Bailar

Acto de mover el esqueleto, los músculos y la carnita en relación con la música que suena en el ambiente y los movimientos de otras personas; y si bien muchas veces el resultado es menos afortunado de lo que uno quisiera, siempre hay que bailar como si no importara quien nos viera.

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En esta columna se habla sobre lo que ocurre alrededor de la experiencia musical. Este diccionario es un juego, un ejercicio lúdico y empático. Cada entrega reflexiona sobre lo que nos une como público, pues antes que melómanos, músicos, periodistas o profesionales de la industria, somos escuchas.

Escucha recomendada: María Daniela y su Sonido Lasser- “Baila duro”.

Algunos lo hacen como profesión, otros como pasatiempo. Hay quienes lo hacen por necesidad o como terapia, para ligar, o simplemente para demostrar que pueden. Sin embargo, la mayoría de nosotros, simples mortales con dos pies izquierdos, lo hacemos por el gusto de pasar un buen rato con otras personas. No hay “buenas” o “malas” formas de bailar, pues así como con la escucha musical, siempre depende de la pertinencia y del contexto. Claro, si se trata de un concurso de baile se valorará de una manera, pero si se está en una fiesta y se juzga a alguien por cómo baila, se atenta contra la esencia misma del hecho: querer pasársela bien.

Las primeras experiencias que tenemos con respecto al baile se gestan en entornos familiares. Con el tiempo estas prácticas devienen en bailes identitarios y definen mucho de nuestro ser social. Bailar se relaciona con diversas músicas y, dependiendo de nuestro contexto de origen, introyectamos y realizamos algunos pasos de manera casi “natural”. Lo anterior se hace evidente sobre todo cuando pensamos que “no bailamos bien” ciertas músicas que a muchos a nuestro alrededor se les facilitan, solo para descubrir que, cuando viajamos a otro lugar, solemos bailarlas “mejor” que personas oriundas de otras regiones (salvo cubanos y brasileños, ellos bailan demasiado bien todo (╯°□°)╯︵┻━┻). Pero también ocurre a la inversa, cuando buscamos incursionar en bailes “ajenos” a nuestro contexto y simplemente no lo logramos.

Hay bailes comunitarios que no están ligados a contextos regionales, pero sí a otras variables históricas, generacionales, sociodemográficas y estéticas. Son bailes relacionados con lo que Georgina Born define como “comunidades musicalmente imaginadas” (Born, 1993, p. 281), o también conocidas como “escenas” musicales, aunque no me enloquezca dicha aplicación del término (ver Woodside, 2016). Ya sea que hablemos de foxtrot, de twist, de slam, de breakdance, de tecktonik o de perreo, así como de los pasos de baile aludidos en el videojuego Fortnitelos cuales han detonado controversias con respecto a derechos de autor y de apropiación cultural-, se trata de bailes que suelen consolidarse como parte identitaria de diversas generaciones o estilos musicales.

Podemos hablar también de los bailes “prohibidos”, aquellos que “atentan contra la moral”. Resulta divertido pensar que el vals fue catalogado de esa manera en algún momento, así como diversas formas de bailar jazz y rock & roll. Generalmente estos bailes tienden a apelar a la exploración o a la liberación del cuerpo. Mientras tanto, su crítica y censura deja entrever una represión delo humano, de lo visceral, ya sea por autocensura moralina o como una forma de discriminar a sectores de la población que ponen en práctica sus ritmos.

Hay además los bailes de salón, generalmente en pareja. Y no se puede obviar todos los bailes coreografiados y que demandan MUCHA atención por parte de los participantes, sobre todo si se quiere evitar accidentes como tirar bebidas, un pastel, o familiares que se crucen con nuestros pasos de baile. Esto ocurre con canciones casi “ritualísticas” como “La Macarena” de Los del Río, “Saturday Night” de Whigfield, y la infame “Payaso de rodeo” de Caballo Dorado, el equivalente al skanking o al slam pero para bodas, bautizos y primeras comuniones.

Hablando de poner atención, por otra parte hay bailes hipnóticos, tanto populares como ceremoniales, que invitan a la catarsis y a la introspección; a vivir estados que reconfiguran el tiempo y el espacio a nuestro alrededor. Estos bailes pueden ser individuales, como ocurre en un rave, donde, muchas veces apoyados en la euforia o en ciertas sustancias, se puede bailar durante horas como entretenimiento. Pero también pueden ser colectivos, tal es el caso de diversas ceremonias donde el baile es coordinado por todos los participantes, y como ejemplo están el zirk (óDhikr) sufí y la danza kechak de Bali.

Bailar siempre implicará entrar en contacto con y reconocer el propio cuerpo, así como su relación con el mundo. Consiste en desarrollar una propiocepción casi terapéutica, e incluso implica múltiples beneficios para la salud (ver Alpert, 2011). Y si bien no sobra la persona fastidiosa que en una fiesta no puede socializar si no es bailando, en el fondo todo gira en torno a tensiones donde el baile se vuelve limitante o facilitador de la socialización, ya dependerá de cada quién si se lo toma de manera solemne o como mero entretenimiento.

Y la actividad ociosa del día es…

Como dice una imagen que circula en la red, “algún día te arrepentirás de todas las cumbias que no bailaste por andar de rockerillo”. Y sí, porque uno descubre que bailar es también activar identidades y formar parte de comunidades (además de ser una excelente estrategia de “ligue”). Actitudes de soberbia o de inseguridad suelen entorpecer la experiencia de baile, cuando en realidad lo relevante radica en la interacción humana, no en la técnica o en la destreza. Por eso ¡bailen! Bailen sin parar. “Bailen duro” como dice María Daniela y su Sonido Lasser. Hagan sonar el esqueleto como describen las Víctimas del Dr. Cerebro. Pasen todo el día bailando al igual que Alaska y los Pegamoides. Y bailen sin César como dicta 31 minutos (pero al final sí déjenlo bailar). Sea como sea bailen, y si en alguna ocasión la persona que les atrae goza de hacer lo mismo déjense llevar. Y recuerden: “si lo mueve como lo bate, ¡qué rico chocolate!” Ahora sí que “a mover el bote”, como invita el buen Carlos Icaza “Tropicaza” durante sus sets.


Referencias:

Alpert, P. T. (2011). The Health Benefits of Dance. Home Health Care Management & Practice, 23(2), 155-157.
Born, G. (1993). Afterword: Music Policy, Aesthetic and Social Difference. En Tony Bennett, Simon Frith, Lawrence Grossberg, John Shepherd, & Graeme Turner (Eds.), Rock and Popular Music. Politics, Policies, Institutions (pp. 265-290). London: Routledge.
Woodside, J. (2016, enero 5). Apuntes sobre la industria musical en México. Yaconic. Recuperado de este enlace.