COLUMNAS   

Árido Reino


La viciosa costumbre de no entender nada, o un escalofrío de alfileres

La narrativa de Mario Anteo es resistente como un caserón de sillar y con El reino en celo, novela publicada originalmente en 1991, nos encontramos con otro clásico de la literatura regiomontana.

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OPINIÓN

Dejarse crecer la barba y el cabello

Para fines prácticamente escandalosos la ciudad de Monterrey fue fundada por un personaje que terminó convirtiéndose en femicida. Hagan sus teorías conspiratorias y equipárenlas con la realidad actual. Entonces, el grupo de hombres -y mujeres- que desafió al mar, al desierto, a la Inquisición y a las tribus del norte para fundar villas y ciudades como la nuestra, entendámoslo así, tenían ese espíritu emprendedor (que tanto nos gusta presumir a los regiomontanos de todas las épocas), pero con un agregado: eran capaces de todo.

“… es público que el Dicho Diego de Montemayor, suegro del dicho Alberto del Canto, quiso matar al dicho Alberto del Canto antes de que casase con la dicha su hija, por haber entendido que andaba con la dicha doña Juana, su mujer, y se dejó crecer la barba y el cabello el dicho diego de Montemayor y al cabo mató a la dicha doña Juana, su mujer”.

(Archivo general de la nación, (t.239, p.437, Méx.)

El descascaramiento del tedio

La narrativa de Mario Anteo es resistente como un caserón de sillar y con El reino en celo, novela publicada originalmente en 1991 y que ha merecido ya varias reediciones, nos encontramos con otro clásico de la literatura regiomontana. Una prosa limpia que destaca por el respeto al lenguaje de la época en que sucede la historia y  que desenmascara las inquietudes, los lances, los amoríos y las traiciones de nuestros fundadores.

“Al centro palidecían las ultimas ascuas del fogón. De vez en cuando se oía el resuello de los caballos, apretados bajo un techo de ramas al extremo. En la cueva de los dados, una antorcha de candelilla alumbraba la súpita cabeza del jefe en el suelo. Desnudo, con los pies encogidos sobre una roca junto al muro, Alberto descansaba con la mente al garete. A ratos ojeaba al jefe, quien agotado por los desvaríos se había dormido, la boca abierta, la mano en la mejilla, encogido como embrión.

Aconteció poco antes de romper el alba : Gamón se desperezó flexible y sin resaca, los ojos lucidos , sonriente.

_Para superar a Cortés me basta un buen talismán-declamó-; me darás el tuyo porque soy tu amo y además me debes un favor.

(Fragmento, pág. 19)

Ellos ataron las nubes

Perseguir a la historia mediante las huellas de la literatura es un trabajo que implica doble pasión. Y aunque es cierto que la literatura siempre ha husmeado en callejones de esa índole, Anteo entiende perfectamente esa oscuridad que sigue presente en el corazón de cualquier regiomontano contemporáneo y la justifica con maestría. Entonces, ese hecho histórico, lo reprimido, lo trágico, se convierte en una aventura increíble. Bien lo dice la escritora argentina Luisa Valenzuela en su libro escritura y secreto: “El campo favorito para anidar ahí donde asoma su mínima nariz lo inconfesable, en sitio similar anidan los secretos menores plurales, esos tan poco estimulantes que la misma literatura y también la vida y hasta la psicología intentarán a casa paso sacar a la luz: -trapitos al sol les llamamos- para seguir avanzando sin obstáculo”.

Pienso que la validación y justificación de esta novela es como aquella ambición por la América prodiga en oro y poder que ilusionó a los españoles y los portugueses que decidieron emprender la expedición: se aventuraron a vivir una vida, porque vivían una vida sin aventura. Se trata de una definición muy cercana a la literatura. Anteo conquistó seguramente a los lectores; y el tiempo, que es un lector también, ha colocado esta obra en las lecturas necesarias y justas para entendernos mejor como regiomontanos. No importa si la historia es contada, enseñada o imaginada, porque la historia o los secretos de la historia nos dan ideas.

Estos dulces yugos

¿Y si el misterio procede de la imaginación? Entonces la cuestión no radica en tratar de ver lo que el secreto contiene, sino en ver como se ha construido y para qué. El reino en celo descorre la cortina y pude oírse al mismo tiempo un trueno parejo a un relámpago de láctea luminosidad.


Mario Anteo
El reino en celo
Fondo Editorial Nuevo León (Col. La línea de sombra)
1991