El privilegio de opinar

Hoy vemos a muchos idiotas inundando los medios electrónicos, atiborrado la red, ganando likes, haciendo campaña con recursos públicos, y sobre todo opinando de todo.

Por: Gabriel Contreras

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“Portrait with iPad Mini, after Róbert Berény” – Ilustración de Mike Licht – Flickr (Creative Commons)

A lo largo de casi dos siglos, o sea entre el siglo XIX y finales del siglo XX, en lo que solemos llamar Occidente, la crítica de la acción política se hallaba identificada con un sector de la sociedad al que atinamos a llamar “los intelectuales”. Ese sector ha merecido distintas definiciones, pero ha acabado por asociarse con escritores, filósofos y especialistas en el campo de las humanidades.

Sin embargo, el surgimiento de Internet y de la galaxia digital, detonó una expansión brutal de los límites de la “opinión autorizada”, de tal manera que hoy una persona sensata puede expresarse en las redes sociales con la misma asiduidad, facilidad y en el mismo formato que una persona brillante, una persona destacada, o un imbécil.

Eso representa grandes ventajas para los imbéciles, y gran desventaja para la gente brillante o destacada.

Por la sencilla razón de que una persona de ideas cortas podrá decir cualquier idiotez en su muro automáticamente, a una velocidad récord, y compartirla de manera incalculable, en tanto que la gente brillante siempre tendrá más dudas que certezas, de modo que nunca será el típico infaltable en la red.

La explicación es simple: es más fácil ser un imbécil que no serlo.

Por todo eso, efectivamente, hoy vemos a muchos idiotas inundando los medios electrónicos, atiborrado la red, ganando likes, haciendo campaña con recursos públicos, y sobre todo opinando de todo.

Tanto así, que este grupo de presencias crecientes en la red, hoy son ya presentadores, politólogos, críticos. Y, sobre todo, son opinadores.

Sin más garantía que su irresponsabilidad, los  rebeldes han puesto de moda llamar a leer. Han puesto de moda excluir, vituperar,  condenar, a diestra y siniestra.

Y bloquearlos no es suficiente. Habría que inventarse el modo de que todos esos posts que son ofensivos, se quedarán fuera de nuestra página de inicio y nuestra vida. ¿Cómo lograr eso? Desconfiando de las tentaciones de la democracia. Desoyendo  las idioteces que te proponen hacerte servil gato del poder, afilando el criterio hasta conseguir el antídoto preciso, y leyendo más ideas y menos estados del FB.

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