El Gigio nos cuenta su propia muerte

Gigio se llama Martín Alvarado Nieves y, dado que nació en un ring y en una familia de luchadores, no tuvo mas opción que luchar por la vida y pasársela luchando. Incluso cuando tuvo una muerte anticipada.


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En estos días, Ediciones Oficio presentara varios de sus libros en la Feria del Palacio de Minería, en la ciudad de México.

Feliz ante ese hecho, he querido enviar esta nota, que mi amigo el promotor cultural y luchístico Gullermo Gómez me hará el favor de leer en una de las mesas de discusión. OK. Va:

Recuerdo esa conversación de una manera difusa, incluso disparatada. No es que estuviera borracho, claro que no, es que el contenido de ese diálogo me parecía un tanto loco y nebuloso. Eran las nueve de la noche en Guadalupe, Nuevo León, y habían 22 grados gracias a los abanicos tropicales de un restaurante que me hizo pensar ante todo en una película de narcos.

Claramente, podía imaginarme a Mario Almada en su juventud, macizo, ranchero, violento, entrando al lugar con un revólver en la mano y exigiendo dinero a cambio de protección. También imaginé -lo confieso- a Rosa Gloria Chagoyán con unas tetas de este tamaño, y a Sergio Goyri con su imperdonable sombrero negro, un tanto cagado de pájaros y castigado por los años.

El que nos invitó y pagó hasta la propina fue Guillermo Gómez, empresario de lucha libre y generoso hasta la locura. Esa noche, él nos convocó y pedimos arrachera, papas y refresco.

La historia que se convirtió en el tema de esa noche fue el que toca a los regaños de la mamá del Gigio, la señora Ana Nieves de Alvarado.

Yo no tenía la más remota idea de cómo abordar al Gigio. Periodísticamente, no tenía las herramientas para entrarle al toro. Yo solo sabía que el Gigio es un luchador, que forma parte de la dinastía de Los Brazos, y que pesa más de 120 kilos, tiene muchas marcas en la frente y que nació en un ring, en la Ciudad de México.

Todo eso era en realidad insuficiente en ese momento. Y no solo insufuciente, era casi irrelevante. El Gigio es Martín.

Para volver a nuestra historia, diré que poco a poco, el Gigio fue tomándose dos o tres cocas, mientras yo fui agregando detalles al punto que comencé a entender que la historia del Gigio y su muerte en el avión era mucho más amplia que la de los regaños de la mamá.

La cosa fue que el Gigio comenzó hablar de Japón, de una lucha que Los Brazos se dieron hasta con la cubeta en un ring de Tokio.

No supe si ganaron o perdieron, ni anoté el nombre de sus contrincantes. Confieso que en realidad no me importa.

Porque lo interesante llegó mas tarde, cuando la televisión informó que Los Brazos estaban muertos en medio del mar. Y todo por una metida de pata de Jacobo Zavludovsky.

Gigio se llama Martín Alvarado Nieves y, dado que nació en un ring y en una familia de luchadores, no tuvo mas opción que luchar por la vida y pasársela luchando.

Su mamá, Ana Nieves de Alvarado, se pasaba los días en la parte alta de un gimnasio, rodeada de luchadores y regañándolos a todos por sus errores, sus vicios y sus bromas. Con la amenaza de unos chanclazos, la señora los ponía en su lugar como si fueran niños, y ellos no tenían mas remedio que obedecerla.

El asunto es que esa vez Jacobo Zabludovsky fue a recibirlos al aeropuerto envuelto en el temor y el rumor de que todos se habían muerto en el agua.

Eran otros tiempos, quizás los años setentas, no lo sé bien. Pero sí me acuerdo que vi cómo al Gigio le brotaba sudor de las manos mientras contaba esa historia. Por alguna razón, comenzó a sudar a chorros. Y la verdad es que acabó por ponerme nervioso. El asunto fue que Los Brazos habían viajado a Tokio para luchar, e independientemente del resultado, el vuelo de regreso estuvo poblado de turbulencias, de modo que en ese regreso el Gigio acabó aferrándose a un asiento del avión todo como nunca lo había hecho, con el temor frenético de morirse ahí mismo.

Como no existía Internet ni nada parecido, las comunicaciones eran algo escalofriantemente lento, de modo que la televisión mexicana anticipó la muerte de Los Brazos y comenzó a dar por hecho que la tragedia invadía la lucha libre mexicana Después de largas horas de espera, Zavludovsky cambió un tanto de tema, y vino a saberse que ninguno de Los Brazos estaba muerto, pero la triste noticia de su fallecimiento ya estaba en la calle, de modo que, en un desplante hitchcockiano, aquellos luchadores se habían muerto sin tener que pasar por la desagrabable experiencia de morir.