Compartir (y su consecuencia, recordar)

Cualidad de la música que le permite ser de las más viscerales e íntimas expresiones artísticas, después de la palabra, convirtiéndola en uno de los principales medios de comunicación y de evocación humana.

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En esta columna se habla sobre lo que ocurre alrededor de la experiencia musical. Este diccionario es un juego, un ejercicio lúdico y empático. Cada entrega reflexiona sobre lo que nos une como público, pues antes que melómanos, músicos, periodistas o profesionales de la industria, somos escuchas.

Escucha recomendada: Zoé, “Vía láctea”

Aprovechando las festividades vale la pena destacar una de las funciones más importantes de la música: su capacidad para enmarcar y evocar experiencias compartidas. Generalmente comienza en la infancia cuando un familiar o amigo nos comparte el gusto por una canción o artista. Este hecho, en apariencia insignificante, representa la primera de muchas veces en las que utilizaremos lo musical como recurso para detonar nuevas formas de socialización.

A medida que crecemos consolidamos un gusto propio a partir de la interacción con familiares, amistades, parejas, desconocidos e incluso con los contenidos de diversos medios de comunicación y con los algoritmos de algunas herramientas digitales. Si bien durante la infancia vivimos experiencias que generan improntas que repercuten en la manera en la que valoramos culturalmente algo (Rapaille, 2007, pp. 13-29), es en la adolescencia cuando desarrollamos nuestra personalidad (Jarrett, 2018), y a la par configuramos nuestro gusto y la necesidad de buscar nueva música y vivencias para enriquecerlo. Se ha identificado que actualmente este proceso llega a su clímax alrededor de los 24 años, y al superar los 30 se tiende a activarlo que se ha descrito como una “parálisis musical”: cuando por diversos factores perdemos el interés y la motivación por descubrir nueva música (Holbrook, 2018).

Sin importar nuestra edad o gustos, la música siempre enmarca infinidad de momentos compartidos, además de activar su rememoración. Es muy probable que haya alguna canción o artista que nos remita a nuestro primer noviazgo (¡te maldigo Fey!), así como a nuestro primer beso o a nuestra primera ruptura. La música tiende a estar presente en las primeras experiencias de socialización: fiestas y salidas con amigos. Y con los años esto aumentará exponencialmente a medida que conozcamos a nuevas personas y nos enfrentemos a nuevas situaciones sociales, dándolo prácticamente por sentado.

Las experiencias musicales compartidas refuerzan lazos con nuestros seres queridos. Recuerdo las horas que durante mi infancia estuve de colado con mi hermano mayor y sus amigos mientras descubrían las bandas que marcaron su adolescencia: Megadeth, Metallica, Anthrax, Slayer o Sepultura. De igual manera, tengo presente cuando en mi propia infancia y adolescencia hice lo mismo con amigos al escuchar varios grupos como Caifanes, Fobia, Maldita Vecindad, Mr. Bungle, Primus, Korn o Deftones. Y recuerdo cuando pude compartir retroactivamente la experiencia musical de la juventud de mi madre al acompañarla a un concierto de Paul Anka, o las veces que llegamos a bailar rock & roll en alguna celebración. Si queremos recordar momentos importantes de nuestra vida lo más seguro es que incluyan referentes musicales.

Pero no sólo compartimos la música como una auralidad que enmarca experiencias, sino también a partir de las múltiples formas en las que se puede materializar. Recuerdo las cartas que escribía en la infancia y adolescencia en las que citaba letras de canciones, así como las compilaciones que hice para regalar a varias personas en cassette y disco compacto. Y si bien un disco puede ser considerado una postal sonora de un momento en específico de un artista, tal como plantea Gerry Rosado, productor musical y buen amigo, también los discos, boletos de conciertos y demás objetos relacionados con la experiencia musical se configuran como postales de diversos momentos a lo largo de nuestra vida.

Hablando de compartir, el disco más valioso que tengo en mi colección es uno que me regalaron varios amigos en la preparatoria. Meses atrás habían entrado a robar a mi casa y perdí toda mi colección musical, tanto física como digital. Entre lo robado estaba el disco Patchanka de Mano Negra, el cual había sido un regalo de cumpleaños por parte de varios amigos, dedicatorias incluidas. Al enterarse de esto, se organizaron para hacerme copias de algunos de los discos que sabían que yo tenía, y para el siguiente cumpleaños me regalaron nuevamente el Patchanka en original, pero ahora con más dedicatorias, pues se habían sumado nuevas personas al círculo social. En ese momento entendí que lo material se vuelve irrelevante si no está acompañado de una experiencia: los discos que recuperé y que copié con mayor facilidad fueron aquellos cuyo gusto sabía que compartía con alguien, no así con los discos con los que buscaba diferenciarme y construirme como individuo.

Como plantea Simon Frith, la música cumple varias funciones sociales: nos permite crear identidades, administrar sentimientos y organizar temporalidades, las cuales dependen a su vez de la experiencia de la música como algo que puede ser poseído (Frith, 2007). Por eso podemos hablar de “nuestra canción” con alguien más, así como de lo fácil que es vincular músicas y canciones con viajes, relaciones, geografías y sentimientos, pues la música nos permite compartir gustos al formar parte de una generación o de una cultura (ver “Viajar” y “Lengua”).

Y la actividad ociosa del día es…

Ha sido divertido hacer un recorrido por distintos momentos que he vivido con personas al compartir experiencias musicales. Maurice Halbwachs, sociólogo francés que desarrolló el concepto de “memoria colectiva”, planteó que la memoria de una sociedad “se extiende hasta donde puede, es decir, hasta donde alcanza la memoria de los grupos que la componen. El motivo por el que se olvida gran cantidad de hechos y figuras antiguas no es por mala voluntad, antipatía, repulsa o indiferencia. Es porque los grupos que conservaban su recuerdo han desaparecido” (Halbwachs, 2004, p. 84). Por esta razón, valdría la pena reconectarse con aquellas experiencias musicales del pasado, y en el proceso, con las personas que las encarnan, pues como plantea un diálogo de la película Everything is Illuminated (Liev Schreiber, 2005), esos objetos de la memoria están “en caso de que alguien venga a buscarlos algún día”.

Referencias:

Frith, S. (2007). Towards an Aesthetic of Popular Music. En Taking Popular Music Seriously: Selected Essays (pp. 257-273). England: Ashgate.
Halbwachs, M. (2004). La memoria colectiva. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza.
Holbrook, C. (2018, julio 17). Research suggests that people stop discovering new music at age 30. Recuperado 20 de diciembre de 2018, de este enlace.
Jarrett, C. (2018, junio 11). How our teenage years shape our personalities. Recuperado 20 de diciembre de 2018, de este enlace.
Rapaille, C. (2007). El código cultural. México: Grupo Editorial Norma.

Texto en memoria de Mich Barrera (Michelle Furlong). Por toda la música y las risas compartidas aún a la distancia metafísica. “Llevo el prisma de tus ojos en mi casco de astronauta, y la tímida aurora de tus células…”