Situación crítica o la oscura lucidez de un crítico literario incomprendido

En Nuevo León no podía faltar la figura de un crítico literario sobresaliente. Ese peso recayó en la persona de Sergio Cordero. Aunque sus criticas eran agresivas, atendía a la literatura regiomontana completa, que aguantaba (hay que decirlo) estoicamente sus feroces argumentos, siempre cargados de ironía y hasta de mala leche.

Por Armando Alanís Pulido

Descripción de una mancha de tinta

corderoHubo algún tiempo en que la ciudad padecía una efervescencia literaria en la que muchos elementos se conjuntaron para bien: Un relevo generacional, ya que aparecía la generación de los autores nacidos en los años sesenta del siglo XX (1960-69); y la de los nacidos en los cincuenta (1950-1959) se consolidaba con aquella colección nacional llamada “Los cincuentas” en la que aparecieron muchos autores del estado. Había -aunque ustedes no lo crean- suplementos culturales en los periódicos, existían talleres literarios impartidos por autores de otras partes que venían ex profeso a impartirlos; destacaban en los medios de publicidad eventos como encuentros y lecturas, la oferta de publicaciones por parte de las instituciones abarcaba y atendía a todas las voces, y además, como cereza de aquel gran pastel, no podía faltar la figura de un crítico literario sobresaliente. Ese peso recayó en la persona de Sergio Cordero. Aunque sus criticas eran agresivas, atendía a la literatura regiomontana completa, que aguantaba (hay que decirlo) estoicamente sus feroces argumentos, siempre cargados de ironía y hasta de mala leche. Esto le fue creando un catálogo de enemigos que no hacían nada por desacreditarlo, porque no querían, no podían, o no se atrevían. Y fue el mismo Sergio quien poco a poco empezó a desaparecer  de la escena.

George Steiner, en un ensayo titulado “La crítica literaria”, afirma que ésta debería surgir de una deuda de amor, pero que se  ha vuelto burlona y quisquillosa, y se pregunta si las disciplinas críticas no son más que el gusto y la sensibilidad de los que se autonombran críticos. Por otra parte, pero no alejado de esta primera idea, Sealtiel Alatriste escritor, editor y ex coordinador de difusión cultural de la UNAM, afirmó alguna vez en una visita a la Feria del Libro de Monterrey, que en México la crítica literaria no existe, ya que las más de las veces los que se dicen críticos, queriendo ser sagaces, terminan usando mala leche. Años después esa misma crítica – a la que criticó- lo destrozó con aquellos escándalos sobre plagio de todos conocidos.

Cordero era disciplinado, asistía a presentaciones y lecturas, publicaba una columna en el “Aquí vamos”, el mítico suplemento de el periódico El Porvenir; opinaba, molestaba interrumpía, incluso hasta se pasaba de grosero. Conforme pasaron los años se fue instalando con mayor medida en esos rumbos, dejando pasar  -a mi parecer- ese salto natural del crítico literario al historiador de la literatura, asunto que asumió perfectamente Emmanuel Carballo por ejemplo. El caso que me refiera a Cordero, es que fue publicado por el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León en la colección de ensayo, su libro Escrito en el noreste y otros textos sobre literatura regional, un volumen donde reúne crítica sobre la obra de cinco narradores: Gerardo Cornejo,  Jesús Gardea, Ricardo Elizondo y Hugo Valdés y siete poetas: Jorge Cantú de la Garza, Gloria Collado, Eligio Coronado, Leticia Herrera, Guillermo Meléndez y Gabriel Zaid.

El debate ya repasado por muchos es que simplemente la crítica es un acto de soberbia, es decir ¿se puede ser humilde señalando o resaltando los errores de los autores? o ¿la función de la crítica es la promoción de la obra? o ¿existe un término medio donde lo académico y lo informativo sean una invitación a la lectura incluso que el crítico sea una especie de promotor y pueda ser insertado o adjetivado así?

Decir menos de lo esperado

El libro comienza con un prólogo donde el autor mismo cuenta la siguiente historia: Los ensayos que lo conforman eran parte de una ambiciosa investigación que realizaría en el Colegio de México y cuyo objeto sería escribir sobre la literatura del norte en un símil con el boom latinoamericano, investigación a la que renunció, (dándose muy fácil por vencido o haciéndose la víctima) porque le dijeron simplemente que la literatura del norte de México no existía. Pero, ¡oh, sorpresa! Al poco tiempo empezaron a realizarse los primeros estudios sistemáticos sobre cultura fronteriza, apareció el programa cultural de las fronteras y se fundó el Colegio de la Frontera Norte, dejando a Cordero como un verdadero héroe desconocido, un mártir venido desde Occidente para educar a los bárbaros escritores del árido reino, luego amparado en esa oscura lucidez a la que nos tiene acostumbrados cierra el prólogo con lo siguiente, cito:

“Al incluir en este libro ensayos sobre los que considero los mejores poetas regiomontanos contemporáneos, intento aportar mi grano de arena para remediar esta desorientación generalizada con respecto a como evaluar – es decir, a cómo leer y disfrutar mejor a nuestros poetas”.

Después de la pretendida iluminación vienen las contradicciones. Un claro ejemplo es el escrito titulado “Para una crítica local” (paginas. 47 a la 51) una especie de declaración de principios en la que se leen cosas como las siguientes:

“Porque erige -el crítico- su postura estética como la única digna de validez y descalifica a todos aquellos que no la comparten”. Bastaba intentar una discusión con Sergio sobre alguno de sus escritos para que te retara a que le demostraras que eras mejor crítico que él o te contestaba abrumadoramente: ¿Aclaraciones a mi? Asumía su papel de tiempo completo.

