su trabajo pero la prosa requiere de un tiempo contante y sonante, con la solvencia suficiente de no tener todos los plazos ocupados ni la cabeza atiborrada de preocupaciones —aunque hay esfuerzos sobrehumanos y narradores enormes de pocas obras (Rulfo, por ejemplo), menos por falta de qué decir que de las condiciones para hacerlo. Por su lado el trabajo de la poesía es, respecto a aquel, más vertical e interior (acabo de formular un deseo, más que una constatación, diría Cioran), y paradójicamente a veces hasta se nutre de esa zozobra o escapa con vehemencia lírica de ella mediante al canto o el aullido. Esta condición “sociodemográfica”, por llamarla de alguna manera, incide en obras que (por cuanto concierne a la prosa) narran efectivamente la ciudad desde el punto de vista de una minoría con mayor o menor fortuna y sensibilidad, pero desde ahí —aunque ese ahí también los abastezca de una posición panorámica acaso más integral del conjunto y con menos apego por las cosas que poseen o puedan perder y de las situaciones que condicionen o limiten sus obsesiones.

Al término de cada cuento es posible pero inhumano no tener por lo menos una fuerte simpatía, dolor o compasión por estas piezas mismas desvencijadas de un engranaje ciego y gigante que no gira a favor de ellos, pero que se impulsa con su muerte.

El caso de Alejandro Vázquez es una singularidad afortunada para los lectores y para nuestra literatura porque si bien él mismo es un narrador formado en instituciones privadas y del extranjero, casualmente es hijo del dueño de un yonque en el que Alejandro trabaja jornada por jornada desde hace años. El resultado es uno de los libros de prosa escritos en Nuevo León con los personajes más vivos y entrañables extraídos de la ralea de los desgraciados. Vázquez es alguien que quiere a sus personajes, no sólo por la fina calidad de su trazo en el ámbito estrictamente literario de la obra y a favor del lector, sino porque esa manera de conocerlos tan bien evidencia una cercanía y una humanidad sensible de aquel que ha compartido el sol con ellos, y sus sueños rotos, y las ambiciones a las que se sujetan con poca suerte pero vital intensidad. Esa manera trágica y absurda que tienen de abandonar la existencia con un apego por las dos o tres posesiones (un Tsuru viejo, por ejemplo), y una inadvertencia por la desposesión mayúscula, como si la vida hubiera valido la pena por eso y sin ello.

Al cabo del libro yo no puedo dejar de escuchar una jaculatoria, un “ay” por la podredumbre de estas vidas vistas y vividas profunda pero brevemente: no sólo porque se trata de personajes de cuento (y no de una novela), sino porque todas ellas son truncadas quizá menos en su duración que en su densidad. Vaya forma paupérrima de volverse materia y ser desgastado por la erosión contra la velocidad o ese sol mataperros como un cincel que te da en la frente. Hombres y mujeres rodeados por un metal pesado constantemente como pesa el mediomillón en la mochila de Humberto para rescatar a un padre muerto, que es la inversión de los valores: a razón de Dios por un puñado de pesos. Todos ellos precarios, frágiles: se rompen en pedazos o chorrean rojas esquirlas entre líneas escuetas y de prosa dura con curvas pronunciadas en una ternura atroz. Al término de cada cuento es posible pero inhumano no tener por lo menos una fuerte simpatía, dolor o compasión por estas piezas mismas desvencijadas de un engranaje ciego y gigante que no gira a favor de ellos, pero que se impulsa con su muerte. Así, avanza con un duelo muy sutil la carroza negra que se lee a través de estas páginas.

El yonque es a la vez un panteón que merca: un sitio de luto y deseo donde los desposeídos husmean y exhuman entre los huesos de los que se les adelantaron —en un proceso necrófilo de rapiña— para usar los despojos de los otros a favor suyo, a manera de prótesis de tercera o cuarta que le falta a su propio sueño y a sí mismos para realizarse como humanos. Los personajes creen hallar un colmillo de oro que acomodarle a su sonrisa desdentada y hablan sucio de un aliento fétido que corrompe la putrefacción y luce nejo de grasa quemada. Un reciclaje que circula por el flujo de los cinturones de miseria como un brillo de capital cobrizo a través de su anillo de moebius. Así casi todos aquellos que profanaron las tumbas del deshuesadero, buscando escapar a la tierra prometida del padre o volver al líquido amniótico —y eso no es dioquis: el primer cuento quiere regresar a la madre y los últimos testimonian un cielo difunto y a un páter de rabiosa tristeza ante la pérdida de su criatura… bestializada— serán maldecidos. Subseres condenados a refundirse con la masa caliente y derruida, fantasma de un sol negro y estallado hace tiempo: más pronto que tarde, por gravedad de un cruel y quién sabe si justo magnetismo caníbal.

