Prefiero a la Generación Perdida

La Ciudad de México es una capital Beat. Aquí vivieron una época dorada y formativa Burroughs y Kerouac, por mencionar a dos de los más famosos escritores de ese movimiento existencial y literario estadounidense de la posguerra.

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El lunes es un día insufrible. Nos restriega la rutina laboral, el desempleo o la desgastante lucha de estar entre uno y otro. Exhibe la cruda de una ciudad cuyos habitantes durante el fin de semana sobre todo, parecen jugar a la ruleta rusa mientras se revientan.

La Ciudad de México es una capital Beat. Aquí vivieron una época dorada y formativa Burroughs y Kerouac, por mencionar a dos de los más famosos escritores de ese movimiento existencial y literario estadounidense de la posguerra.

Un lunes reciente por la tarde salí animado de mi domicilio en Bucareli luego de haber revisado mis apuntes y bibliografía sobre los Beat. Me habían invitado a dar una charla en un Festival de Letras en una librería de la colonia Condesa. Al pararme en la esquina para cruzar la calle hacia el poniente, me topé con uno de los vagabundos mas antiguos de la zona. Un sujeto barbón, desgreñado y canoso, de mirada fiera en el ojo derecho pues el otro tiene catarata senil. Usa pantalones arremangados y botas de obrero. Su ojo, blanco, ido, desorbitado con un pequeño punto oscuro, parece advertirle a los peatones que está en desacuerdo con el temperamento huraño y explosivo del vagabundo que a veces, debido a la abstinencia forzada de mota, suelta imprecaciones e insultos a diestra y siniestra. Eso es beat, si pienso en tantos miembros de esa generación con estilo de vida tan desbocado y al garete como la de mi vecino callejero que pasó de largo muy tranquilo esa calurosa tarde.

Caminé por las colonias Juárez, Roma y Condesa. Las calles donde solían deambular Burroughs, Kerouac y algunos otros beats durante sus largas estancias, sobre todo en la capital que en aquél entonces era un París de noche pero las veinticuatro horas y más barata. Drogas, cantinas, bajos fondos, sexo desbocado, tribunales, cárceles y la escritura de algunas obras literarias estridentes y provocadoras que han sobrepasado la prueba del tiempo. Pensé en ambos escritores, hipsters en su sentido originario y transgresor, y el significado actual de ése término desvirtuado de su origen. Burroughs libró una larga condena en Lecumberri por el homicidio de su esposa a sangre fría pagando diez mil dólares por los servicios del siniestro abogado Bernabé Jurado, a quien el hermano de aquél vino a entregarle el dinero personalmente no sin antes advertirle que no quería volver a saber nada de William, que huyó del país y no regresó jamás. Kerouac simplemente se divirtió invocando a una religiosidad culposa y como su gran amigo y gurú, se encontró a sí mismo como escritor. Los beat deben mucho a México y a esta ciudad maldita y maldecida.

Iba atento a las voces, sonidos y atmósferas. He olvidado decir que llevaba unos cuantos pesos en el bolsillo. Eso es beat. Pero siempre he preferido a la Generación Perdida, a Scott Fitzgerald y a Ring Lardner en particular. Grandes amigos y bebedores adinerados.

Una vez en la librería descubrí que el pequeño auditorio ubicado entre los libreros, estaba lleno. Subí de buen humor al estrado con asientos y comencé mi participación. No habían pasado ni cinco minutos cuando ya dos personas entre el público levantaron la mano para participar. Una de ellas pretendió interrumpirme de manera soez por lo que tuve que pedirle con firmeza que esperara  al final, una vez que llegara el turno de los comentarios y preguntas de los asistentes. Pensando en los beat, recordé que en sus lecturas públicas Amiri Baraka solía provocar a los oyentes con su poesía agresiva, rítmica y militante. Yo no soy un Baraka pero no iba a cederle el micrófono a un paria con pinta de adicto al Ritalín y licenciatura trunca en literatura. Me recordó al indigente de mi barrio, sólo que éste vive al límite y sus invectivas y apariencia son más originales que la de esa horda de resentidos que frecuentan las tertulias literarias. Más que una pregunta, tengo un comentario, suelen decir antes de soltar su arsenal de burradas interminables.

Debo decir que no paso por un buen momento emocional y financiero. Y me siento en muy buena forma para echarlo todo a perder. Tampoco es que sea raro, pero soy demasiado sensible a las agresiones y me da por responderlas a riesgo de recibir una buena tunda.

Luego de oír al sabiondo, no me quedó claro si Kerouac era un aliado del Sistema porque el Congreso estadounidense había hecho una estampilla de correos con el rostro del escritor en el centenario de su natalicio, un genio mal traducido o un pobre diablo. Lo raro es que el sujeto me llamaba “maestro” cada vez que me señalaba con dedo flamígero. Cuando al fin se calmó abandonó el auditorio no sin antes clavarme una mirada desdeñosa.

De regreso a casa me reía de la situación y de pasada de esos escritores espumados y solemnes que no resisten un auditorio con francotiradores. Eso también es beat: reír de todo incluido de mí mismo, caminar de noche por las calles iluminadas con luz amarillenta entre bares y restaurantes pomposos buscando el más accesible a mi bolsillo. Y bueno no es que en la Condesa o la Roma haya mucho de donde elegir. Andar quebrado o con lo justo. Eso también es beat.

Llegué a un bar poco concurrido donde había jazz en vivo. Eso es beat. Tomé una mesa alejada del ruidoso escenario. Al terminar dos cervezas, pagué y me escabullí en la noche sin dejar propina. Ya en el metro Chilpancingo me invadió el cosquilleo de ese algo que va y viene entre la necesidad y el deseo de hacer mi noche mucho más larga, intensa y descabellada.

En cuanto cerró la puerta del vagón un ciego vestido como “darky” comenzó a cantar con un altavoz “Eres”, de Napoleón en versión rockera.

Llegue a casa dispuesto a renunciar al suave vaivén de la naciente ebriedad. Me recibieron mis dos perros. Con sus ladridos y efusividad me decían “aquí estamos, relájate”.

Abrí el refrigerador y encontré dos cervezas, destapé las dos al mismo tiempo. Hacía calor y esta vez no había nadie con quien compartir una de las botellas. Tomé ambas con avidez y me fui a dormir preguntándome dónde se habría metido esa noche el barbón tuerto que topé por la tarde. De algún modo compartíamos soledades enojosas.

De haber tenido ginebra, hubiera brindado por Fitzgerald y Lardner.

J.M. Servín

(Ciudad de México, 1962) es un escritor autodidacta, periodista y editor. Colabora en medios impresos de circulación nacional, como las revistas Replicante, Nexos Proceso, y coordina el proyecto de periodismo narrativo Producciones el Salario del Miedo. Algunos de sus libros han sido traducidos al francés, y textos suyos forman parte de antologías y compilaciones en México y el extranjero. Ha publicado los libros Cuartos para gente sola (1999, reeditado en 2004, 2010 y 2012), Periodismo charter (2002), Por amor al dólar (2006), Revólver de ojos amarillos (2006, reeditado en 2008), Al final del vacío (2007, reeditado en 2015), D. F. confidencial (2010, con cinco reediciones) y Del duro oficio de vivir, beber y escribir desde el caos (2012).