COLUMNAS   

Árido Reino


Saldré de tu cuerpo y hablarán mis manos, o de terrestre materia estoy hecho

Los hombres profundos, como Armando Joel Dávila, conmovidos siempre, dejaron constancia de lo que para nosotros es irrepetible. Y lo es aunque esté capturado en poemas, ya que son estos el camino que nos revela nuestra propia existencia.

OPINIÓN

La vida precipitada y dulce

Los poetas son habitantes solitarios en el mundo de las emociones. ¿Por qué digo esto si a todos nos habitan las emociones? Lo digo y lo ejemplifico así: cuando se acaba la fiesta, haya sido esta la más feliz o la más triste, donde hubo más desmadre o la más fresa, el poeta se queda un rato más a limpiar el desorden como un empleado de intendencia en el último turno. Ya solo, acomoda el desorden, limpia y vuelve a dejar presentable el espacio. Pero no conforme con eso lo adorna para volver a hacer otra fiesta. Armando Joel Dávila, con un estilo sereno y maduro, desde joven fue riguroso con la palabra y construyó versos que ahora a la distancia nos recuerdan que el amor es una nube que contemplas y sutura las heridas. Con particular maestría filtra los vocablos necesarios que nos abrazan, que nos revuelven y que nos dan esperanza. Poeta con una mirada agudizada, sus poemas  son una secta de verdades que invitan a romper la soledad.

He puesto en tus ojos
la serenidad como diadema.
Arcoíris luminoso,
 porvenir de besos, 
alivio,
venda a tus heridas,
 canto a tu deseo y desvelos.
Fiel a la balanza
en el registro de tu corazón.
¡Pero no basta la inmarcesible plenitud!
Agrego a la serenidad
La lápida del tiempo
y los eternos días.

(«Desterrado de tu cuerpo», fragmento. Pág. 59)

El palpitar profundo de los sueños

En estos versos se aprisiona el temblor de un cuerpo, del agua, de la tierra. Ese es uno de los poderes de la poesía: la ternura humedece sus labios, abre sus alas y no queda más que dejarse llevar. Hay encuentros inesperados, fervorosa expresión que el poeta no evita, y por el contrario, busca y acentúa. Dávila, junto con otros autores nacidos en la década de los cincuenta, como  Patricia Laborde y Arturo Ortega, tuvieron una época muy activa, pero han sido de los injustamente olvidados, como muchos otros tantos,  que se han atendido aquí, con la esperanza de que a alguien le puedan parecer importantes para rescatar o recordar. Dávila publicó tres libros de poemas más, todos presentando un universo personal emotivo y reflexivo:

Atrapar el amor
la ausencia y el abrazo
 beatífico y sereno.
En la sombra.
Hálito del ayer vivo.
Desnudo del bien hablar
la palabra
Celebro en sombra
decir la gloria,
 donde devienes fresquísima,
con la cabellera transparente 
rendida en la batalla
 del mundo donde habito

(En los piélagos del instante, fragmento, pág. 44)

Abolir la soledad

Sellar la existencia, abolir la soledad, se entiende como un compromiso poético. Los hombres profundos, como Armando Joel Dávila, conmovidos siempre, dejaron constancia de lo que para nosotros es irrepetible. Y lo es aunque esté capturado en poemas, ya que son estos el camino que nos revela nuestra propia existencia. Repetir lo irrepetible nos hace vivir; si la poesía es un recuerdo o un suspiro no evitemos ese placer como la matutina frescura de las bocas enamoradas.


Armando Joel Dávila
El escorial y otros poemas de amor
Dirección de Acción Cívica
Gobierno del Estado de Nuevo León 
1986