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| Memorias, historias y crónicas

Crecer en el centro de Monterrey

Mi carrera como basquetbolista terminó el día que mis papás decidieron abrir una tienda de ropa en Reforma.

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Mi carrera como basquetbolista terminó el día que mis papás decidieron abrir una tienda de ropa en Reforma.

Era 1994. Tenía 3 meses entrenando. Por las tardes llegaba del entrenamiento a probarme el uniforme. En mi cabeza ideaba escenarios donde me convertía en Shaquille O’Neal, ganaba el partido y me volvía la más popular de tercero de primaria.

Podía saborear el triunfo.

Hasta que mis papás decidieron cambiar la tienda de ubicación.

Habían encontrado un lugar que prometía más que el viejo negocio ubicado sobre Colón, a unas calles de la Central de Autobuses. La mudanza sería justo el día de mi primer partido. A partir de ahí, y por un par de años, odié la tienda de Reforma.

(A partir de aquí pueden acompañar la lectura con El retorno de la chida, la canción de las calles donde crecí.)

La calle de Reforma en Monterrey es distinta a la de CDMX: para empezar, no hay edificios altos ni encontrarán extranjeros curiosos o maravillados ante monumentos históricos. En mi terruño, Reforma era un lugar a evitar por ciertos sectores de la población.

Inicia en Cintermex y termina en Venustiano Carranza. En ella hay moteles, hoteles, cantinas, restaurantes y, durante un par de años -de Juárez a Cuauhtémoc- existieron 4 calles llenas de puestos donde podías encontrar casi de todo.

Solía pasar las tardes en ese lugar. En sus inicios, la tienda me parecía enorme. Era una casona antigua engullida por los puesteros. Tenía una bodega donde mis papás ponían la mercancía que no se había vendido así como los maniquíes, los ganchos y las bolsas que se iban a utilizar. Había un patio interior al que pocas veces tuve acceso. Mi mamá me asustaba diciéndome que había fantasmas en el lugar y me daba pavor que me mandaran a la bodega. Me parecía que los maniquíes, o las estructuras metálicas que imitaban la silueta humana, tenían vida y hablaban. A veces, a falta de amigos y por el aburrimiento, llegué a jugar con ellas; ponerles nombres y crear historias. Eran como Barbies gigantes.

Durante 10 años dominé los puestos. Los fines de semana, mi mamá me compraba la mejor torta de jamón con aguacate que he probado en mi vida. La disfrutaba acompañada de un licuado de plátano con canela de la Hawaiana, un restaurante ubicado sobre Colegio Civil. En ocasiones especiales, mi papá nos llevaba pescado frito del Indio Azteca, su cantina favorita. No lo sabía en ese entonces, pero ese lugar es un punto de referencia en mi ciudad.

Mi gusto por la lectura y los videojuegos se incrementó en las calles de Reforma. Frente a la tienda de mis papás, había dos enormes puestos de libros usados. Ahí, el señor que lo atendía me prestaba revistas viejas de TVyNovelas donde me enteraba de los chismes de su época (¿sabían que Bibi Gaytán fue un fenómeno sexy de los 90s? ¿o que en alguna época se rumoreó que Sasha Sokol y Ricky Martin eran novios?) y leía libros de Selecciones y Harlequín. Eso fue lo más cercano que estuve de ir a una biblioteca: el señor de los puestos me permitía comprar un libro y cambiarlo cada que terminaba de leerlo.

También, mi hermano menor y yo nos hicimos amigos de Tano, el de los videojuegos. En un inicio, su puesto se encontraba justo al lado de la entrada a la tienda de mis papás. Rodrigo y yo nos acercábamos curiosos a observar los videojuegos que tenía hasta que un día Tano preguntó si deseábamos jugar. Obviamente dijimos sí.

Entonces, si no estaba leyendo los chismes de los 80 o los romances de mujeres “comunes” con condes ingleses, me encontraba jugando Mortal Kombat o Donkey Kong (en lugar de hacer la tarea).

Poco a poco fui creciendo y Reforma fue cambiando. Mis papás tuvieron éxito y rentaron un local justo enfrente de la tienda original; después, debido a crisis económicas y familiares, tuvieron que cerrarlo y arrendar partes de la casona original.

Lo que antes me parecía un mundo mágico fue convirtiéndose en algo decadente. Durante muchos años se anunció el cierre de los puesteros. Hubo redadas que lo único que provocaron fue incrementar la unión entre los vendedores. Aquellos que tenían tiendas formales guardaban la mercancía de los que no ya que los policías no podían entrar sin órdenes a sus negocios.

Con la llegada del narcotráfico todo cambió. Los puestos de revistas cambiaron a películas piratas. Las películas piratas se transformaron en películas porno piratas. Y las calles empezaron a vaciarse.

Mis papás, más viejos, decidieron vender todo antes que pagar uso de suelo a los narcos. Un año después, en 2011, los puesteros cerraron.

En diciembre del año pasado regresé a Reforma. Acompañé a mi papá con un viejo socio. Pasamos en automóvil por las calles que alguna vez caminé con rapidez.

Los recuerdos me llegaron de golpe: las tardes de mi infancia entre maniquíes empolvados; mis veranos adolescentes trabajando en el local por una paga semanal que gastaba en barajitas de Sailor Moon y Dragon Ball; llamar a las estaciones de radio para pedir una canción y, sobre todo, cómo jamás volví a tocar una pelota de básquetbol.