Una ráfaga de silencios, una lluvia de soledades, o aceptar los desgastes y registrar la asistencia de las musas.

Iván Trejo decidió titular a su opera prima Silencios. Y para aplicar silencio hay que entender el ruido, hay que haber gritado y cantado antes; y para poder apreciarlo tenemos que haber dicho muchas cosas y haber rondado y salido victoriosos de esos precipicios llamados palabras.

Por: Armando Alanís Pulido

ivan trejo silenciosDecía T.S. Elliot en un ensayo titulado La tradición y el talento individual que la novedad supera a la imitación, que la tradición no se hereda y quien la quiera habrá de obtenerla mediante un gran esfuerzo, porque hay un sentido histórico y este es un sentido de lo temporal y lo atemporal reunidos. Elliot era estricto y decía que al poeta no hay que valorarlo, sino ubicarlo, y aquí agrego dos observaciones: Sigue siendo novedoso como acontecimiento la aparición de un poemario, yo incluso lo considero un acto heroico. Y respecto a la ubicación, esa adecuación, ese reajuste, esa comparación, ese juicio, si así lo queremos ver ya siendo más críticos, se dará siempre y cuando la despersonalización fluya por encima de la importancia del poema.

Hace algunos años entrevisté al poeta Alí Chumacero. Recuerdo muy bien nuestra conversación porque entre otras cosas sentenció: “El mundo puede cambiar bruscamente de un día para otro”. Al día siguiente las Torres Gemelas de Nueva York sufrían un atentado, pero ese es otro asunto. Con el maestro Alí hablé del silencio, me dijo que la poesía está hecha más que de palabras, de silencios, y bueno, no escribió después de lo que escribió ningún poema en 50 años y es considerado uno de los poetas vivos más importantes de México.

¿Que por qué traigo a colación a Chumacero? Simplemente porque  su gran enseñanza (sin duda alguna) ha sido la exigencia con el lenguaje. Así entendemos que mediante la palabra se materializan mundos, se aceptan los desgastes, se registra la asistencia de las musas, se comparte la inmediatez de los sueños y hasta se otorgan los justos valores a las cosas. Sin ahondar en la dimensión estética de las mismas palabras viene a mi mente aquella frase que siempre a los escritores se nos aparece: Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas. Después de escuchar esa vocecita interior que repite, que insiste, que no para de decirlo una y otra vez ¿Qué hace el escritor? Y fíjense bien, esa frase que nos hace ruido, que nos da comezón, esas palabras que nos grita la conciencia, las pronuncia nada más y nada menos que el silencio. Bueno, insisto, ¿que hace el escritor ante esto? Pues escribe, faltaba más, faltaba menos.

Me parece muy curioso que Trejo haya decidido titular a su opera prima Silencios, que haya optado para empezar a hablar con esa palabra, que haya dado el primer paso en su testimoniar  con calma sus consideraciones sobre asuntos importantísimos que comunicar bautizando con un nombre bastante poderoso (aquí el plural si que maximiza). Me parece adecuado que el autor haya decidido escribir mediante un lenguaje poético acontecimientos que corresponden y se establecen desde su particular concepción en el ámbito de lo esencial, y optando por encima de títulos que seguramente definirían completamente su arribo al mundo de las publicaciones, se atreviera a titularlo como lo tituló. Eso seguro tiene un significado que los lectores tendremos que descubrir por supuesto. Leo Silencios en silencio y la resonancia, no digo de las palabras sino de las imágenes, designa con total precisión lo que es. ¿Y que es? Hago un balance y veo que en un sencillo andamiaje textual Trejo propicia las posibilidades infinitas del decir cuando decide no hablar. Y aquí no me refiero a un “calladito te ves más bonito”, aunque el lenguaje poético en este caso pertenece al lenguaje que no habla, sino por los hechos, arriesgado y pretencioso para una opera prima, pero gratificante para el lector  exigente y conocedor de los mundos del verso que entenderá que, metafóricamente y literalmente hablando, Silencios se detiene muy poco en la zona normativa de la palabra.

XVII

Llueven mis soledades
Cada tarde
           hago un poema.

(pág.33)

Pero esta primera muestra, esta contención que es a su vez un arrebato, tiene nombre: ráfaga; porque hay un objetivo – le podemos llamar lector si ustedes lo desean-. Aquí se apunta y se dispara y lo que se percibe, poco o mucho, abrevado o con carencias, es lo posible y uno no tiene que andarse preguntando si se agotó una posibilidad o si se colmó una necesidad del espíritu, mucho menos responsabilizar a alguien por las interpretaciones que deriven de la lectura. La cosa es determinante: no hay, no veo dimensión suprasensible; la cosa es total y si así es la poesía, me gustaría hablar de otra implicación intrínseca del poema: la testimonial, la que vuelve lo necesario en azaroso, la que transforma algo en otras palabras, la que contiene “en silencio” a ese bullicio interior.

XXVII 

El amor es un aplauso
apenas superándose las manos
queda el silencio colgado del aire.

(pág. 43)

Carmen Boullosa lo dice bien en el prólogo: “eso que se llama deseo”, y lo dice bien porque no lo define, porque se lo reserva o porque guarda silencio. Vamos, uno enmudece o practica el contacto, o lo hace sin pensar, sabiendo que en ese pensar uno lo repensó. Esa es la balanza iluminada, esa, la claridad admirable. Uno se autodesmarca de lo que lo anula, y no es que se vea la cuestión poética como un problema, aquí podemos separar como si fueran una especie de capas de cebolla los términos real y total, para así enfrentarnos a las posibilidades de transmisión del texto. Pero, ojo, no sofistiquemos la perspectiva que nos ofrece el autor porque para aplicar silencio hay que entender el ruido, hay que haber gritado y cantado antes; y para poder apreciarlo tenemos que haber dicho muchas cosas y haber rondado y salido victoriosos de esos precipicios llamados palabras.


Silencios
Iván Trejo
CONARTE, 2007
76 pp