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Daenerys Targaryen: la desconfianza de la amistad objetiva entre nosotros

Es interesante ver cómo los comentarios sobre Game of Thrones echan luz sobre los parámetros morales bajo los que prejuzgamos a nuestros conocidos en la vida real.

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game of thrones daenerys targaryen
A Cristopher Hoffen y Andrés Briones

Me parece totalmente comprensible la actitud que tomó la Khalessi al quemar Desembarco del Rey (Game of Thrones. Temporada 8, episodio 5). Se sintió herida desde diferentes ángulos; perder a una compañera, consejera y amiga tan cercana como Missandei de una forma tan sádica frente a sus ojos y luego ver cómo sus supuestos “aliados” diferían demasiado con sus deseos de revancha y justicia, incluso llegando a desarrollar un instinto de protección –para algunos, paranoico- ante la posible traición.

Comprendo su inestabilidad y fragilidad emocional ya que estos guiños psicológicos le dan un giro al personaje hacia una reacción totalmente humana, dejando a un lado ese paradigma tan literario del héroe inquebrantable en términos éticos. Nos muestra su lado vulnerable, dando rienda suelta al sentimiento primario de la venganza. No da lugar al perdón del supuesto enemigo que dobla las campanas de la ciudad para su entera rendición, que paguen por su pasado de presumible complicidad –ver como espectáculo la decapitación de Ned Stark- por solapar al enemigo y aplaudir sus bestialidades.

He leído a quiénes dicen que en política se tiene que ser racional y no visceral, incluso partiendo desde El Príncipe de Maquiavelo, pero creo que aquí sucede otra cosa, creo que lo que nos desagrada o molesta es el perfil que se le dio al personaje desde un principio, mostrando su aura de bondad y caridad inquebrantable, dejando en claro que los medios sí eran importantes para su fin. Nos encariñamos tanto con ella que su participación en el último episodio dividió opiniones: los que creen que estuvo bien tal carnicería y lo argumentan desde los daños que ella ha recibido durante el transcurso de la serie, así como quiénes ven en ella síntomas clarísimos de enfermedad por el poder y la etiquetan bajo el mote de psicópata, cercana al umbral de la locura. ¿Se puede cambiar al mundo sin tomar el poder?

La escritura siempre me ha parecido un canal de enunciación demasiado poderoso, ya que entre líneas se puede entrever las posiciones éticas e ideológicas de quién escribe, más allá de analizar el discurso como tal, el silencio toma un papel fundamental: se expresa más al no nombrar, nos dicen más las cosas que se omiten. Este fenómeno de justificar y argumentar nuestro apoyo a ciertos amigos o figuras públicas que nos simpatizan, nos lleva a caer en contradicciones y en casos extremos, justificar la violencia y la opresión en todas sus facetas. No solo con líderes políticos o actores económicos, sino en nuestra vida cotidiana se refleja justo cuando un conflicto entre dos o más personas cercanas  florece en medio del jardín de la convivencia. Basta ver cómo medimos con diferentes varas, vemos a través de diferentes lentes las mismas acciones o actitudes de las personas: en los casos que nos orillan a “tomar partido”, siempre será cuestionado y satanizado el actuar de aquella persona por cual no nos inclinamos.

Me parece interesante ver cómo los comentarios de esta serie de ficción echan luz sobre los parámetros morales bajo los que prejuzgamos a nuestros conocidos en la vida real. Escudados en una objetividad falaz, fingimos deconstruir las situaciones en su totalidad, para ver quién hizo bien o quién hizo mal. Siempre forzamos la dicotomía del bueno y el villano, la versatilidad humana de orbitar entre ambas esferas del bien y el mal no parece tener cabida aquí, siempre un extremo del contraste se convierte en un virtuoso imperativo categórico kantiano y el Otro es una máquina de errores que no benefician a nadie. Basta pensar en los conflictos más recientes que hayamos tenido entre amigos en los que, inconscientemente, tomamos partido y alejamos, excluimos e incluso juzgamos a aquél a quién elegimos como el Ser Malvado, aunque no exista evidencia alguna de que haya actuado una sola vez como tal. Y en la mayoría de las veces la decisión no es fácil, pero una vez tomada, defendemos a nuestra amistad a capa y espada, aunque eso involucre herir –desde lejos con una lanza como Gusano Gris- a quien está desarmado o no muestre interés de entrar en conflicto ya que se sabe vencido de antemano y se muestra como vulnerable, como soldados Lannister que tiran sus armas al suelo.

