Quiero ser el árbol que está frente a tu casa o aventurarse en la nostalgia

De lunes a diciembre, tercer libro de Gerardo Ortega, contiene veinticuatro textos con una mezcla de poesía y prosa, donde nos presenta los vocablos de lo cotidiano, aventurándose (con conocimiento de causa) en la nostalgia.

Por: Armando Alanís Pulido

1 – Éramos mucho para nosotros mismos

A principios de los años noventa del siglo pasado, una generación de jóvenes escritores irrumpió en el mundo cultural de Monterrey. Cabe señalar que en esa época existían unos espacios en los periódicos locales llamados “suplementos culturales” que consistían en algunas hojas de las secciones de arte y cultura, las cuales se dedicaban una vez por semana (sábados o domingos) a publicar creación literaria, algunas críticas de arte y viñetas de artistas plásticos. Una treintena de voces nuevas,  más entusiastas que talentosos, como los (nos) llamaban los “artistas mayores”, daban cuenta de sus creaciones. Los más aventurados publicaban ya algún libro, se veían algunos despuntes, pero pocos siguieron insistiendo, y, al igual que los suplementos culturales, la euforia juvenil se extinguió y el tiempo (filtro natural) hizo su trabajo. Uno de esos jóvenes de entonces fue Gerardo Ortega, que sacó a la luz, con sus debidos periodos intermitentes (hecho que coincide con varios autores de esa generación), De lunes a diciembre, su tercer libro, publicado por Diáfora y la UANL. El volumen contiene veinticuatro textos donde, con una mezcla de poesía y prosa nos presenta los vocablos de lo cotidiano, aventurándose (con conocimiento de causa) en la nostalgia. Sin duda Ortega, protagonista de emociones intensas, se sabe invadido por musas que le dan instrucciones y así se comparte, porque viene al caso, porque siente.

2 – Vocablos de lo cotidiano

Gerardo enumera sus pasos, huye, sueña, se espanta, quiere ser el árbol que está frente a tu casa, pregunta, adivina, recuerda, imagina, habita el espacio de la llama ausente. En sus textos sobrios y limpios se advierte el ansia de recobrar la inocencia y en esa incesante búsqueda viaja y pide compañía en ese paseo, que tiene un camino irrepetible que toma las distracciones y desviaciones necesarias de quien pasea, de quien escribe y describe.

3 – Experiencia, existencia

¿Que no es la poesía sino incansables diálogos? Y no porque se nos olvide que a veces estamos solos, sino porque se nos olvida hasta el mundo, y cuando nos sentimos en el desierto aparecen árboles florecientes de recuerdos que nos liberan y no tenemos más que confesar que hemos soñado. Y vuelvo a insistir, cambiando ahora la palabra testimonial por la palabra “experiencia”, que entronca directamente con otra palabra totalizadora: “existencia”. Miremos aquí a la existencia no como posibilitadora de la escritura, sino como reparadora de esta; y no digo que Ortega maneje sus textos como consuelo del mundo que le tocó y que nos comparte amorosamente, sino como reproductor de instantes que algo harán que ocurra, que algo alentarán. Es decir, en el entendido de que toda construcción lingüística y que en todo lenguaje poético se funda o intenta fundar una conciencia, que se pone a disposición del mejor transeúnte o del mejor postor, (no en ejercicio de compraventa, aclaro) sino en un sentido más romántico: el trueque. El vamos a dar(nos), vamos a compartir(nos), yo celebro que haya un espacio que abarque desde el lunes hasta diciembre, donde uno pueda asumir lasa consecuencias. Y cito a Seamus Heaney, el poeta irlandés premio Nobel de Literatura 1995: La poesía tiene el poder de persuadir a esa parte vulnerable de nuestra conciencia de su bondad, a pesar de la evidencia de maldad  a todo su alrededor; el poder de recordarnos que somos cazadores y recolectores de valores, que nuestras mismas soledades y congojas son dignas de certidumbre, en tanto que son, también una prenda de nuestro verdadero ser humano.

4 – La intermitente luz de los hechos

Estoy seguro que Ortega nunca se ha desentendido del asunto poético, entre el chisporroteo automático de emigrar y volver, de ver a los hijos crecer, y de cumplirle a la vida esta la luz intermitente de los hechos objetivos, porque confesémoslo todos: qué bonita es la nostalgia cuando la explicas con poesía.


De lunes a diciembre
Gerardo Ortega
Diáfora / UANL
2008