El día siguiente después del día siguiente

Tu celular suena. Respondes. Es la voz de una chica a la que estimas y quieres tanto, la que te habla, a larga, muy larga distancia; y te dice muy suavemente al oído: “Bowie ha muerto”.

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12:47 de la madrugada. Son los primeros minutos de lo que bien podría llamarse “El Día D”, o, para que quede mejor con el estilo Bowie, El Día Siguiente (The Next Day). Tu celular suena. Respondes. Es la voz de una chica a la que estimas y quieres tanto, la que te habla, a larga, muy larga distancia; y te dice muy suavemente al oído: “Bowie ha muerto”.

Y entonces, sabes que es verdad, porque: uno, la persona que te lo dice se dedica al periodismo, es una profesional; dos, ella no jugaría con algo así; y tres, tienes que recordar que sabías perfectamente que esto tenía que suceder, tarde o temprano. Pero no lo haces, nunca estuviste preparado. Todo eso es mentira ¡Bowie no puede morir nunca! (piensas) y tus piernas flaquean, y las lágrimas comienzan a asomar y entonces sientes ya que todo, todo se está yendo al carajo. ¿Será por eso que tantos chicos y chicas toman ahora por ídolos a Morrison o a Lennon? ¿Por qué es más fácil idolatrar a alguien ya muerto que sufrir todo este proceso del duelo? Parece que sí.

Pero no escribo estas líneas para hablar de El Día Siguiente (para nadie fue una día maravilloso). Más bien lo hice a modo de introducción. Lo que importa aquí es hacer un homenaje. Un pequeño, muy humilde pero muy de corazón homenaje, de mano de un Bowie Fan. Que Bowie se merece millones (y los habrá), suntuosos si quieren y hasta excéntricos (no sé, que alguien le ponga su nombre a un nuevo planeta, a un cometa o a un meteorito. Yo no lo dudaría ni tantito que pase en el futuro). David Bowie me dio 30 años exactos de dicha, felicidad, y conocimiento. Me acercó al arte, a la cultura en todos sus conceptos. También me dio algunos pequeños sinsabores. Claro, Bowie era humano. Aunque él bromeaba mucho con esa condición, vaya que lo era. Cometió errores, tomó malas decisiones, grabó algunos malos discos (sobre todo entre 1984 y 1988), pero esos discos los escuché y detesté hasta principios de los noventa.

A los 8 años, mi madre me llevó al cine a ver “una película de Muppets”. Laberinto se estrenaba en Monterrey. El cine: El Montoya. Recuerdo muy bien que antes de la función exhibían el video de “Underground”. Ése fue mi primer contacto con Bowie. Luego disfruté de la película y sobre todo con El Rey de los Goblins (Jareth), con esa larga cabellera, la manera de manipular sus esferitas y sobre todo su voz: la voz. Uno a la tierna edad de 8 años, lógicamente nunca se hubiera dado cuenta que Él y el cantante del video anterior a la película, eran la misma persona. Si no fuera por esa voz. Como escribió alguien 25 años después en “Las razones por las cual Bowie es mejor que Dios”: Si escuchas la voz de Bowie, puedes volverte loco. Pero si escuchas la voz de Dios, no lo dudes, ¡estás loco!

Así que entre a los noventa, y ese niño (Yo) un poco más crecidito, pasó a la secundaria y ahora si tuve que lidiar con los que muchos opinan fue la peor época de todas las peores épocas de Bowie: Tin Machine.


David Bowie me dio 30 años exactos de dicha, felicidad, y conocimiento. Me acercó al arte, a la cultura en todos sus conceptos. También me dio algunos pequeños sinsabores. Claro, Bowie era humano. Aunque él bromeaba mucho con esa condición, vaya que lo era.

Aún suelo escuchar que en Tin Machine ya ni siquiera es Bowie, es una banda y Bowie un integrante más de ella. Y tienen razón. Pero aun así hicieron algunos temas con calidad, llenos de rock and roll: “Prisioner of Love” o “I can’t Read” por citar algunos y el cover de Lennon “Working Class Hero”. Pero, ¿qué buscaba Bowie con esto? Siempre acostumbrado ser el centro de atención y poseer alter egos o personajes, algunos tan psicóticos como Ziggy que llegaron casi a comerse al real David Robert Jones. Lo que Bowie buscaba era ser solo un miembro más de la banda, quitarse los reflectores que brillan siempre sobre él, como en los dulces sesentas, en los inicios de su carrera, con los Kon-Rads o con los King Bees. Pero la gente paga un boleto para ver un show de Bowie cantar sus éxitos (no importa quién esté en la guitarra, si Alomar o Gabrels, o si sus músicos son negros, blancos o latinos), lo que importa es que suena “All the Young Dudes” o “Craked Actor” y todas las demás. Y Tin Machine, o mejor dicho David Bowie y Tin Machine no daban eso.

No me quiero ni me puedo extender. Fue por Bowie que obtuve el gusto por la lectura y después por la escritura. No soy artista visual ni plástico, pero estudié psicología y Bowie tuvo mucho que ver también. Por Bowie conocí la obra de George Orwell, a Nietzche, a Nabokov y por supuesto a Kafka, fue Bowie quien me acercó al cine (del que tampoco nunca me alejé) con títulos como La Naranja Mecánica o sus propios filmes: El Hombre que cayó a la Tierra o La última Tentación de Cristo, sin olvidar claro 2001 de Kubrick, del que se cuenta la misma leyenda: Bowie escribió Space Oddity en una butaca de cine al terminar la proyección. Bowie me acercó a los surrealistas, a David Lynch (que es mi director favorito) y que al enterarme que llevó al cine la vida de John Merrick (Bowie la había llevado al teatro) adopte como cineasta favorito, y pseudónimo al escribir. En ese tiempo, yo era una verdadera esponjita de conocimiento-bowie; todo lo que hubiera estado ligado a él de una u otra manera, era exhaustivamente investigado por mí: así conocí a bandas que ahora son indispensables en el soundtrack de mi vida, y que siempre recomiendo escuchar: Pixies, Sonic Youth, Bauhaus, King Crimson, Velvet Underground, Stooges, Roxy Music, Patti Smith y un largo etcétera.                 

Ahora él ya no está. Pero nos deja su legado. No tenemos excusa ahora que tenemos todo al alcance de un click. Ese mismo click que me hizo el cerebro cuando escuche las primeras notas de su voz. A la edad de 8 años.