Gorilas en la niebla

Auster, Café, Tony

Paul Auster estuvo en la FIL de Guadalajara. En la de Monterrey la gente pudo aplaudirle a Toño Esquinca. Bien, bravo. Cada quien tiene lo que puede.

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Por: Gabriel Contreras

Auster

Paul Auster estuvo en la FIL de Guadalajara. En la de Monterrey la gente pudo aplaudirle a Toño Esquinca. Bien, bravo. Cada quien tiene lo que puede. A nadie le gusta ser pobre, pero la pobreza existe. En este caso hablaríamos solo de pobreza mental porque en Monterrey lana hay y de sobra. En fin.

El 24 de diciembre de 1990, Wayne Wang no recibió el New York Times en su casa. La suscripción falló, ignoro las razones y además no me importa, la cosa es que eso lo hizo salir a buscarlo al puesto más cercano. No es que fuera corriendo, pero sí llevaba cierta prisa. El director leyó poco ese día, no había novedades realmente interesantes. Excepto, quizás, una. Ese día, el periódico publicó un cuento de Paul Auster. Wang estuvo a punto de no conocerlo jamás porque el que se llevó a casa fue el último ejemplar disponible en aquel puesto atendido por un hombre de grandes anteojos y de apellido Ramírez. Deseo imaginar que Wang se preparó un té muy cargado, se sirvió un par de galletas secas, y se sentó en ese sillón rojo y desvencijado que ha venido sirviéndole como trono de lectura desde hace no sé cuántos años. Aquella historia, la verdad, lo cimbró cabrón. Tanto, que él pensó “puta madre qué historia hija de perra” (en japonés). Después de leerlo dos o tres veces (no sé, yo no estuve ahí; hay muchas cosas que estoy inventando, todos los periodistas van inventando cosas y les gusta que pasen por verdades), se juró a sí mismo que haría una película a partir de ese cuento.

Aquel texto se llama “El cuento de navidad de Auggie Wren”. Era el primer cuento que escribía Paul Auster, ya que lo suyo es la novela, de veras. Así fue como se originó la película Smoke, que muchos de ustedes ya habrán visto, protagonizada por Harvey Keitel, William Hurt y Forest Whitaker.   

Han pasado muchos años desde aquella navidad, y hoy tengo en mi mesa ese mentado guion, que forma parte de un libro hermoso; se llama simplemente Guiones y contiene tres piezas de Paul Auster: “Smoke”, “Blue in the face” y “Lulu on the bridge”.

¿Saben? Es un libro irregular, imperfecto, pero muy disfrutable. Y otra cosa, no se trata sólo de guiones, sino que el libro incorpora un par de entrevistas y apuntes, que nos hacen ver con cierta claridad cómo funciona la cabeza fílmica de Paul Auster, y eso no es cualquier cosa.

Pero, bueno, hay algo más. Hasta hoy, Paul Auster participó en cuatro películas: La música del azar, y las que componen este libro que estoy comentando. Yo, la verdad, leo este libro con delicia y con calma. Lo he leído muchas veces, pero nunca está mal leerlo una vez más. Pero, ok, hay otra historia, algo que me gustaría compartirles.

Hace unas semanas, leí una nota sobre Almodóvar relacionada con la escritura fílmica, tema que a mí, neta, me interesa chorros. Total que en esa nota Almodóvar habla sobre la migraña. Cuenta que, en 2006 o algo así, él y Paul Auster recibieron el Premio Príncipe de Asturias, y que por esa razón pudieron conversar y felicitarse mutuamente. Entonces Almodóvar aprovechó para plantearle un proyecto a Paul Auster. Su idea, vaya, era que escribieran juntos una historia, que el mismo Almodóvar dirigiría. Hicieron cita y separaron unos días de agenda para verse en Nueva York. Pero llegaron las migrañas, que le pegan tan duro a Almodóvar que lo hacen quedarse encerrado y a oscuras. Cuando le llega la migraña, se zafa de todo y tiene que esconderse.

Total que a causa de sus dolores de cabeza tuvo que encerrarse a ciegas y no hubo nada con Paul Auster. Pero, pasado un tiempo, esa sensación de impotencia y ceguera lo llevó a escribir, solo, otra película, en la que aparece, por cierto, un escritor ficticio. Esa película es Los abrazos rotos.

A mí, la verdad, me hubiera gustado que Auster y Almodóvar hubieran escrito algo juntos, pero no se dio. Ni modo. A otra cosa.

Café

El 1 de diciembre tuvo una noche interesante en Monterrey, porque la creatividad de Café Tacuba es, ciertamente, retadora. Su fuerza como creadores de un estilo, su manejo de ritmos impredecibles y fusiones extrañas, nos deja pensativos, y su búsqueda de nuestras raíces vale la pena de ser escuchada. El Pabellón M, como teatro, es todo un portento técnico, pero es algo ajeno a la posibilidad del slam, el sudor, el jolgorio y el desmadre, elementos típicos de agrupaciones viejas pero fregonas, como es el caso de Café Tacuba. No hay queja. El concierto estuvo muy bien, se vio con todo y se oyó de poca. Pero le sobró elegancia al local; le faltó algo de mal olor, en fin, que la vida es así.

Marte

Camino a Marte es una película de Humberto Hinojosa. Una road movie entremezclada con ciencia ficción. Está basada en el trabajo actoral, y extrañamente la actuación más débil es la del protagonista: Luis Gerardo Méndez. Sin embargo, el trabajo de locaciones, diseño de arte, musicalización, y especialmente el trabajo de cinefotografía es, sencillamente, excelente.  Es una comedia romántica con marciano, ingeniosa, visualmente muy buena.

Tony

El jueves pasado fui a buscar unos libros, un par de libros valiosos que ya no están en las mesas de novedades y no se clasifican como best seller. Total, caminé a las dos de la tarde por la calle Guerrero. De pronto, me pareció extraño ver a un niño de tres años parado, solo, en medio de la calle. Volteé hacia atrás y pensé, obviamente, en la posibilidad de que fuera atropellado. Tomé al niño de la mano y le pregunté por su mamá, su papá, alguien. El niño estaba solo, su mamá se veía, como una silueta alejándose, a cierta distancia, abrazada de un hombre con chamarra de mezclilla. El niño apuntaba con el dedo hacia la mamá, y decía “mamá, mamá”. Ella jamás volteó a verlo, jamás se detuvo, abordó un taxi a toda prisa y el taxi dio al vuelta en Juan Ignacio Ramón. Ahí estaba el niño, solo, abandonado, y yo sin saber cómo reaccionar. Pregunté en los alrededores si alguien conocía al niño, o a la mamá. Y nada, nadie. Caminé con el niño de la mano hasta dar vuelta a la manzana. Nada. Finalmente lo cargué y le compré un dulcillo en el Oxxo; aproveché para preguntar si alguien sabía quién era o si conocían a algún familiar.

Cuarenta minutos más tarde, hice lo único que me pareció lógico en ese momento. Busqué a un policía y le conté lo que estaba ocurriendo. Desde su motocicleta, el agente se comunicó a “Violencia familiar” y turnó al niño, que decía la palabra “Tony”, al Centro Capullos. Yo no pude hacer más. Le di mis datos al policía, le dije que podía preguntarme cualquier cosa, y le conté que el niño andaba solo como un  perro en la calle mientras su mamá se colgaba de no sé quién. El agente solo me miró y dijo: “está gente está bien cabrona”.