Futbol en tránsito

¿A qué le tiras cuando sueñas, seleccionado?

Las justas mundialistas son, para México, una pesadilla que regresa cada cuatro años de forma cíclica. Todo este trayecto es ahora parte del libro Breve historia del ya merito, una carta de amor a la selección nacional editada por Sexto Piso poco antes del Mundial de Rusia 2018 con textos de 14 autores. 

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Nunca he sido hincha de la Selección Nacional. Sin embargo, puedo asegurar que la primera y única vez que percibí eso que los antropólogos sociales llaman identidad, fue durante el Mundial de 1986. Tenía 8 años, casi 9. Estudiaba la primaria en un colegio católico de Ciudad Lerdo, Durango y aún creía en ese Dios de los cristianos. Por lo tanto, no podemos confiar ni por un segundo en ese individuo.

Recuerdo estar en casa de mi abuela ese sábado 21 de junio, cuando la Alemania de Harald Schumacher, Karl-Heinz Rummenigge, Rudi Völler, Andrëas Brehme, Pierre-Michel Litbarski, Lothar Matthäus y compañía, eliminó en penales a México en el Estadio Universitario de Monterrey. Después de eso, escuché el crujir de un montón de caguamas estrelladas en la banqueta del barrio y gente llorando, como si estuvieran muriendo.

En mi caso particular, no sentí pena por la derrota. En ningún momento de mi vida fui ni he sido un referente de patriotismo. Algo dentro de mí me hacía inmune a ese dolor colectivo. A pesar de eso, creo que fue, al menos de los que me ha tocado ver, uno de los vestidores con mayor calidad línea por línea que recuerdo: Tomás Boy, Carlos Muñoz, Luis Flores, Manolo Negrete, Javier Aguirre, Fernando Quirarte, Pablo Larios, Cristóbal Ortega, Raúl Servín, Félix Cruz, Hugo Sánchez, Olaf Heredia, Carlos Amador, «El Abuelo» Cruz, Miguel España, Carlos de los Cobos y otros que se me escapan.

Todos ellos grandes futbolistas, algunos de pico y pala, algunos albañiles, sin el glamur, mainstream y vedetismo que rodea al actual seleccionado, con excepción de «El Macho», que tenía una temporada como centro delantero en el Real Madrid de Emilio Butragueño, Miguel González Michel, Manolo Sanchís y demás glorias blancas.

Nunca fui hincha de los Ratones Verdes, todo mi patriotismo se desborda por la Argentina. Para mi suerte, en esa misma justa deportiva, se encumbraría una de mis máximas deidades paganas de todos los tiempos: Diego Armando Maradona. Siempre le estaré agradecido por tanto que nos dio y nos sigue dando, no importa que se esté muriendo de un pericazo en pleno Mundial. Al contrario. Qué postal. Para todo lo demás está Víctor Hugo Morales, para recordarnos que el Barrilete Cósmico nos regaló la jugada del siglo.

La Selección Mexicana para mí es sinónimo de Siempre en Domingo o lo que en estos días sería La Rosa de Guadalupe. No me culpen, pero toda la mística que me produce la Argentina jamás la encontré en nuestros connacionales. Estoy consciente de que me escucho súper chairo, pero no puedo negar mis orígenes universitarios en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y después, producto de mi exacerbada re porteñidad y argentinidad al palo, mi adhesión, primero al peronismo, y después, al kirchnerismo. (PD. Gracias, Cristina. No fue magia. Nunca Macri.)

En los mundiales de Alemania 2006 y Sudáfrica 2010, la Albiceleste se encargó de despachar al Tri. Obviamente, mi pasión rioplatense no es bien recibida en mi entorno: familia, amigos, compañeros de trabajo. Por fortuna soy un orgulloso hinchapelotas. Recuerdo estar limpiándome el paladar en el restaurante Pampas, en medio de una horda de laguneros emputados con mi felicidad al momento del gol de Maxi Rodríguez en Leipzig. Una belleza indescriptible.

Todo este trayecto es ahora parte del libro Breve historia del ya merito; una carta de amor a la selección nacional, como dice Carlos Velázquez, editada por Sexto Piso poco antes del Mundial de Rusia 2018 con textos de 14 autores. En «El año de la peste», Rodrigo Márquez Tizano, editor del libro, apunta con solvencia moral que el fiasco de México en Argentina 78, fue monumental porque “sucedió a colores y vía satélite, en plena modernización del sistema electoral mexicano, durante la supuesta “consolidación del crecimiento económico” y la euforia del mercado petrolero. Se vislumbra una era menos lóbrega, sin masacres ni guerras sucias ni palacios negros. La abundancia estaba a la vista de todos, nomás había que administrarla”. Esto nos describe una suerte de depresión social colectiva al más puro estilo del Maracanazo de 1950.

