Árido Reino

Una realidad que inventamos y que nos inventa, o deslizarnos orgullosos en nuestro techo de estrellas

jose javier villarreal

José Javier Villarreal reunió en 2004 a trece de los poetas más representativos de Monterrey y compiló una antología temática. El ejercicio, prometedor, tuvo como pretexto las celebraciones del aniversario de la fundación de la ciudad.

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Detenerse, transitar, transcurrir.

Existen poemas donde el objeto aludido (en este caso  la ciudad) deja de ser y se convierte en recuerdo de quien canta. Bajo esta premisa José Javier Villarreal reunió en 2004 a trece de los  poetas más representativos de Monterrey y compiló una (otra más) antología temática. El ejercicio, prometedor, tiene como pretexto las celebraciones del aniversario de la fundación de la ciudad. Curioso, pero estos festejos siempre han servido para que aparezca y se visualice literatura “local”, siendo así bienvenidos todos los cumpleaños y las celebraciones literarias de nuestra querida Sultana del Norte.

¿El eco del homenaje o el hueco del homenaje?

Hay en este libro dos poemas que a mi parecer son los mejores o los más representativos con ese tema. Para un “lector regiomontano” que se precie de serlo,  sin duda “Sol de Monterrey” de Alfonso Reyes está en la lista, aunque alguien puede decir que “Romance de Monterrey” sería más apropiado. El elegido en este caso es el más conocido y representativo de su autor, al menos en estas tierras. Accesible, inocente, infantil. El otro, “Nocturno de la calzada madero” de Samuel Noyola, es la antítesis del de Reyes, pero no pierde ni la belleza ni el estilo de su autor: oscuro, crudo, descarnado. Hasta ahí  tenemos un punto de partida que accede a la manera en que los poetas irrumpen ante el espejo de la ciudad y que hubiera sido la justificante: deseos y temores en el viaje diario llamado Monterrey al que estamos condenados los que la vivimos y la sobrevivimos. Pero no, el resto de los poemas (ojo, no de los autores) es una selección fácil, descuidada y cumplidora. Por ahí existen un par de libros con poemas sobre la ciudad, uno de Israel Cavazos y uno de Arnulfo Vigil, que presentan más rigor de investigación. Parafraseando al mismo Villarreal podemos decir que confundió la resolana con la noche, y en esta confusión desaprovecha la inventiva de José Eugenio Sánchez, apuesta por revelar una aventura homosexual en el texto de Jorge Cantú de la Garza, dejando de lado algunas de las muchas joyas antologables que tiene, y desaprovecha la puntualidad citadina de Guillermo Meléndez.

Resequedad y sollozos

Sin embargo cada texto es una historia, aunque estos descontextualicen el estilo en cada autor. Salvo Reyes y Noyola, como ya se indicó, la selección denota prisa en la lectura de la obra (si es que la hubo) de Miguel Covarrubias. Por ejemplo, se escogió el poema titulado “Dirigido a un pintor”, una protesta política donde se habla del municipal y emputecido tiempo, lenguaje alejado del maestro, y aunque Covarrubias en su juventud fue cercano a acontecimientos políticos desde el activismo universitario, su obra elegante y depurada poco o nada tiene que ver con estos aspectos que en una selección, compilación o antología pueden guiarnos a otras lecturas (como ya lo habíamos dicho) generalizadoras. Cada acción, por leve que sea, desencadena consecuencias. Alfonso Reyes, Horacio Salazar Ortiz, Jorge Cantú de la Garza, Miguel Covarrubias, Guillermo Meléndez, Minerva Margarita Villarreal, Humberto Salazar, Leticia Herrera, Samuel Noyola, José Eugenio Sánchez, Armando Alanís, Ofelia Pérez Sepúlveda y Oscar David López escribieron y escriben constantemente íntimos homenajes a Monterrey. Eso es lo importante y eso salva a este libro de hechura simplona y escaso impacto. Todo puede suceder y sucede, sin poesía no hay ciudad y estos poetas hacen la crónica para los lectores que los merecen y para los que no, también.

Una ciudad con ganas

El conocimiento se acumula a lo largo de una trayectoria lineal que va depositando nuevos descubrimientos sobre la base de los ya existentes. Esta, que parece ser y es una premisa que tiene que ver más con la investigación científica, es aplicable por supuesto a las antologías (que también considero son investigaciones científicas). Sin embargo el cambio de época, los lenguajes experimentales, la ciudad visible en los poetas seleccionados no termina de convencer. ¿La antología cumple? Sí y no. Polemiza, cierto. La selección es aceptable en representatividad de nombres (pero no de poemas, insisto) y esta era una antología de poemas. No se termina de ver la geografía condensada de la urbe, ni una biografía interior de la ciudad, se percibe apenas un rumor callejero. ¿Puede ser eso suficiente? Tal vez porque sí existe la sensibilidad sensorial de los poetas. Como regios lectores entendamos que efectivamente sí existe una intención clara de designar con el signo lingüístico a una calle o a una alameda, una tienda de conveniencia o un bar y designar así su permanencia en la memoria; pero este juicio es porque se conoce más obra de los autores. Yo regiomontano, yo ciudadano lector, entiendo el buen intento.

Vicente Quirarte, en su libro Elogio de la Calle. Biografía literaria de la ciudad de México, refiere que: “Fundar una ciudad es la misión del héroe que en este caso consuma su destino. Conservarla en la memoria, conquistar la eternidad para la cual nació, mantener la grandeza de los edificios que caen por el paso de los años o la ceguera de los hombres es labor de la escritura. Si los usuarios de una ciudad, sus signos, sus parques públicos, sus comportamientos peculiares constituimos su poética, el escritor es un cartógrafo emotivo; él es quien interpreta sus síntomas y es capaz de salvarla en la memoria. Su misión es dar fe de las transformaciones de la ciudad y las diversas temperaturas registradas en ellas. Cuando convierte el espacio en realidad  autónoma y no solo la utiliza como escenario para su representación, crea entre el lector y el texto una epifanía que obliga a contemplar con nuevos ojos ese fragmento de la urbe. Una calle, una plaza, un puente pueden convertirse en personajes más vivos que los de carne y hueso”.

La poesía está en la calle

La ciudad y sus poetas descubre una realidad que nos describe, que nos descubre: Nos hace falta más calle, nos hace falta leernos mejor a nosotros mismos.


La ciudad y sus poetas
José Javier Villarreal (selección y prólogo)
Presidencia Municipal de Monterrey
Secretaria de Educación Cultura y Deporte
Escuela Municipal de Verano
2004