Tigres y Rayados: Un circo romano

A unos días de la agresión que sufrió el "barrista" de Tigres sigue la discusión. Pero de parte de gobierno, las directivas de los clubes y los medios de comunicación no hay una solución real, solo una reacción superficial para un problema profundo.

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Han pasado ya algunos días de la agresión que sufrió un “barrista” de Tigres por otros del equipo de Rayados y aún sigue la discusión sobre quién provocó a quién, como si de eso se tratara para encontrar el culpable. Además de tomar la distancia de siempre: “Lo que les pasó se lo merecían por andar ahí metidos”. Es decir, es les pasa a los otros, no a nosotros.

Este es tan solo uno de los problemas: buscamos que haya un solo culpable sin entender que se trata de ambas partes, de ambas barras, de ambos equipos y hasta de ambas aficiones. En el problema de la violencia en el futbol, al menos en Monterrey, no hay un solo culpable, sino varios elementos que han alimentado el odio entre las aficiones de ambos equipos.

En el trabajo de marketing nos han hecho creer que se trata de pasión, pero lo que existe está mucho más cercano al odio. Esta, la pasión, se ha convertido en una moneda de cambio que han utilizado las empresas y directivas para lucrar con el sentimentalismo de la afición al grado de hacernos reaccionar como si fuera nuestra familia a la que se defiende y no a un equipo de futbol de una empresa millonaria.

No nos confundamos, la rivalidad es otra cosa, y esa además de necesaria puede ser muy linda, pero cuando hay agresiones físicas, cuando las personas se dejan de hablar por motivos de equipos, cuando se le desea la tragedia al contrario (la humana, no la deportiva), cuando se amedrentan los unos a los otros y se vuelve peligroso estar entre aficionados del equipo rival, eso ya no es rivalidad sino odio.

Dicen que son solo algunos y que esos aficionados violentos no representan a la verdadera afición. Pero, ¿cuál es la verdadera afición? Llenar los estadios locales e invadir los ajenos nos pone más cerca de ser los mejores clientes que de la mejor afición. Esto tiene que ver con nuestra forma de ser “regios”: la carne asada más grande del mundo, la plaza más grande de Latinoamérica, dos de las empresas más fuertes a nivel mundial, uno de los transportes más caros, la ciudad con más discriminación del país, lo más grande en todo.

Esta idea ha sido alimentada también por los medios de comunicación locales que viven de la polémica y quienes se lavan las manos y evaden responsabilidad alguna. Pero son también responsables porque se han encargado de alimentar esas diferencias entre los dos equipos locales; y si éstas no son suficientes las inventan. Que si el estadio, que si los jugadores, que si los cantos. Tanto así que incluso hay programas donde los comentaristas toman partido por alguno de los dos equipos regios para hacer polémica. En ningún otro estado los medios de comunicación enfrentan a los equipos y seguidores entre sí como en Nuevo León.

Las instancias de gobierno, junto a las directivas de los equipos y de la liga mexicana de futbol, han tomado un posicionamiento con respecto a la violencia: hay que vigilar a las barras y prohibir manifestaciones públicas de apoyo al equipo, además de negar la visita de cualquier porra del equipo contrario. Vaya solución. La historia se ha encargado de mostrarnos que prohibir no es el camino, cuando el problema real sigue sin atenderse. Y con esto el mensaje es claro: Las barras las necesitamos por eso no las desmantelamos. Si bien no las fomentan, sí las sustentan y, al no erradicarlas ni disolverlas, las aceptan y alientan. No hay una solución real, sino solo una reacción superficial para un problema profundo.

En el comunicado que hicieron ambos equipos prácticamente fue para lavarse las manos pensando primero en la institución que en la violencia que puede vivir cualquier aficionado con la playera de el equipo contrario.

Para las directivas los aficionados no importamos, salvo cuando hay que comprar el abono o la playera. Y son estas las que llevan la violencia consigo porque, cuando un aficionado agrede a otro, no están viendo a las personas, lo que están viendo son solo playeras y colores, eso basta para desatar la furia. Y por cierto, la agresión no solo es la física, sino que esta es el resultado de un odio generado anteriormente.

No, no son unos cuantos, son más los Rayados y Tigres que se odian entre sí. Aunque después del juego muchos continúan sus vidas, durante 90 minutos, o el resto de ese día, son capaces de agredir al rival en muchas formas- física, verbal, psicológica- mientras los medios de comunicación y las directivas observan desde el palco el circo romano en que han convertido al futbol en esta ciudad.