Recuerdos amateur

Cada que veo un centro comercial o una colonia que se levanta en algún punto de la ciudad me pregunto qué llano albergó, qué vidas se jugaron ahí sus domingos de partidos.

Por: Antonio Ramos Revillas

softbol monterrey
Foto: Partido de beisbol a los pies del Obispado en Monterrey en los años veinte (Facebook Monterrey Antiguo)

De niño visitaba muchos campos de juego acompañando a mi padre quien era el cátcher del equipo de softbol, ese juego de antes que poco a poco desaparece de nuestro vocabulario y que compartía casi todas las reglas de juego con el beisbol.

Siempre tuve la duda de en qué se diferencia del “rey de los deportes” hasta que mi padre la despejó: por la forma del lanzamiento de la bola: mientras que en el beis hay diferentes tipos, en el softbol se lanza con el brazo impulsándose siempre hacia delante y la pelota debe, forzosamente, realizar una pequeña comba antes de caer en el guante del cátcher.

En la cuadra el equipo de softbol estaba compuesto por casi todos mis primos mayores y mis tíos más algunos vecinos que compartían papas y cervezas durante el juego. Mi abuelo era el manager y siempre llevaba puesta su cachucha azul a todos lados con el logotipo de los Sultanes y se quedaba de pie, al lado del campo, con los brazos cruzados y la mirada serena en las acciones del partido. Mi abuelo era un Quijote: delgado, alto, con el cabello entrecano y el rostro recio en el que asomaba un bigote profuso y “cáido”. Todos los sábados salíamos de casa para ir a los llanos armados con guantes, bates, pelotas y una hielera inmensa donde se amontonaban sándwiches, caguamas y botellas de agua para tomar por asalto aquellas llanuras civiles que el día de hoy, en su gran mayoría, son centros comerciales o unidades habitacionales.

La procesión era digna de recordarse: los vecinos se acercaban a la casa de mis abuelos para subir las cosas en los pocos coches que disponían y en ellos, apretados, nos íbamos al partido. Como generación, somos de los últimos que conoceremos esas largas familias extensas, en donde la palabra tíos, primos, primas, está poblado por muchos rostros y formas de construir entornos familiares.

De los campos recuerdo algunos: los de la León XIII, que abarcaban desde la avenida Ruiz Cortines hasta Miguel Alemán, a la altura de la calle Bonifacio Salinas; eran cerca de 16 canchas en donde, desde los viernes por la noche hasta el domingo a las dos o tres de la tarde se amontonaban cientos de equipos para jugar campeonatos de los que hoy, ya nadie tiene memoria. Cada campo tenía, además, su mística: explorarlos era parte de construirte un imaginario. Por ejemplo, los de la Peña Guerra, como su nombre lo decían, eran complejos, ya que debías meterte a un vericueto de calles de San Nicolás, entrando por Avenida Conductores y salir, casi a espaldas de López Mateos. Esos campos eran, en su mayoría, de softbol y beisbol. Estaban flanqueados por construcciones viejas, tal vez de alguna hacienda abandonada. En una sección, metiéndote entre la arboleda, había chiqueros en donde nos dábamos gusto, mis primos y yo, haciendo enojar a los marranos.

Desde un montículo de arena negra, cuyo origen nunca supe, se veían los cerca de doce o trece campos de beisbol. Cual general, se podía ver el campo de batalla: los tantos equipos alineados por el campo en su clásica formación de cinco jugadores en el diamante de juego y tres en los campos, extendiéndose hasta el horizonte. Alguna vez, recuerdo, haber visto a otros niños volar cometas; algo tienen los llanos que nos impulsan a viajar.

Otros campos que visitábamos seguido eran los de cementos, ubicados a un costado de la avenida Los Ángeles y cerca de la central de Abastos. Esos espacios estaban delimitados por dos cosas: por un laberinto de huacales que los vendedores de la central abandonaban a su suerte y del otro, por los conos inmensos de grava que Cemex amontonaba en la otra orilla. De niño tal vez no tuve nieve y ventiscas para bajar en un trineo, pero sí tuve esas inmensas ladera de grava por las que descendíamos montados sobre cartones. Invariablemente, al llegar a caso, el baño era obligatorio.

Mi familia, que componía casi todo el equipo, como creo que ya lo dije, también jugó mucho en el río Santa Catarina. En el talud, ¿cuántas historias de gloria no se escribieron? ¿cuántos juegos no se ganaron al filo de las horas y las jugadas? ¿Cuántas horas de nuestras vidas no hemos matado siguiendo la trayectoria de una pelota? Al río podías descender por caminos arrancados a las márgenes y abajo se congregaba un tropel de vendedores de jícamas con chile en polvo, vendedores de playeras de futbol y de “bollos” —licuados de frutas, en agua o leche que se guardaban en bolsitas de plástico y se dejaban congelar a punto de piedra—, y refrescos que los jugadores compraban al término de los partidos.

Hay, en el pasado, una mística que no necesariamente pasa a las siguientes generaciones y que sólo es posible realzar a partir de la memoria y el lenguaje; y de los espacios. Ahora, cada que veo un centro comercial o una colonia que se levanta en algún punto de la ciudad me pregunto qué llano albergó, qué vidas se jugaron ahí sus domingos de partidos. Los llanos de la León XIII dieron paso a un hotel y un Lowes en el que a veces compro cosas para la casa; los de Cementos desaparecieron tragados por las bodegas de la central de Abastos; los otros se han vuelto colonia residenciales; el río se ha convertido en el bosque que nunca imaginamos.

Somos una ciudad que poco puede hacer por el pasado, más que avanzar hacia un futuro abigarrado de varillas y hormigón. Pensé esto al ver que un carril de Constitución está cerrado para hacer una entrada a una nueva colonia habitacional y empieza a generar tráfico en la zona. En donde se levantará la colonia todavía persiste un llano que no han horadado las máquinas. Es grande, como para jugar; es grande como para recordar la ciudad que hemos sido. Ojalá que tanta “civilización” no termine por quitarnos también nuestros recuerdos.

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