Vinipiel

La chispa adecuada

Cuenta José Emilio Pacheco que para apreciar el estruendoso silencio que genera una vida al deshacerse, es necesario que la madera se resuelva en chispa y llamarada.

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OPINIÓN

Se juntan nubes. Hay vendaval. Pasa de pronto. En dos minutos, el cerro del Chiquihuite desaparece en el horizonte y la lluvia se transforma en granizo. Me asomo al balcón y en un parpadeo estoy empapado. Cierro ventanas y pienso que si el techo del mundo va a venirse abajo (todo es probable considerando que el día comenzó con un temblor de tierra), será mejor que la hecatombe me agarre con las manos en la masa de palabras más certera que tenga. 

Alcanzo a escoger un libro antes de que la luz se vaya y afuera el viento chicotee. Sin duda el apagón irá para largo y mi teléfono no va a salvarme; como es costumbre carezco de datos y, además, la pila está en rojo. Buscando en un cajón de la cocina, descubro que no tengo velas ni nada parecido; debo salir a hacerme de algo pronto, de inmediato, porque justo en la esquina donde mi edificio se ladea, es común que tras los chubascos nazca un lago apestoso a drenaje.

Me calzo un par de tenis de charol con punta de goma, lo más similar que encuentro a unas botas de carnicero, me encimo un impermeable y corro hacia la miscelánea. En llegandito, al tiempo que la del mostrador revisa tamaños de veladoras, me resulta inevitable voltear a ver el refri donde las chelas solían pasar la noche antes de la contingencia sanitaria y su respectiva ley seca. Y así, sin esperarlo, tal como los sentimientos más sublimes hacen acto de presencia, me encuentro con alrededor de diez caguamas abrazándose con miedo en la oscuridad. Naturalmente dudo ante el hallazgo. A discreción me jalo la oreja y me pellizco la barriga. En efecto: los envases siguen ahí.  

Me siento como los familiares de esos soldados que vuelven a casa sin aviso previo y, todavía uniformados, sorprenden a sus seres queridos entre abrazos, besos y lágrimas. Restregar mis labios contra el envase de chela podría llevarme a la muerte y provocar las burlas de la despachadora, así que me limito sollozar discretamente al tomar un caguamón para ofrecerle tibieza en mi regazo. Salgo del negocio con la veladora y mi pequeño engendro en los brazos. El viento es hostil, el aguacero infame. Corro de vuelta, saltando entre ríos de flujo febril. El lago que los cimientos de mi edificio sudan en época de lluvias está por hacerse presente, sin embargo consigo atrincherarme a tiempo.

Me fascinan las veladoras; fogatas portátiles, incendios contenidos que iluminan recámaras y santos. Testigos de las más aberrantes confesiones. 

Tras secarme y cambiarme, destapo el la cerbatana y pego la nariz al libro que dejé en la mesa de centro. Débil, una llama triunfa penosamente en la oscuridad gracias a un encendedor. Nace la chispa, y es la adecuada. La flama flaca se asemeja a la “leña que arde en una estancia desierta o en una cueva que sólo habitan los muertos”, según leo. Cierto, la veladora no alcanza a dar calor, sin embargo ilumina lo suficiente. Observo las paredes latir por el efecto de la mecha. Es increíble cómo un suspiro de luz es capaz de mutar la atmósfera. Me fascinan las veladoras; fogatas portátiles, incendios contenidos que iluminan recámaras y santos. Testigos de las más aberrantes confesiones. 

En un cenicero, alcanzo a ver las ruinas de la noche previa. Sigo leyendo, previendo que junto al humo, el polvo al que se reduce la flama desconoce del perdón. Ciertamente la humareda de la pasada velada pesada se extravió con el aire de la madrugada, igual que algunas palabras y ciertas visiones. Cuenta José Emilio Pacheco que para apreciar el estruendoso silencio que genera una vida al deshacerse, es necesario que la madera se resuelva en chispa y llamarada. Y aunque el poeta evita ahondar sobre los alcances de la cera, me cae el veinte de que sus palabras son tan ciertas como la exquisita frialdad de la cerveza que riega mis entrañas.

Así que me clavo, a punta de arrugados martillazos, mirando ocasionalmente el baile de la flama. Luce encantadora moviéndose al son de la melodía del caos, de la granizada que amenaza con reventar las ventanas mientras la luz eléctrica, tal vez ofendida por los decires de Pacheco, nomás no vuelve. Pronto el dulce aroma a petricor cede ante el hedor a agua puerca, señal de que abajo las alcantarillas se desbordan. Con la peste en ascenso comienza a resultarme complicado seguir jugando al poeta, procurar sostenerme sublime. Y juro que me esfuerzo por evadir la vulgar gravedad, “pero el agua recorre los cristales musgorosamente; ignora que se altera, lejos del sueño, todo lo existente”.