Vinipiel

Carnavales de sangre

Es con los hermanos con quienes se experimentan las peleas cuerpo a cuerpo más mortíferas. Se lucha por sobrevivir; a golpes primero, después a punta de decires.

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hermanos gato

Noel Redding, Mitch Mitchell y Jimi Hendrix. Así pensé bautizar a los gatos que recogí en la calle, con todo y apellidos. Sin embargo, finalmente me fui por la más fácil con tal evitar embrujos con el de las neblinas moradas y marcando una cruz en sus respectivas frentes los llamé Hugo, Paco y Luis.

Bastaron dos horas de observación para entrever las personalidades de cada cual. Paco. Voluminoso, hiperactivo. Un animal salvaje con ojo de águila listo para sobrevivir en los ambientes más hostiles. Trepador profesional con hambre de jabalí, fue él quien chillaba al viento, asomando la cabeza desde una caja de cartón perdida en la basura. Gracias al poder de sus pulmones lo encontré tanto a él como a sus hermanos. Por su lado, Luis: un corredor innato, listo para vencer a un guepardo en los cien metros planos del callejón más próximo. Ronroneador gozoso a la hora de comer, por cierto. Finalmente estaba Hugo, el pequeño, el miedoso un tanto ausente; aunque de colmillo retorcido y mirada disparadora de suspiros. Una mosquita muerta que robaba comida al menor pretexto. 

Sin embargo, tras visitar al veterinario supe que, además de que el trío había contraído una infección en los ojos, Luis en realidad era Luisa y Hugo, Huguiña. En su carril, Pacorro siguió siendo macho. Y refrendó su puesto como el líder del combo guiando las exploraciones por el departamento. Además, fue el primero en aprender a comer atún y beber agua y también el que antes que nadie, luego de hacer trizas el chupón, abandonó la mamila. Un visionario. Pacote era, en definitiva, Jimi. Huguiña se asemejaba a Noel; calculadora, siempre al acecho, calibrando meditabunda, sosteniendo el equilibrio con su paciente temple al lado de Luisa (en el papel de Mitch): encargada de la magia de las baquetas, llevando el pulso vital de la tribu. Luisa: pura alma. Alma pura. 

Vaya pandilla. Se dedicó a explorar los pasillos más oscuros de mis libreros, derribar muros disfrazados de portarretratos, escalar sillones del forje del Everest y marcar caminos infinitos con sus huellitas rosadas a lo largo y ancho de una cueva cuyas madrugadas de pronto emanaban más que guitarrazos con wah: maullidos agudos, flacos, filudos como colmillos agujerando una luna eriza y cacariza. No lo esperaba, pero las pupilas gustativas de esos tres calaron el paladar de mi cora conforme fueron dilatándose, abriéndose campo en ese azul ocular que en la isla de Holbox se extravía en el horizonte. Verlos echando luchitas en las tardes, su hora favorita, al momento en que el sol se sonroja, con la barriga pinta al aire, rodando por el piso mientras se mordisqueaban las colas, soltando zarpazos y dando pasos cada vez más largos, me producía una tranquilidad similar a la que “The wind cries Mary” genera cuando me acaricia las manos.

Hablando de manoplas, una vez en el tianguis de La Lagunilla cierta bruja me extendió la palma de la mano para decirme que entre pliegues estaba escrito que yo moriría muy viejo, pero que antes de que eso ocurriera tendría tres hijos. Ese varo con la cara de Beno Juárez me cayó el domingo al amanecer, mientras los triates dormían hechos bola en su caja de zapatos y los observaba. No podía dormir. Pensaba lo que los carnales significan. Los carnavales de sangre, quiero decir. Compartir la entraña materna, el fluido vital paterno; la pena de educarse con los mismos vicios al borde de los mismos quicios. Los hermanos, el espejo quebradizo. Los brothers, el último grito tecnológico, encarnando la FaceApp más certera. A esos tres que roncaban los vi darse en la madre varias veces. Se calentaban las planchas entre juegos y aprendieron a lastimarse. “Afortunadamente desconocen el lenguaje de los vocablos”, pensaba en el claroscuro. Ese virus, como lo denominó Burroughs, que daña al no permitirle al hombre la opción del silencio. 

Todos guardamos en la cabeza las palabras que nos hirieron de verdad. Los discursos de odio o resentimiento que los mismos hermanos nos atestaron alguna o varias veces.

Porque es con los hermanos, los carnavales de sangre, insisto, que se experimentan las peleas cuerpo a cuerpo más mortíferas. Se lucha por sobrevivir; a golpes primero, después a punta de decires (aunque hay quienes se hacen adultos mezclando ambas opciones con tal de potenciar los resultados). Decía el del almuerzo en cueros que pese a lo que nuestros ojos ven, en realidad nos debemos a lo que escuchamos debido a que es por el oído que entran las palabras, las encargadas de aprisionar el tiempo. Cosa cierta, considero. 

Algunos recordamos luchas sanguinarias con nuestros hermanos en la infancia. Tiros a puño limpio donde lo único que importaba era matar al oponente, verlo dar arcadas para seguirlo masacrando sin preguntarle jamás si se encontraba bien, así escupiera los dientes como granos de elote. Sin embargo todos, toditos, guardamos en la cabeza las palabras que nos hirieron de verdad. Los discursos de odio o resentimiento que los mismos hermanos nos atestaron alguna o varias veces. Conjuntos de enunciados que, según Burroughs, deambulan en nuestro sistema nervioso de por vida, aguardando el momento para manifestarse de los modos más inoportunos. 

Un albor ciego por tanta centella despertó a la ciudad el lunes. Así terminó la última noche que la Jimi Hendrix Experience Felina y yo pasamos juntos tras una semana de crianza. Tres afortunados adoptantes separaron al power trio para ofrecerle a cada miembro una vida de rockstar, ya como solista, lo más lejana posible del basurero que intentó sepultar su recién nacido andar. El destino decidió que Paco fuera el último en quedarse hasta el final entre mis brazos, con las garras rasgándome el pecho. Mientras lo desprendía de mí para entregarlo al futuro, mi Spotify craneal fue preciso e hizo sonar el blues de la locomotora. “Hear my train a comin´”, le cantaba al líder de la manada en sus orejotas antes de que se esfumara y yo me dirigiera a la tienda para sacar un seis de bohemias del refri (a precio de contrabando todavía, sí señor) y de esta manera acabar la jornada. 

El martes me paré de la cama aturdido. Pensé que las chelas, el desvelo y la tormenta de la noche previa hacían de las suyas. Los perros del rumbo ladraban sin control; “debe ser por el de los tamales y su cantaleta”, me dije. Sin embargo lo que la perrada advertía con sus hocicos al aire era la sacudida de tierra que estaba por venir. Descubrí que extrañaba gritar ¡ayyyyy mis hijooooos!, mientras mis bendiciones gatunas trepaban por mis tobillos antes de servirles el desayuno, cuando la alarma sísmica sonó. Con dificultad conseguí llegar a la calle sin caerme. Pasado el espanto, con una guajolota entre manos, mis hermanas fueron las primeras en escribirme. Le embarré salsa verde a la pantalla del celular intentando responder su pregunta: 

¿Estás bien?