Gusto “culposo”

Mantra que repetimos para exculparnos del placer que nos genera una canción, un artista o un estilo “prohibido” para ciertos contextos; el equivalente musical del “padre he pecado”, y que al igual que los pecados, confesarlo “reduce el daño” (y es más fácil confesarlo con alcohol de por medio).

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En esta columna se habla sobre lo que ocurre alrededor de la experiencia musical. Este diccionario es un juego, un ejercicio lúdico y empático. Cada entrega reflexiona sobre lo que nos une como público, pues antes que melómanos, músicos, periodistas o profesionales de la industria, somos escuchas.

Escucha recomendada: Café Tacvba, “El borrego”

Hace años trabajé como mesero en un antro “de moda” al sur de la ciudad, contexto donde me quejaba de los “malos gustos” de los asistentes, a los cuales consideraba “cerrados” por no escuchar otra música. A la par, empezaba a escribir en una revista “indie” con la idea de “difundir música que valiera la pena”. Un día, platicando con una clienta del antro me hizo ver una obvia realidad: “no es la única música que escuchamos, después de trabajar toda la semana quieres desconectarte, pasarla bien, bailar y reír, para eso son estos lugares; quienes son cerrados son aquellos que escuchan un solo tipo de música pensando que les hace mejores personas”.

Lo que dijo cayó en el momento correcto, pues por esos días descubrí que el director de la revista donde yo escribía decidía muchos de los contenidos del mes hojeando revistas estadounidenses en Sanborns, copiando los artistas que aparecían en los artículos centrales. De esta manera, la línea editorial de la revista “crítica” y “alternativa”, que “hablaba de lo que nadie hablaba”, consistía básicamente en copiar lo que se decía en otras latitudes. ¿Quiénes consumían de manera acrítica? ¿Los que iban al antro teniendo claras las distintas funciones de la música, o los que creíamos que hacíamos algo diferente y simplemente repetíamos discursos para reforzar nuestra identidad?

Más allá de discutir sobre el colonialismo cultural, los vicios informativos y la moral conservadora en México (y Latinoamérica), cuestión que sin duda restringe la presencia de ciertas expresiones artísticas en los medios. Lo que compete a esta entrada tiene que ver con la actitud que tomamos con respecto a los gustos musicales. Juzgar a alguien por la música que escucha no sólo es infantil, sino también ignorante y reduccionista. Distinguirnos de lo que escuchan “las masas” no nos hace mejores o peores personas, ni tampoco más o menos críticos. Simplemente nos hace encajar en otra categoría de consumidor, pues seguimos siendo target para algún sector de la industria (sí, por más “experimentales” que nos queramos construir).

Ante esto, el concepto de “gusto culposo” sirve como una carta liberadora, como un comodín para justificar el que uno disfrute algo: “me gusta, pero reconozco que es ‘malo’ y me genera culpa”. ¿Hay algo más cercano a la moral cristiana que ese argumento? ¿Por qué sentir culpa por disfrutar de una canción? Partir de que el placer por algo genera culpa es casi religioso, sobre todo si nos detenemos a reflexionar que la mayoría de los “gustos culposos” tienen que ver con la música que sirve para bailar y divertirse, aquella conectada con el cuerpo y lo visceral. Sí, la idea de gusto culposo sirve cual confesión moralina: “reconozco que he pecado, y pido perdón”.

Hace poco descubrí que Hideo Kojima, creador japonés de videojuegos de culto y quien para muchos “elevó la realización de videojuegos a un arte narrativo”, publicó entusiasmado en 2013 que se había comprado unos discos de Thalía. Al ser ajeno a la carga social de la artista mexicana, mostró auténtico entusiasmo por su música, algo que generó enojo y burlas por parte de muchos de sus seguidores latinoamericanos. ¿Cómo era posible que este “gurú” intelectual escuchara ese tipo de música? La respuesta es simple: porque le gusta, así como muchas otras cosas que escucha.

Claro, los gustos son parte central de la identidad y de la pertenencia social. Sin embargo, hablar de “gustos culposos” implica desconocer una parte de nosotros para no ser cuestionados en cuanto a nuestra integridad intelectual (y moral). Por eso me gusta la respuesta irónica que alguna vez dio Daddy Yankee ante una de tantas críticas al reguetón:

“Si analizamos bien, todo tipo de música tiene algo bueno que ofrecer. De todos los sectores sale buena música. Basado en su argumento [de un director de orquesta que dijo que las letras de reguetón eran veneno], entonces yo podría decir que la música más peligrosa es la música clásica, porque era la música preferida de Hitler y Stalin, y ellos eliminaron millones de personas”.

Sí, el gusto musical no es lo único que define a una persona, pero es uno de los principales elementos donde nos apoyarnos para discriminar a otros. Por eso evito hablar de gustos culposos, ya que perpetuar esa idea reproduce prejuicios y estereotipos morales e intelectuales. Escuchar distintas músicas implica aprender y reconocer la adaptabilidad y pertinencia de los estilos musicales ante varios contextos, y ponerlo en práctica enriquece la experiencia musical en general. Por eso también he preferido distanciarme de aquellas personas que no pueden disfrutar de una situación social simplemente por la música que suena: no hay gustos culposos, pero sí contextos pretenciosos.

Y la actividad ociosa del día es…

Así como ir a un concierto de metal y armar el slam es liberador, lo mismo que bailar durante horas en un rave o en un sonidero y olvidarse de todo, también lo es ir a una boda y cantar canciones a todo pulmón. La actividad en esta ocasión es sencilla: ya se mencionó en la entrada de playlist que hay dinámicas que giran en torno a los gustos “culposos” (un amigo, César Juárez-Joyner, llama a esas playlists “los 9 círculos del infierno”). Entonces, a quitarse la pena, rechacemos la idea de sentir culpa por gozar de algo solo por mostrarnos “alternativos”, “intelectuales”o “moralmente superiores”, y hagamos una fiesta musicalizada con gustos “culposos”, para que dejen de serlo… y chin chin el que se raje y se empiece a quejar de la música.

Va con dedicatoria para Monserrat Gómez, por mostrar interés en el tema, y para Karina Morales y César Juárez-Joyner, por la lectura, el diálogo y los gustos (nada culposos) compartidos.