Rutas de canciones

Que se oiga el grito hasta Madrid

La soledad de quienes migramos cala más en momentos así, cuando una figura como Celso Piña muere y tú no tienes a tu alrededor a gente que lo entienda. También pasa en las fiestas, los códigos culturales son distintos, aunque no lo parezca. Se baila distinto, se escucha en diferente sintonía, la música es así: divergente aunque conciliadora.

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Celso Piña dejaba este mundo: un tuit del infarto, #prontomásnoticias. A veces se sobrevive a ellos. Pensé en lo que iba por un plato de cereal para cenar. Luego, empezó a llover en Madrid, mientras que desde su habitación, mi hija me decía, con mensajería instantánea,  que la insultaban por sus redes sociales diciéndole pancha. Entonces, la lluvia más fuerte y todos en casa corriendo a meter la ropa del balcón comunitario. 

Después vino la soledad geográfica: se murió Celso Piña. Qué pena. Twitter mi ventana a México mientras que la ciudad de Madrid se quedaba en silencio pero sin luto, pero con el calor de verano que fastidia y con la noche que invitaba más a dormir que a bailar. 

No se puede dormir bien en Madrid, a menos que tengas varo y te permitas el aire acondicionado toda la noche. Ni hablar del impacto ecológico, cada quien sabe. El fogonazo madrileño te da si abres la ventana, si la cierras, te da más. Siempre más. Sin escapatoria.  Así es Madrid: nada de medias tintas. El verano es insoportable y no hay carnes asadas, ni cervezas frías, ni cumbias. Así es como describo la ciudad en verano: hazte de cuenta como en el norte de México, pero sin los jardines para el asador -al menos no en los barrios  obreros-, el polvo, y la música y los vatos. Aunque sí hay vatos: la comunidad latinoamericana le ha dado mucho sentido cosmopolita a la ciudad y por ahí hay uno que otro con esa actitud, por eso es que me dieron ganas de salir a la calle y buscar a los colombianos y peruanos y ecuatorianos y a los etcétera. Seguro habría alguno y quizá y sabrían quién era Celso: la cumbia del norte. Mi norte. México. 

La soledad de quienes migramos cala más en momentos así, cuando una figura como Celso Piña (me pasó también con Juanga) muere y tú no tienes a tu alrededor a gente que lo entienda. También pasa en las fiestas, los códigos culturales son distintos, aunque no lo parezca. Se baila distinto, se escucha en diferente sintonía, la música es así: divergente aunque conciliadora. No importa que todos en algún momento hayamos bailado “La Macarena” y conozcamos al cien a Mecano, Miguel Bosé y otros más. Tampoco importa mucho si aquí reconocen a Paulina Rubio o Alaska sea más de este país que de allá o que Rosalía ahora mismo parezca universal. Hay algo distinto. Me ha pasado muchas veces, así como reconozco movimientos corporales que sólo en latinoamerica aprendemos desde la infancia, así es aquí: ese movimiento de falda y de muñeca, muy flamenco, lo he visto en Barcelona, Madrid, Sevilla y Burgos. Nunca lo he podido imitar, aunque mi hija menor lo sepa hacer a la perfección, como si fuera natural

Contrario nos pasa a las panchas, -adjetivo que le dijeron a mi hija en redes porque se negó a salir con un chico de aquí- no sabemos mover la muñeca, pero la música como la de Celso nos mueve algo en el estómago y se traspasa a las piernas y las tamborileamos en el piso. Así fue una vez en Barcelona, en una clase del máster de feminismo que tomaba hace un par de años. Mientras que en clase nos habían dado tremenda reprimenda porque un compañero nuestro había “osado” en “hablar por nosotras” y pedir que se hablara en castellano, por las compañeras latinoamericanas. ¿Esto es Colombia? preguntó la profesora en catalán y después la reprimenda: ¿por qué no hablabamos nosotras por nosotras? ¿por qué el compañero se atrevía a alzar la voz? Tremebundo. La clase siguió su curso y mis compañeras y yo, acostumbradas a estos conflictos lingüísticos, más que querer callar, ignorábamos. La comunicación es recíproca, si no se nos escuchaba con igualdad, nosotras ignórabamos con igualdad. Y en la tensión del salón de clases, de pronto, como caído del cielo: Maluma. Yo no sabía quién era Maluma, ni sabíamos quiénes estaban poniendo esa música en el patio principal; pero mi compañera, bastante conocedora del género,  me lo escribió en el cuaderno: qué ganas de salir a bailar. Y sí. 

El llamado síndrome del jamaicón también da con la música y el día menos pensado te ves poniendo a todo volumen lo que consideras que es tu música y sorbes de la botella las gotas sobrantes del mezcal que te regalaron en tu último viaje a México.

Y así pasa muchas veces: el llamado síndrome del jamaicón también da con la música y el día menos pensado te ves poniendo a todo volumen (no al volumen mexicano, por supuesto, es más quedito) lo que consideras que es tu música y sorbes de la botella las gotas sobrantes del mezcal que te regalaron en tu último viaje a México. Así pasa en casa, porque como dicen en Twitter: ¿si trapeaste sin cumbia, realmente trapeaste? Justo lo acaba de decir mi hija mayor, mi pancha: cuando escuchas esa música (Celso) me recuerdas a mi abuela en su casa, me dejaba jugando en el patio mientras ella lavaba el piso. Es tradición, supongo. 

Y es justo en la tradición y las irrupciones contraculturales, en las que la muerte de Celso Piña duele desde los once mil kilómetros que me separan de México. Porque Celso llegó a la Ciudad de México, -de donde soy oriunda- hace ya varios ayeres y nos hizo bailar a los chilangos que creíamos que la “intelectualidad” no empataba con los bailes populares. Lo mismo hizo en Monterrey, su ciudad natal. Y hay que recordarlo porque es importante: llevó música colombiana a la ciudad más gringa de México y logró esa fusión que dio vida a “Cumbia sobre el río” y nos voló la cabeza y el cuerpo a todos. 

No conozco a nadie a quien no le guste Celso Piña. Desde la Ibero hasta la UNAM, desde la zona metropolitana hasta la Condesa, yo bailé a Celso en compañía de personas que en otras circunstancias hubieran dicho no. El músico nos hizo decir sí. Como sí dije cuando murió y aunque era casi hora de dormir, puse a Celso y bailé, poquito, eso sí, con mi hija menor, mientras le explicaba qué pasaba. No entendió, por supuesto, pero bailó. Que al cabo, eso es lo importante, aprender a bailar eso que la hace y la hará un poco como yo, latina/pancha/migrante. 

Eso sí, bailamos “Cumbia poder”, porque es mi favorita, porque con esa canción hay todo el flow de Celso: luna llena mi alma de cumbia, saca de mí la locura, llévame a la luz y a la paz. Y entre el un, dos, tres del pasito cumbiero: el perreo, la cadera, el we we wea, la cumbia, we we wea, la cumbia… y el norte: el bailecito casi que es casi slam, hip hop, y todo eso que sólo se puede bailar a solas, sin que nadie te dirija, sin que un hombre te diga qué movimiento hay que hacer: solitas, el cuerpo y la música. La música que emociona y que da energía, para que pueda crecer, el sentimiento que tú representas y que se seguirá escuchando desde Monterrey hasta Madrid en donde el calor del verano es insoportable pero que se vive mejor con música. Gracias a Celso Piña por tanta música.