Las justas mundialistas son para México una pesadilla que regresa cada cuatro años de forma cíclica. La prensa mexicana lleva cuatro décadas lucrando con su humillación. Los medios saben hacer su trabajo: oscilan de la soberbia al autoescarnio sin miramientos.

Rodrigo Márquez Tizano sostiene que el mensaje puede interpretarse de diversas maneras. “Emociónense, pero tampoco se pasen”. Argentina 78 sigue llenando páginas porque en aquel torneo México no fue un equipo más del montón sino el peor. La derrota vende, la mediocridad no. Algo tiene la Argentina que no le sienta nada bien a los mexicanos: el 78, los ridículos de Alberto García Aspe en River, y Luis Hernández en Boca son una prueba. El autor se pone punk y bromea con aquello de que lo único que recuerda la hinchada xeneize es que El Matador usaba un tinte similar al de Claudio Paul Caniggia.

El tema de la mentalidad futbolística actual de México, hunde sus raíces en un pasado todavía más remoto, con la eliminación en el Premundial de Haití en 1973 –esa que les impidió asistir un año más tarde a Alemania–. Ese suceso tocó fibras sensibles en la psique del futbolista mexicano y los periodistas comenzaban a preguntarse si realmente alineaban los jugadores más capaces del país, o bien los que mejor retrataban en cámara o vendían más gillettes.

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El verdadero deporte nacional es subirse a la nube y desde allí darle vuelo a la boca floja. La historia de las tragedias del equipo Tricolor parece sacada de un libro de Irvine Welsh. Luigi Amara desempolva sus memorias de España 82, es decir, del Premundial de Honduras un año antes, en donde la arrogancia de los Ratones Verdes es recordada con una frase sobrada: “En Centroamérica juegan con pelota cuadrada”. Parece un mito fundacional, pero seguramente Hugo Sánchez la enunció con esa superioridad ceceante que le daba el formar parte del Atlético de Madrid: “Un ceceo impostado y trepador, no de contagio o contigüedad natural, sino amasado con denuedo en ínfulas infinitas”.

La anécdota de Pancho Osorto, defensa salvadoreño que marcó a Hugol, recuerda que el delantero mexicano hacía gala de la humillación al espetarle que en la liga española ganaba en un solo día lo que él ganaba en todo un año. Aun así, adiós a Naranjito. Al final se quedaron sin España 82. Toda Centroamérica festejó durante días y días la eliminación del Gigante de la Concacaf y el advenimiento de una nueva era: la era gloriosa de la pelota cuadrada.

El Salvador eliminó a México, y quedó en las catacumbas de la competición realizada en tierras ibéricas. Luigi Amara menciona que posiblemente La Selecta le hizo un favor histórico al Tri, el de ocupar por segunda vez consecutiva esa desdichada posición postrera, lo cual habría pesado de fea forma en el ánimo patrio y tal vez habría llevado a la resolución de tirar definitivamente la toalla de las competiciones mundialistas, a la renuncia a un enésimo papelón.

¿Existirá otro país en todo el planeta en el que sea posible encontrarse tantos encendidos fanáticos de esos clubes de ligas lejanísimas? ¿Tantos que chillen como micos por lo que sucede en los estadios de Barcelona, Madrid, Múnich o Manchester?, se pregunta Antonio Ortuño en «El nacimiento de una maldición».

El escritor tapatío se adentra en esa dialéctica del ser nacional: la estrella que triunfa en el extranjero y sus fieles devotos que esperan por lo menos alguna pincelada. Pero no. Tan solo caen migajas.

En el partido contra Paraguay, Hugo Sánchez, autocoronado como el mejor jugador mexicano de todos los tiempos, y ariete del Real Madrid, pidió el balón aunque el cobrador oficial de tiros de castigo de la selección era Tomás Boy, mediocampista de los Tigres. Hugo lo falló. Pateó débil, hacia un poste, y el arquero guaraní lo adivinó. Era el destino. El divorcio de Hugo con la afición mexicana, que reclamaba que su nivel en el Tricolor nunca se aproximara ni de lejos al del club merengue, quedó sellado para siempre. Esa grieta, fue, lo que en nuestros días los argentinos le reclaman a Messi por su desempeño en la Albiceleste, a diferencia de la avalancha de triunfos conseguidos con el Barcelona.