Quizá estos conflictos nos sirven de pretexto para atacar desde la oscuridad y susurrar a espaldas –cual Varys- de quién nos considera aún sujetos dignos de amor y confianza. Pero el interés personal mueve montañas, y exige sacrificios emocionales y éticos con tal de llegar a esa meta lo más rápido y fácil posible. Y si a eso lo aderezamos con un ligero toque de envidia añejada con los años hasta llegar al punto de la mala leche, nuestros comentarios adquieren un hedor despreciable de oportunismo y lamebotismo.

Dije que comprendo pero no comparto las acciones tomadas con Daenerys, ya que bajo ningún motivo está justificada la extrema crueldad contra cualquier representación del género humano. ¿Quién merece más la muerte por encima de otros? Discursos de odio inundan las redes sociales, se disparan siempre hacia esos grandes Otros: aquél que me violentó o hizo daño –directa o indirectamente-, aquél que es diametralmente opuesto a mí, al que llamamos el Privilegiado, el Victimario, el Opresor, el Rey de la Noche, Cersei, el Extranjero, el que piensa diferente a mí y representa una amenaza para mis propios intereses. Ese Otro que no tiene ningún perdón, ese al que la justicia poética debería poner a arder bajo el fuego de Drogon. Todo el sistema de reinserción social resultaría innecesario ante el juego de quién vive o quién no, el pulgar del César levantándose en forma de like, similar al a quién le sigo refrendando mi amistad y a quién le quito el privilegio, para formarme en la filas del bando enemigo y atacar.

Esta polarización resulta tan actual en la era de las redes sociales, y se alimenta a cada instante con la falta de empatía y con el tufo horrible de lo políticamente correcto y de la superioridad moral que atañe nuestras épocas. Nos la pasamos cargando banderas, cual estandartes de casas y linajes de  Westeros -solamente para lidiar con nuestra sed de protagonismo y afán de pertenencia a un grupo- sin un interés honesto por representar a los sin voz, ni tener una visión histórica y reflexiva de la causa a defender, haciendo y rompiendo alianzas con quién tenga un mejor ejercito u oro que ofrecernos. Mudamos de círculos sociales a cada tanto, cual Broon buscando la promesa de un mejor motín. Es por eso que no puedo estar de acuerdo con la madre de los dragones, no se puede defender lo indefendible. A pesar de mi odio conocido hacia los Lannister, ningún rostro angelical debe de ser exaltado al borde la de idealización: todos fallamos y no aceptar nuestros errores nos llevará a la ruina ética, nuestras acciones están hechas y tarde que temprano estarán expuestas como la ceniza y los cadáveres de la Última batalla bajo los ojos de todos que nos contemplaran en ruinas. Y culpar al Otro de nuestros tóxicos arrebatos emocionales ya no será vidriagón para alejar a nuestros demonios, y proclamarnos efímeramente como héroes frente a un cúmulo de amigos que solo está por miedo o la promesa de un mejor estatus social, económico o profesional. ¿Quién es el Otro en Games of Thrones? Definir con certeza quién representa la alteridad que vienen desajustar el presunto orden natural de las cosas me resulta imposible, tanto en la serie como en el muro de mi Facebook. ¿Quizá nosotros somos el Otro o Daenerys lo es?

Si ella hubiera sido totalmente visceral como algunos argumentan, se hubiera entregado al amor real -¿o es más vital la necesidad de expresar ira que amor?- junto con Jon Snow y juntos hubieran gobernado con justicia, rompiendo jerarquías para establecer un gobierno horizontal, al lado de sus consejeros leales y juntos –quizá- hubieran traído la paz, el final que todos queríamos: esa felicidad y orden posible de las relaciones humanas que nos pueden ofrecer las obras de ficción. ¿O está ligada al determinismo caótico de su clan? A repetir como loop inacabable el devenir que corren por su sangre Targaryen. Moneda al aire que ya tocó fondo, ¿cierto o no, te lo dijo Varys, mister Snow?

Pero justo por eso me gusta Game Of Thrones, por ser tan hiperrealista y mostrarnos las situaciones límite de los humanos en las que no siempre se toma la mejor decisión. Basta con quitar los ojos del celular un minuto y recordar todas esas amistades que hemos o nos han perdido por interés, envidia o total apatía. ¿Somos el fuego del dragón cayendo sobre la ciudad o los habitantes del pueblo que corren despavoridos solo para prolongar su muerte? Las respuestas serán resueltas con otras preguntas, ¿Qué es lo que en verdad deseamos, qué nos mueve a cometer errores?

Al final, con estas decisiones, como en el penúltimo capítulo de la octava temporada, diría un amigo “perdimos todos”.

¿O no?