Aquí se habla sobre lo que ocurre alrededor de la experiencia musical. Este diccionario es un juego, un ejercicio lúdico y empático. Cada entrega reflexiona sobre lo que nos une como público, pues antes que melómanos, músicos, periodistas o profesionales de la industria, somos escuchas.

Lengua (o idioma)

Lengua (o idioma) (1): Variable importante de la música hablada o cantada y que, dependiendo del idioma que se utilice, generará en quien escucha mayor cercanía o rechazo, la sensación de pertenencia o, en ocasiones, la ilusión de poseer talento para cantar (pero sabemos que lo que importa es que se haga con sentimiento <3).

Por: Julián Woodside

idioma lengua
Fiesta de las Culturas Indígenas 2014 / Foto: Antonio Nava – Secretaría de Cultura Ciudad de México Flickr (CC BY-SA 2.0)

Escucha recomendada: Yaalen K´uj, Dino Chan & MC Chama, “Cómo Baila Mi Gente”

Las canciones que decidimos escuchar dependen en gran medida de nuestro contexto sociodemográfico, sí, pero también de nuestro interés por pertenecer o ser afines a una comunidad musical. Por esta razón, es importante hablar sobre la lengua en la música, ya que muchas veces no se trata de simple gusto o de entender o no lo que se canta, sino que implica también cuestiones ideológicas, e incluso políticas. (2)

Como plantea en un libro Robert Lane Green, “eres lo que hablas” (You are what you speak). De esta manera, el idioma en el que cantes, cómo lo articules, las palabras que utilices, etcétera, define mucho más sobre quién eres ante otros que el contenido como tal de las letras. (3) Recordemos, por ejemplo, que en “Objeción denegada” de 31 minutos los reguetoneros “hablan como idiotas”, y que resulta controvertida la manera en la que se llega a caricaturizar fonéticamente a una comunidad, como pasó con Apu en los Simpsons.

Si bien habrá ocasión para hablar sobre la voz y la lírica, es importante entender que el idioma no sólo influye en las expectativas que se tendrán de una canción, sino que también rige la manera en la que ésta será recibida y catalogada por el público, la crítica y la industria en general. Por eso existe el crossover, que es cuando un artista apela a los mercados musicales de otros países, cantando en un idioma “ajeno” al suyo. Pero el cambio de idioma puede ocurrir no para insertarse en otros mercados, sino para reforzar un vínculo local, como cuando Hello Seahorse! cambió del inglés al español para apelar a sus interlocutores: un público predominantemente hispanoparlante.

Cantar en un idioma “ajeno” implica a veces algo aspiracional. Esto se percibe con el mito latinoamericano de que “para llegarle a más gente hay que cantar en inglés”, pues hay suficiente público de habla hispana “por trabajar” como para que cantar en dicho idioma sea una limitante (aunque no hay que obviar cuestiones como la economía global). De fondo hay también un colonialismo en cierto sector de la música latinoamericana, razón por la que no es raro encontrar artistas que dicen “canto en inglés porque me es más natural, pues es la música que crecí escuchando”. Esto obviamente es válido, e incluso lógico, pero además de implicar un distanciamiento previo de su mercado local, hay un proceso de colonización que valdría la pena analizar más allá del “gusto”.

La apropiación, en otros contextos y con otras lenguas, implica contemplar la tensión entre visibilizar y exotizar, así como diversas políticas culturales. Si un artista “no hablante nativo”, decide cantar en alguna lengua originaria, entran en discusión procesos identitarios, éticos y de legitimación, algo que aplica también para artistas multiculturales. Sí, hay factores creativos y estéticos, pero también políticos. Este es un grave problema en México, porque a la par la industria invisibiliza, o en el “menos peor” de los casos, exotiza, a cientos de artistas que cantan en lenguas originarias y que no tienen voz ni representación en los medios masivos. Se trata de una segregación a priori, pues no importa que los músicos se rijan bajo las mismas lógicas, estéticas, géneros y discursos del mainstream, son artistas “étnicos”, y cantar en náhuatl, maya, zapoteco, tzotzil, etcétera, hace que se les considere proyectos “para ferias culturales, no para un Vive Latino o foros comerciales”.

En fin, mucho que decir en poco espacio, y faltaría todavía hablar sobre los idiomas inventados y varias cosas más. Pero más allá de todo lo anterior, siempre hay una necesidad por “resonar” con quien canta en cualquier idioma. Por eso existe el “washawasheo”, es decir, emular fonéticamente una letra aun cuando no se conoce el idioma. ¿Cómo olvidar a Valentina Hasan-Ken cantando “Ken Lee”, es decir, “Without you”, en un programa de televisión? ¿Y cómo olvidar cuando meses después reapareció en el programa y la gente entusiasmada coreó a la manera y fraseos de ella? El idioma pasó a segundo plano, lo que importaba era el sentimiento. La lengua, o más bien, la reinterpretación de la misma, generó comunidad.

Y la actividad ociosa del día es…

No puedo obviar el gran problema que es la nula visibilización de las músicas hechas por comunidades originarias más allá de ciertos contextos “culturales” o “folclóricos”. Como plantea un texto de Myrna Armenta Ruiz, a lo largo de dos décadas han brotado “cerca de 174 agrupaciones que fusionan su lengua materna y raíces musicales con rap, rock, blues, heavy metal, cumbia, hip hop, son, huapango, ska, jazz, trova, reggae y hasta música balcánica”, a lo que yo agregaría también música “académica” y pop. Por esta razón, la tarea es simple: buscar, explorar y escuchar esas agrupaciones, pero no desde el prejuicio paternalista o exotizante, sino hacerlo de la misma forma que se puede escuchar a un artista cantando en cualquier otro idioma, porque es en realidad eso, son lenguas vivas, habladas por miles de personas a diario, pero que su invisibilización institucional y mediática nos hace valorarlas de otra manera.


(1) Hay toda una discusión sobre los matices y diferencias entre la palabra “lengua” y la palabra “idioma”, pero aquí se tomarán como sinónimos por cuestiones de practicidad. Sin embargo, recomiendo a quien lea a que profundice en las diferencias puntuales entre ambos términos.
(2) Como se puede leer en el texto “Rock indigenista, el otro rock mexicano”, de nuestro querido Homero Ontiveros, en La Zona Sucia.
(3) Aquí valdría la pena revisar los planteamientos de Mikhail Bakhtin con respecto a la lengua como un fenómeno social, pero recordemos que este es un diccionario ocioso.