O esto otro: “El crítico ha olvidado, que por muchos conocimientos que tenga, debe expresarse ante el lector con humildad”, humildad como la que despliega en las paginas 147 y 148. Cito: “Yo inicié en las paginas del suplemento -Aquí vamos-  mi carrera de crítico literario y lo hice con tan buen tino, que el director del suplemento, Jorge Cantú de la Garza, me entregó semanalmente una página para que yo opinara lo que quisiera sobre el escritor que se me pegara la gana. Confieso que me divertí bastante y además de ganarme una escalofriante cantidad de enemigos, obtuve para el suplemento una generosa cifra de lectores”. Y hay más, cito: “Por muy lúcido que se crea, -el crítico- debe tratar al autor con respeto. Después de todo está expresándose públicamente y si no lo hace de manera correcta también está perdiéndose el respeto a si mismo”. Un claro ejemplo es el escrito titulado “Prejuicios de un narrador”, páginas 165 a la 174 que le dedica a la novela Monterrey News de Hugo Valdés.

Lo que se descubre a lo largo de las páginas es cómo Cordero ejerce con la mayor amargura posible su libertad de proclamarse el censor de los que se atreven a trabajar con la palabra y específicamente con el verso, su trato para con los poetas se remite a observaciones  como las siguientes: “… existen en ellos defectos dados por la falta de oficio y autocrítica…”, “… tiene un acervo retórico bastante extenso y desea utilizarlo todo pero tiene poco que decir”, “…sugiero eliminar la palabra…”, “hay ciertas inexactitudes que podrían eliminarse fácilmente…”, “…cayendo en inútiles despliegues retóricos…”, “… a pesar de algunas incongruencias sintácticas y algunos textos francamente arrítmicos…”, “…hay agrupaciones de palabras jugando con el ritmo y las posibilidades semánticas, sin llegar a ningún lado…”,”…cae en la grandilocuencia…”, “… cae en el error de la imitación…”, “es evidente lo más superficial de la retórica: lo decorativo…”, “…queda solo el consejo sentimental…”,  y aquí vuelvo a citar una contradicción más de Codero esta de la página  265: “Al poeta le es difícil distanciarse de su oficio y verlo con claridad”.

Por otra parte, contrario a lo que se lee en la cuarta de forros, sobre que Cordero revela la evolución de la literatura del norte en los últimos veinticinco años, no creo que se logre tal cosa en este trabajo. Ya que para empezar no se le da seguimiento a la obra de los autores a lo largo de ese lapso de tiempo, que es entre 1984 y 2007. Cordero no presenta ningún escritor de los años 91-93, 95-98, 2000-02, 2005 y 2006, es decir 12 años (casi la mitad de los supuestamente 25 analizados que en realidad son 24) en los que sin duda pasaron muchas cosas y se publicaron muchos libros. Eso fueron los años de consagración de la generación de los poetas nacidos en los cincuentas y el surgimiento y despunte de la generación de los nacidos en los sesentas como se mencionó al principio (por cierto una generación en la que el mismo Cordero está insertado) aunque en la cuestión narrativa se meta a fondo únicamente con la obra de Jesús de León , Jesús Gardea y Jorge Cantú de la Garza, del primero por razones de amistad, y de los segundos en donde parece que sí despliega su capacidad de análisis porque seguramente (como el mismo lo afirma en la página 47), “el autor analizado cumple algunos requisitos como estar muerto, estar muy lejos o ser extranjero o ser tan célebre (o los tres) que nada de lo que diga el crítico pueda beneficiarlos o perjudicarlos”.

De los otros autores sólo los revisa parcialmente. Por ejemplo, en el caso de los poetas, de  Miguel Covarrubias con más de 45 años de escritura en ese momento, atiende obra publicada entre 1987 y 2003 (16 años) e ignora sospechosamente la obra completa de Leticia  Salazar Herrera. Cordero olvida sus ácidos comentarios y habla muy, pero muy por encima solo de dos de sus libros, el primero Pago por ver y su último libro publicado hasta esa fecha Poemas incompletos una antología personal  (ideal para revelar la evolución al menos de esta autora).

Antes de la publicación dar nuestros escritos a la conciencia para que los lea

Enuncio estas consideraciones porque creo que toda esta serie de inconsistencias terminan convirtiendo a esta recopilación en un libro inocente que se aniquila a sí mismo por el simple hecho de que  la literatura nuevoleonesa desde hace rato superó a la crítica, es decir a su crítica local y hago una pregunta final ¿Ese trabajo aportó algo al crecimiento de la literatura regiomontana? La contesto: Sí, independientemente de la manera en que se expresaba o explicaba, existía un rigor lector y un oficio; existía también una libertad y un espacio; existía por supuesto una valentía. En algunas ocasiones recibí la crítica feroz de Cordero, incluso alguna vez presentó uno de mis libros. En todas esas ocasiones disentimos, pero fueron más las ocasiones amables en las que coincidimos y charlamos sobre autores locales y la evolución de sus trabajos. Algo aprendí de él y se le extraña sin ser masoquistas, mis señalamientos son en parte esa enseñanza de saber leer  y confrontar de varias formas un texto.


Sergio Cordero
Escrito en el noreste y otros textos sobre literatura regional
CONARTE, 2008.
283pp

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