Asesinato y progreso

Asesinato en el expreso de Oriente cuenta con una buena sumatoria de atractivos, que la han convertido en algo así como una poderosa golosina para los cinéfilos que contamos con cierto colmillo.

Por: Gabriel Contreras

Atraer público, ese es uno de los puntos fundamentales en el cine contemporáneo. Público masivo, o selecto, o televisivo, o festivalero, al final eso no importa tanto, mientras haya público. En fin, hay que dar con ese público que esté dispuesto a desembolsar para subsidiar de alguna manera la producción, y que genere –es lo ideal- ganancias, entre más ganancias mejor. En efecto, hay muchos modos de echarse ese público al bolsillo. Por ejemplo, acaparando salas, o comprando portadas, comentaristas, críticos, o promoviendo la película para tal o cual premio, o generando comentarios de líderes de opinión. Otra manera es… cacaraqueando el nombre del director, o bien refiriendo algún lío o romance o fantasma durante el rodaje. Un modo más es: contando con un reparto estelar, irresistible. Éste último ha sido el caso de “Asesinato en el expreso de Oriente”, la más reciente película dirigida por el británico Kenneth Branagh.

Asesinato en el expreso de Oriente cuenta con una buena sumatoria de atractivos, que la han convertido en algo así como una poderosa golosina para los cinéfilos que contamos con cierto colmillo.

¿Cómo negarse a ver una película producida por Ridley Scott y dirigida por Kenneth Branagh? ¿Cómo dejarla pasar, si cuenta también con un guión basado en una obra de Agatha Christie, un protagónico a cargo del mismo Brannagh, y un elenco en el que nos hallamos los nombres de Michelle Pfeiffer, Willem Dafoe, Johnny Depp y Penélope Cruz?

Ya la sola mención de Agatha Christie es una tentación para los amantes de la novela policiaca, que por cierto hoy son muchos millones a nivel mundial. Luego, la participación de Ridley Scott en el equipo de producción es un elemento que nadie en su sano juicio vería como un dato prescindible.

Y como tercer factor a considerar, ahí está la experiencia de dirección e interpretación que distingue a Brannagh si recordamos sus participaciones en Enrique V, Hamlet o, muy recientemente, Dunkerke.

Pues bien: todo eso, esta vez, no ha sido suficiente. Esta película nos ofrece una dirección artística minuciosa, un guión inquietante y plagado de suspenso, un conjunto actoral bueno, muy bueno, pero con todo y eso no nos ofrece una “escena inolvidable”, una “escena única”, capaz de hacernos olvidar la tradición y ver a esta película como algo realmente sorprendente. O sea, la película cumple, y cumple bien. Pero no es una película atesorable, que pueda aspirar al nivel de un clásico o una “gran película”. Es, eso sí, entretenida, divertida, buena como pasatiempo. Pero no es, como muchos lo esperábamos, una obra de arte.

Contra el progreso

Contra el progreso es una obra magistral, del escritor catalán Esteve Soler, que es por cierto uno de los dramaturgos que llaman más poderosamente la atención del público europeo en estos años.

Contra el progreso acaba de ser estrenada en nuestra ciudad, en un montaje producido por Kagua Treviño Barahona y dirigido por Carlos Piñón.

El montaje referido es una prueba clara de que el teatro inteligente, creativo y rompedor, es posible en Monterrey, una ciudad en la que el gran público está más que acostumbrado a las historias de chismosas, suegras y verduleras, interpretadas por… auténticas verduleras chismosas. El gran público regio, vaya, está más que feliz de ver –años y años- un teatro sin ideas, un teatro en el que lo básico es la familiaridad y la rutina, o sea basura escénica: teatrobasura.

Afortunadamente, Contra el progreso es un trabajo radicalmente alejado de todos esos estereotipos, y nos ofrece una visión en la que la diversión es una consecuencia lateral, no un propósito, y mucho menos un ideal.

Contra el progreso pone en juego una apuesta por el esfuerzo actoral, el manejo creativo del espacio tanto a nivel escenográfico como de iluminación, la provocación a través de un cruce entre teatro y performance, y la búsqueda de un teatro sin concesiones, un teatro que no es servil ni se pierde en las garras de su propia vulgaridad.

Es muy probable que Contra el progreso no llegue a transformarse en un gran negocio para los comerciantes escénicos de la avenida Pino Suárez, pero lo cierto es que marca una pauta interesante en lo que toca a la generación de un teatro pensante, provocativo y, al mismo tiempo, brutal y cínico.

Si usted desea ver un teatro pensante, no se pierda la oportunidad de ver Contra el progreso, en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad. Si usted es un fan escénico de la señora chismosa de siempre, pues felicidades, porque todavía hay chismosa para rato.