Yonque, Alejandro Vázquez Ortiz. Conarte, 2018 (cuento).

Limbo de fierros retorcidos por el impacto de una colisión que casi ninguno ve llegar pero bajo cuya abolladura todos se comban y van perdiendo espacio, celeridad y cuerpo, cada sentido (visual, auditivo, tactil, gustativo) pierde precisa relevancia y sensitividad ante el aroma de la descomposición. Lo digo porque el único estímulo presente en cada uno de los 10 cuentos aquí reunidos, donde no se le espera o advierte ni parece necesario —y sin embargo así se hace subrayar—, es el que aturde al olfato. No hay un cuento de Yonque que no huela o esté impregnado por un perfume echado a perder que parece anunciar el azufre pero adelanta la hora última como una mano largada desde más allá de este mundo, y que viene a arrancar lo que le pertenece o, lo que de otra manera, ya no puede —¿por favor?— vivir. Hay una redistribución de la misericordia en la obra, pregunto. Y no sé, pero esa ánima depredatriz y ciega que da tumbos por el largo de la carretera se guía con el buqué que expiran estas rosas ajadas de rebaba y litio en el escorial.

Antes recurrí al concepto de limbo —o anteinfierno—, por un lado, y al de prótesis, por otro. Llegados a este punto me interesa apuntar la supervivencia de las carcasas como cuerpos abandonados por la velocidad, y como excesos —plusvalor negativo— reacios al abandono de aquella o, en sí mismos, fracturas expuestas de su inmaterialidad. Hay una cierta e hipersutil posición cosmogónica en la obra: un universo descoyuntado entre esa realidad a cuyo margen el yonque queda y aquello que se le desfasa por vía rampante: como si su casi ultratumba fuera una suspensión propia: ésta repele a quién sabe dónde las almas de sus muertos pero mantiene los cascarones chatarréicos y se nutre de engullir a sus agonizantes para deglutirlos en aquello que desean como… basura con valor de (re)uso, en una literal mecánica de transubstanciación. Lo sabemos por los cadáveres de acero que relumbran con afrenta al sol. La materia a la que ha estado atada la existencia de los personajes de Alejandro Vázquez Ortiz no puede desaparecer del todo: ni al reposo de la nada tiene acceso y sigue contorsionándose milimétricamente, como muñón o miembro fantasma, entre la dureza de los rayos incandescentes. Son extensiones extirpadas de su corporeidad esperando, a la vez, el toque o la elección de un desgraciado que los reincorpore al movimiento y a la vida, y al que revisten como lepra turboginosa al camino dorado. Una transacción en la que el aparato posee más esperanza y duración (Cfr. “Pero los muebles se quedan”) que sus dueños: Midas resurrectores, cuya existencia efectivamente se objetiviza e invierte en las mercancías. Fuera de los aparatos esa remanencia obscena, ese imposibilidad vedada para desaparecer, queda patente en los personajes como trauma —visión involuntaria, por ejemplo, de amputaciones en más de uno de los cuentos. Superestructuralmente lo hace como loop, e infraestructuralmente como com-pulsión. Obsesión y fetiche. En cualquier caso la repetición cunde y cunde, con repiqueteo de pistones que suenan a metralla, los límites de la vida cerrada alrededor de ellos como contenedor: uno fuera del cual parece no haber nada más pero cuya dimensión resulta frenéticamente apremiante reventar —y por cuyos aristas y puntos se fuguen las ánimas con un silbido que pule el contorno de un agujero negro de vértigo.

***

No he querido ni necesitado usar sino hasta ahora —y sólo por ver cuán prescindible es— la palabra violencia en mi digresión sobre Yonque; creo que esa está acaso sólo presente… como apariencia de forma accidental, y ni siquiera por instrumento. Hablemos de cosas sagradas con su ausencia en minúscula. Qué es lo que abandona la crisálida oxidada en el yonque como sus personajes el mundo. —La velocidad, el espíritu.


Este texto fue leído durante la presentación de Yonque en la Feria del Libro UANLeer 2018, el pasado 17 de marzo.

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