Vinipiel

El deshuesadero 204

El virus aniquila mis planes mientras huelo mal y, seguramente mi morada huele a mí. Habito la “Cabaña de queso”, como acá tradujeran el one hit wonder producido hace décadas por The Crow.

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Un amigo de Facebook que en realidad no es mi amigo avisa por dicha red que está viendo un concierto que Depeche Mode ofreció en Berlín hace tiempo. Cuenta que la transmisión acaba de empezar y que está muy buena. ¿Era hoy? Lo olvidé. La verdad es que, más allá de que ignoro si es martes o sábado, no pensaba darle clic al asunto. No es que no me guste el grupo, es que no tengo ganas y ya. Pero le doy. Le doy clic. Así pasa, frente a la computadora uno acaba haciendo cosas que no quería hacer. Ante el teclado se opera sin pensar, del mismo modo en que se lleva la cuchara del plato a la boca.

Llego cuando revienta “It´s no good”. Me gusta esa canción, así que me quedo a husmear. Qué bien se ven Dave Gahan y Martin Gore. Les sientan de maravilla los años, ambos han ganado personalidad con las arrugas. Solían ser dos fresitas primaverales de Celaya, perdidas en una colina ochentera; ahora, en el SXXI, se ven como una pareja de ciervos canosos, al acecho en una montaña nevada. Tanta droga, tantas lágrimas. Viajes, desvelos, canciones, discos. Tanto tiempo juntos. Me laten porque se ríen, porque se abrazan. Agarro los audífonos y le subo. Y cuando toca el turno de “Useless”, bajo las persianas y cierro la puerta del cuarto que me encierra. No quiero ver mi reflejo en la pantalla.

Acabo de echarme un taco de algo que encontré en el supermercado, algo barato. La bolsa que saqué del refri decía: alimento de carne y soya estilo pastor. Es decir, se trata de un puño de plástico cortado en cuadritos, aderezado con chile. No quiero pensar cómo trabajan mis intestinos. Si me abrieran en canal ahora mismo, mi interior se asemejaría a las entrañas de las aves que caen al suelo como moscas y al indagar en sus adentros se descubre que no tienen más que trozos de hule de todos los colores; la dieta con la que se mantienen batiendo alas entre islas de basura. Buscando limpiarme, voy por un vaso con agua a la cocina. Al volver a mi silla me pongo cómodo, cruzo una pierna. Me han criticado porque, dicen, me siento como los hispters. Pero me vale. Así me gusta estar, es una posición confortable. 

Ando en pants y short desde hace semanas y hace tres días que no me baño. Por otro lado, llevo semanas sin usar desodorante, ¿para qué? Leí que dejar por temporadas los químicos es bueno para la piel. Cuando llega “Enjoy the silence” me pongo, además de cómodo, flojito. Esa canción sonaba por todos lados cuando iba a la prepa, pero la verdad era que entonces no tenía cabeza para ella porque estaba enamorado de los Beatles (tal como hoy). Luego, cuando llegué a la Universidad, solía cantarla viernes y sábados con un grupo de covers al que pertenecía, en un antro que a la fecha despacha jarras frente a un plantel de la UAM. Entonces creía en el futuro. Hoy, en cambio, el virus aniquila mis planes mientras huelo mal y, seguramente, difícil saberlo, mi morada huele a mí. Habito la “Cabaña de queso”, como acá tradujeran el one hit wonder producido hace décadas por The Crow.  

Ya suena “Never let me down again”. Le subo más a la compu y sin verla venir se me escapa una lagrimita, una bolita cristalina como las que traía colgadas de los ojos el camarada de Lalo. Es decir, me he puesto cómodo, flojito y, también, desatinadamente nostálgico. Quisiera estar en cualquier parte menos aquí, entre cuatro muros viendo este concierto; pero al mismo tiempo lo mejor que pudo haberme pasado es vivir una experiencia así, justo ahora. He knows where he´s taking me. Taking me where I want to be. Mi vida no tiene sentido sin música en directo. Soy un ente de reflectores y bocinas, de aplausos y multitudes. Tantos meses sin ello me lacera. Instintivamente le mando un abrazo a un amigo de Facebook que en realidad sí es mi amigo; lo que suelo hacer cuando estoy borracho en medio de algún concierto. Él me entiende; ha de estar viendo y escuchando lo mismo.   

Mi vida no tiene sentido sin música en directo. Soy un ente de reflectores y bocinas, de aplausos y multitudes. Tantos meses sin ello me lacera.

