The Blob: el mocote que se pegó en la mente de una generación 

Muchas veces no hacen falta robots asesinos, ni animales gigantes, ni monstruos, ni payasos o motosierras, sino una sencilla masa viscosa, sin ojos ni boca, para lograr una película de éxito.

Por: Luis Bernal

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Fotograma de The Blob

No recuerdo bien la primera vez que vi este clásico del cine serie B. Puede que no pasara de los doce años, pero sí viene perfecto a mi mente que traía un resfriado épico que me tuvo unos días lleno de mocos y encerrado en casa. En ese tiempo era mi tradición ver películas de terror los sábados por la noche, algunas veces en el Canal 5 y otras tantas en un canal español que tenía mi antena pirata, entonces sucedió: La Mancha Voraz (Irvin Yeaworth, 1958), algo parecido a un moco gigante estaba comiendo gente, muy ad hoc.

Este filme inicia cuando en un pueblo pequeño de Pennsylvania aterriza un meteorito. Ya no voy a comparar a Saltillo con el cine serie B porque la semana anterior sí hubo una mega carambola de esas bien pendejas que nada más en Saltillo suceden, y pues ya. Total, dentro del meteorito se esconde una masa enorme, un mocote que comienza a comerse a los habitantes del pueblito ese. Hasta aquí esta cinta parece una tontería absoluta, y bueno, puede que lo sea, pero ahí está la gracia real de The Blob, como muchos otros clásicos del género: es simple. No hay actuaciones sobresalientes, ni una historia impactante con giros épicos, sin embargo este filme posee algo que le marcó una gran diferencia con el resto de las producciones de la época y que marcó una generación de pre-adolescentes: esa gran masa gelatinosa que comía pueblerinos.

La película no es para nada trepidante, es lenta en su andar entre la ciencia ficción, el terror y el suspenso, pero es una de esas bellas historias que te mantiene pegado a la pantalla. Wey, a todos nos mama ver esa gelatina ingiriendo a los locales mientras se hace más y más grande. Ok, sigue sonando tonto el asunto, pero cuando la vi casi me cago de pensar que algo así pudiera suceder, que fuera real. Algo que también se debe destacar es la aparición de Steve McQueen, que aunque ya tenía casi 30 años interpretaba a Steve, un adolescente rebelde de 17 que junto a Jane (Aneta Corsaut) estaban dispuestos a hacer todo posible para detener a la mancha, pero el slogan era spoiler: ¡Nada puede detenerla! Sin embargo, no hay ninguna duda que las actuaciones más memorables de todo el filme son las de los extras a los que se les puede ver cagados de risa en secuencias en las que la gelatina alienígena está a punto de comérselos vivos. Puede que solo por eso es que merece la pena volver a ver esta maravilla del cine, no digo más.

Para ser una producción independiente La Mancha Voraz, como fue llamada en Latinoamérica, fue todo un madrazo. Inicialmente la compró Paramount para que acompañara en doble cartelera a la película I Married a Monster from Outer Space (Gene Fowler, Jr., 1958), pero el éxito de el mocote fue tan grande que pronto se convirtió en la atracción principal de todos los cines, recaudando cuatro millones de dólares, una cantidad tan grande en esa época como la misma gelatina alinígena. Algo verdaderamente extraño es que con el éxito de este filme se tardaran tanto en hacer una segunda parte. Beware! the Blob de Larry Hagman se estrenó hasta 1972 pero no tuvo gran respuesta. Luego, a finales de los ochenta, Chuck Russel dirigió el remake El terror no tiene forma, que dicen algunos que es mucho mejor, pero no hagan caso, no es cierto. Puede que esté mejor realizada y que cause más pánico que el crico, pero hay algo que no superará jamás: la ternura y el mugriento encanto que sólo conseguían las películas de terror de los años cincuenta. Muchas veces no hacen falta robots asesinos, ni animales gigantes, ni monstruos, ni payasos o motosierras, sino una sencilla masa viscosa sin ojos ni boca, ni perro que le ladre.

Espero que puedan verla, son 78 minutos entretenidos de terror hilarante y, como ya dije, encantador. Preparen unos nachos, aquí lo importante es que consigan buen queso, no cualquiera; unas cervezas, y de postre aplica una nieve.

Best: La canción “Beware of The Blob” del compositor Burt Bacharach acompaña  los créditos iniciales del filme. Hay que tener muy poco corazón para escucharla y no quedarse a ver la película completa.

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