Natalia Lafourcade – Musas


Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Columbia Records, 2017
 México
6/10

Hace tiempo que perdí la esperanza de que Natalia Lafourcade hiciera otro disco al nivel de Hu hu hu o Las 4 estaciones del amor. Pero eso es debate de otro post. Incluso me resigné a la dirección que tomó su obra con Mujer divina, el tributo a Agustín Lara. Y sí, me resigné a la “madurez adelantada” de Hasta la raíz y terminé por aceptar, sí, que es un gran disco.

Ahora el problema se llama Musas, el álbum que acaba de grabar con Los Macorinos. Y lo llamo problema, porque si Mujer divina y Hasta la raíz son, respectivamente, la búsqueda y la conquista de un lenguaje propio, Musas es la contracara: una pérdida de brújula. Tal vez un tropezón pasajero, pero tropezón al fin.

Natalia Lafourcade dejó de apostar por el trono de la diva del indie pop mexicano para jugar en otra liga. Esa donde cantantes como Eugenia León, Tania Libertad (y, bueno, hasta Lila Downs) marcan la cancha cual defensas rústicos. No es casualidad que su álbum incorpore al dueto de guitarristas que acompañó a Chavela Vargas en sus últimos años. Un guiño tan grande al culto que provocó Chavela entre cierta juventud clasemediera al final de su vida me sabe incluso a pose. Pero no sé si estoy hilando muy fino.

Musas es un disco acústico, donde las guitarras de Los Macorinos son el eje conductor en una serie de temas originales y covers. Las versiones son de boleros y temas tradicionales mexicanos, y algunas selecciones del cancionero latinoamericano (Violeta Parra, Simón Díaz, Frank Domínguez). El problema es que los temas originales carecen de la intensidad que abunda en Desde la raíz. Suenan más a descartes. Otros, como “Mexicana hermosa”, o “Mi tierra veracruzana” son francamente malos. Y en el lado de los cóvers, la selección no obedece a una idea clara, ni a una coherencia, como sí la tenía Mujer divina. Vamos, que hasta cierra con una versión instrumental del “Vals poético” de Felipe Villanueva, el gran hit de la época del Porfiriato.

Natalia le dijo a El Universal que el disco se grabó como un capricho personal, y se nota. En una serie de videoclips que realizó para el disco, se la ve a ella, a los músicos y otros amigos en una reunión. Y Musas bien se asemeja a eso: a esas canciones preferidas que uno va a tocando por placer en una fiesta, sin que tengan una conexión coherente. Tal vez está de más decir que extrañé la mano de un productor que ordenara todo ese caos.

La nostalgia por el cancionero tradicional mexicano no es una idea nueva en la música nacional. Encontramos ejemplos en el pop más masivo (El legendario Romance de Luis Miguel), el rock (Efecto Tequila, de Betsy Pecanins) y el jazz (Así era entonces, ahora…, de Iraida Noriega), por mencionar sólo unos cuantos nombres de botepronto. El caso es que Musas me hizo recordar un disco ya un tanto olvidado de Ana Gabriel: Joyas de dos siglos (1995). Lo tuve en mi mente todo el tiempo al escuchar el de Natalia, ya que comparten la misma intención minimalista: el protagonismo de las guitarras y la voz. Además de, claro, la búsqueda en el patrimonio sonoro nacional. Pero ahí donde Natalia ofrece el capricho hipster, Ana Gabriel entregó un disco de una curaduría notable, con una serie de rancheras y boleros de las primeras décadas del siglo XX. Un disco mil veces más coherente. Y, paradójicamente, editado desde el establishment del pop nacional.

Me parece una lástima que el trabajo con el que Lafourcade entra a competir con los pesos pesados de la canción mexicana me parezca menor a un disco ¡de Ana Gabriel! Y si me pongo estricto, diré que me gusta más la versión psicodélica de “Soy lo prohibido” con Los Ángeles Negros.

Pero qué se le va a hacer.

Por José Juan Zapata