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Murmullos que matan

Luis Mendoza Ovando – La disrupción malentendida lleva a creer que sacar a una obra de los formatos consensuados es llevarla a una suerte de actualidad, pero no siempre es así.

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La disrupción malentendida puede llevar a creer que sacar a una obra de los formatos consensuados es llevarla a una suerte de actualidad, pero no siempre es así. A veces la obsesión por reinventar es sólo añadir adjetivos al arte y como bien lo dijo Rulfo: el adjetivo cuando no da vida, mata.

Por Luis Mendoza Ovando

cartel murmullos

“Murmullos” narra a través de la danza, canto y actuación la historia del pueblo de Comala que, sometido al poder del cacique Pedro Páramo, ha quedado reducido a cenizas. El hijo de Pedro Páramo, Juan Preciado, llega a ese pueblo, con el deseo de conocer a su padre, pero en realidad ya no queda nadie ahí, sólo lamentos y murmullos. ¡No te pierdas este espectáculo inspirado en la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo!

Esta es la información que da Difusión Cultural del Tec de Monterrey sobre el musical que presentaron el fin de semana pasado en el auditorio Luis Elizondo. Desgraciadamente lo único que ha quedado reducido a cenizas fue la obra de Juan Rulfo; pero eso sí: de que hubo “lamentos y murmullos” los hubo, por lo menos en mi cabeza que no podía concebir qué fue lo que vio.

Murmullos murió antes de siquiera nacer y no lo digo por necedad o proclividad alarmista, me explico: Rulfo logra en muy pocas páginas, haciendo gala de la mentada economía del lenguaje, difuminar el tiempo, el espacio, las líneas rectas, la vida, la muerte. No hay hilo conductor, sino puntos que encienden y apagan como velas en un cementerio. Las páginas nos desplazan entre pasado, presente y futuro. Quizás la única constante en todo el libro es la certeza de la muerte.

Y sin embargo, ninguna de estas características detuvo el atrevimiento de pensar que podría lograrse consumar un musical.

“Vivimos en una tierra en que todo se da gracias a la Providencia; pero todo se da con acidez. Estamos condenados a eso”. Para este momento me pregunto si el fragmento habla de Comala o de lo que tuvo lugar en el Auditorio Luis Elizondo el fin de semana pasado.

Cierto que existe el ritmo en Pedro Páramo, pero es el de las melodías que paren los silencios y las pausas. Es verdad que hay luz en Comala, pero es la que las luces tenues de estrellas, cirios y veladoras logran proyectar en la abrumadora oscuridad. Nada en Pedro Páramo brilla con luz propia. Nadie aparece en sus líneas por un impulso de vida.

El musical podrá estar basado en la novela, pero en su contenido es una representación de todo lo que la obra niega.

La historia se transmite confusa –como era de esperarse por la naturaleza del libro– y los sentimientos proyectados se encuentran a años luz de distancia de la base emocional de la obra. Vaya infamia la de hacer parecer que Susana San Juan sentía algo por Pedro Páramo. La tristeza y el vacío que hereda la obra de Rulfo sólo puede ser producto de la lenta descomposición que genera la culpa y el pecado a lo largo de una vida; asemejarlo al amor no correspondido es, en palabras llanas, una culerada.

No hay drama, no hay estallidos. Hay muerte y nada más. No supieron plasmar la economía del lenguaje y prefirieron llenar, atascar, saturar. No optaron por hacer lucir los silencios, sino que quisieron transmitir una épica del misticismo en la música. Desdeñaron la oscuridad y emplearon unos mapeos en el escenario que causaron en el espectador una sensación de que “algo se les olvidó poner”. No pudieron siquiera imitar las voces regionales, no hubo este acento lento, quedo y pausado de la provincia de Jalisco. Hubo grabaciones de fragmentos del libro leídos con exageración televisiva.

En síntesis: ojalá me hubieran matado a mí los murmullos y no al pobre de Juan Preciado (que dicho sea de paso murió presa de una animación que parecía más el torrente de un excusado que un portal al inframundo).

La dimensión religiosa de la obra pasa de largo (las cruces proyectadas lo acercan más a un concierto de Madonna que al misticismo de provincia) y nunca se logra trasladar a la audiencia al desasosiego en el que “se es creyente por superstición o por miedo”.

Pero ante todo, se debe destacar: el musical no tiene un problema de ejecución. La realidad es que las y los jóvenes estudiantes mostraron ser increíbles para la danza, el canto y la música. El problema es de dirección. La idea, insisto, nació muerta y la obsesión por darle vida no derivó en la gestación de un colectivo de ánimas sobre el escenario, sino en un conjunto de intenciones zombies; es decir, caminan, pero claramente se pudren a cada paso.

Quizás la única tristeza equiparable a la que ocasiona el libro, es la de pensar en el talento desperdiciado. Hay obras que no son interdisciplinarias, pero su esencia les limita y no por eso son menos gloriosas.

Y si es pretensión, porque el arte puede obligarlo, enfrentar esa esencia, entonces no puede hacerse por la vía más conservadora. Murmullos se quedó enmedio, no es lo suficientemente atrevida para ser memorable, ni lo suficientemente fiel a lo rulfiano para considerarse exitosa.

No obstante, parece que a quienes acudieron les gustó el musical. Ante la imposibilidad de comprobar si aplaudían entre acto y acto porque les encantó o porque imploraban que terminara, vale más darles el beneficio de la duda.

No es coincidencia que en la tierra donde no saben hablar quedito, hayan decidido que era buena idea hacer un musical de Pedro Páramo. La disrupción malentendida puede llevar a creer que sacar a una obra de los formatos consensuados es llevarla a una suerte de actualidad, pero no siempre es así. A veces la obsesión por reinventar es sólo añadir adjetivos al arte y como bien lo dijo Rulfo: el adjetivo cuando no da vida, mata.