Más adelante, en cuartos de final. Gol de Manuel Negrete a Bulgaria y el jalón de greña del Vasco Aguirre. Poesía pura. Recientemente nombrada la mejor anotación de México 86, por encima incluso de aquella estampa de mi Pelusa, quitándose a media Inglaterra y honrando a los caídos en la Guerra de las Malvinas. Desde entonces, México nunca superó los octavos de final: Estados Unidos 94, Francia 98, Corea-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y recientemente, Rusia 2018. Así como yo espero una tercera Copa del Mundo para mi amada Argentina; la obsesión por el quinto partido está presente en los aztecas desde hace 32 años.

El Mundial de Italia se antojaba como la culminación de una serie de talentos que prometían una justa inolvidable: Maradona triunfaba en el Napoli; los alemanes Matthäus, Klinsmann y Brehme hacían lo propio en el Inter; los holandeses Van Basten, Gullit y Rijkaard marcaban época con el Milan de Arrigo Sacchi; en la Fiorentina se asomaba un joven de nombre Roberto Baggio; Gianluca Vialli y Roberto Mancini hacían magia en la Sampdoria de Génova; el inglés Gary Lineker brillaba en el Tottenham; el austríaco Anton Polster se cansaba de romper las redes con el Sevilla; el rumano Georghe Hagi era apodado «El Maradona de los Cárpatos» en el Steaua de Bucarest. Y así sucesivamente.

En su entrega «Estampas de los que no llegaron», Raúl Vilchis desnuda ese 1990, una época en la que todos coincidían que no había otra latitud en el mundo que conjuntara en sus estadios los mejores partidos semana a semana. Eran tiempos donde las sedes se otorgaban todavía por el peso de la tradición y no por los petrodólares. Además, el nivel de la cancha se equiparaba al nivel de la tribuna: no había lugar donde la pasión por la pelota se consumiera con un furor más grande que en aquella Serie A que le hizo escribir a Umberto Eco su famosa diatriba contra el balompié, en la que afirmó que odiaba a los tifosi, pero no al deporte. Esto me recuerda aquella frase de Joaquín Sabina: «Amo las drogas y el alcohol, pero detesto a los borrachos y drogadictos».

La generación de futbolistas mexicanos que se perdieron el Mundial de 1990 por el tema de los Cachirules es tremenda. En ese tiempo, las disputas televisivas estaban en su más momento delicado. El escándalo tuvo como origen la disputa por los derechos de transmisión de Italia 90. Imevisión, la televisora estatal que publicó dos años atrás las actas de nacimiento falsificadas de dos jugadores que participaron en el Premundial, quería una rebanada del pastel tricolor con el que por ese entonces sólo se atragantaba Televisa.

José Ramón Fernández, líder moral de Imevisión, fue bloqueado por la propia FIFA en asociación delictuosa con Televisa. Al margen de gustos, estilos editorialistas y demás, el periodismo deportivo mexicano le debe un montón a Joserra, partícipe y protagonista de esa interna que unas veces causa asco y otras más, risa. Posiblemente los millenialls que crecieron con ESPN o Fox Sports, no saben que la lucha de ese chaparrito poblano tiene más peso en la actualidad de lo que sus mentes pueden llegar a entender.

Carlos Velázquez dice, en su «Por favor, yo necesito un gol», que la colección de álbumes de estampas Panini sin completar, es un recordatorio indeleble de todos nuestros fracasos.

Para terminar quisiera leerles un fragmento del prólogo de esta Breve historia del ya merito, autoría de Rodrigo Márquez Tizano, que me parece sumamente honesto:

«Cada campeonato arranca de vuelta en la infancia y nos recuerda que a veces es mejor envejecer en mundiales que en sexenios. ¿Pero subvertir las nociones cotidianas del tiempo no involucra negarse a interpretar el transcurrir como un trayecto bidireccional? Quienes suscriben que la vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial, como si el fútbol fuese un carro alegórico para interpretar el mundo, lo convierten en un asunto utilitario. Ordenan los hechos acaecidos en años mundialistas atrás y adelante, quizá para establecer relaciones de causalidad. Nos hacen pensar que el fútbol es necesario por los dividendos que proporciona y no por el fútbol mismo. El deporte comenzó a pensarse en términos de importancia desde que la obligación se impuso al juego. Entendemos el fútbol como cultura del esfuerzo, de la recompensa. Y así nos va».


Este texto fue leído durante la presentación del libro Breve historia del ya merito (Sexto Piso, 2018) en el Museo Arocena de Torreón, México, el 10 de julio de 2018.