Que los ingleses se la sigan en escena con “I want you now”, una versión de “Heroes” y “Walking in my shoes”, así, de corrido, me parecen ganas llanas de chingar. De chingarme. La servilleta que tengo a la mano no me alcanza para limpiarme el cachete tieso; me las arreglo con la manga de mi camisa y al hacerlo noto que hiedo, ya de plano. Apesto de lo peor. Soy un teporocho embarrado de mocos, desgreñado y apestoso. Con mi pijama de indigente, aquí, pidiéndole al mundo que se calce mis zapatos (bueno, mis chanclas). Cantando: a ver, pues, a ver si es cierto que muy verdad de dios, pónganse usted mis cacles, perro.  

Al acabar el concierto me levanto de mi silla y busco más agua. Se acabó el garrafón. Me da pena ir a la tienda en mi estado, así que a regañadientes me baño. Estando bajo la regadera, aprovecho para darme un baño que podría servir como ejemplo aséptico a los enfermeros que con contagiados laboran. Ya estoy gastando agua, así que limpio lo que me cargo a fondo, con meticulosidad. Al salir de la regadera, me corto las pezuñas de pies y manos. Vaya, que hago como El Chivo en Amores perros, cuando se alista para perderse en el futuro que se le tiende frente a la sosa Texcoco. 

Camino a la miscelánea ando. Me palpo raro al caminar. Porque, a ver, qué ha pasado aquí. Entré en catarsis, sí; pero sin alcohol de por medio. Estoy limpio. Acabo de presenciar un concierto de los que te dejan como trapo de cocina a nivel emocional; pero no estoy sudado ni cansado, ni gastado ni raspado. No es de madrugada y no iré a seguírmela a ninguna cantina, no sólo porque no tengo dinero y las cantinas están cerradas, sino debido a que, vaya, no quiero beber, no se me antoja. ¿No se me antoja? Lo dicho. ¿Qué madres está pasando aquí? 

¿Así será de ahora en adelante? ¿Ésta será mi nueva normalidad? Me descubrí aplaudiendo a solas cuando Gore se discutió una versión sin madre de “Insight”. Fue una sensación horrenda. ¿Cuál Music for the masses? Se supone que así no debería funcionar esto. La rolliza de la tienda revisa que mi envase no tenga abolladuras. Me echo al lomo el garrafón lleno y pago, metido en mis conjeturas. Concluyo que la gordita me cae bien. Finalmente es quien me vendió caguamas en los momentos en los que la ley seca y la escasez azotaron feo el rumbo. Le agarré fe a la morra, al igual que a chavilla de la barra en el antro La Vegas. 

Parto sin dolor de la miscelánea y cuando paso al lado de una camioneta, topo mi reflejo en unos de sus vidrios. La libré ante la pantalla negra de la compu, pero esta vez me resulta inevitable acercarme al espejo polarizado y tapizado de polvo. La neta es que estoy muy lejos de lucir como El Chivo. En dado caso me asemejo a Lagrimita. Al lado del Chivo soy un nenito en carriola, agitando su sonaja. La troca donde me miro pertenece a la tortillería del barrio, carga bultos de masa y en el medallón tiene escrito “si no vuelvo estoy con dios”. A la sentencia la acompaña una ilustración: el rostro de Jesús, extasiado, escurriendo sangre. Reacomodo mi electropura y continúo la marcha. Pienso en el azote, en mi condena. En lo patética que debe resultar mi auto flagelación para muchos.  

Viene a mi cabeza un refrán: de acuerdo al culo es el azote. También pienso que ya estamos en semáforo naranja y que mi paciencia se encuentra en el límite, que a estas alturas la cordura ya rasca esa rayita roja que alarma indica en mi tablero mental. Al tiempo, un ardor en la tráquea sube y baja; el efecto del hule sabor pastor, sin duda. Entonces mi vecina pasa mi lado, sin saludarme, como toda la vida. Me odia porque la acusé con protección animal; tenía a su perro abandonado en la azotea, bajo la lluvia y el sol, sin techo alguno. Sigo andando. ¿Adónde iría?, de poder escapar; me pregunto a mí mismo. ¿Adónde mero? 

Justo frente a la puerta del edificio, un autobús descansa, uno de esos féretros con ruedas que, con un poco de suerte, llegan a su destino: Texcoco. El chofer del armatoste lava los rines mientras chifla; de las bocinas del vehículo escapa una cumbia andina. De abordar uno así, considero, en menos de una hora me hallaría justo en el negocio de autopartes donde, recordando la película de Iñárritu, el matón a sueldo se extravía en el horizonte al lado de su perro. Clavo las llaves en el cerrojo. El zaguán rechina. Subo jorobado con mi carga hasta llegar al 204, el sitio donde llevo meses desmigajándome. Mi reino. Mi propio chatarral, mi deshuesadero personal.