Aquí se habla sobre lo que ocurre alrededor de la experiencia musical. Este diccionario es un juego, un ejercicio lúdico y empático. Cada entrega reflexiona sobre lo que nos une como público, pues antes que melómanos, músicos, periodistas o profesionales de la industria, somos escuchas.

Playlist

Playlist o lista de reproducción: Lista de canciones o piezas musicales para reproducir de manera secuencial y generar una experiencia placentera, la cual invita irremediablemente a ser interrumpida por borrachos, necios o por la publicidad del servicio de streaming elegido.

Por: Julián Woodside

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Foto: Vida Dimovska / Flickr (CC BY-NC-ND 2.0)

Escucha recomendada: Fobia, “Maten al DJ”

Escuchamos playlists en todo momento: en fiestas, al hacer ejercicio, al manejar, al estudiar, al entrar a una tienda, en la verdulería, en las farmacias del Dr. Simi, en centros comerciales, en cafeterías o en nuestra fondita o restorán favoritos. Improvisados o premeditados, estos listados afectan nuestro estado de ánimo, al punto que pueden revivir o apagar una fiesta o cambiar por completo una atmósfera. Influyen tanto, que el compositor japonés Ryuichi Sakamoto, molesto por la experiencia musical de su restorán favorito, le ofreció al dueño curar una playlist acorde con el lugar. Son, al final de cuentas, narrativas sonoras a la medida de cada contexto.

Siempre me ha llamado la atención cómo la música hila experiencias. De pequeño me costaba trabajo escuchar un disco de corrido, pues buscaba entender cómo, al modificar el orden de las canciones, cambiaba el sentido del mismo. También me gustaba conectar canciones en apariencia inconexas, encontrar relaciones más allá del género, como podía ser la temática o el uso de ciertos timbres. Después descubrí que había programas de radio dedicados a eso, como Mezclas rudas de Uili Damage y Nacho Desorden, que escuchaba mi hermano por Rock 101 cuando yo era chico.

Confieso que no me convencen los algoritmos de varios servicios de streaming. Se van por la fácil: artistas del mismo estilo musical o que se relacionan mediante escenas musicales, así como las típicas recomendaciones al estilo “otros usuarios escuchan…” [1]. No sé, para mí la experiencia de un listado es más compleja, depende de cada situación e implica muchos matices, no sólo agrupar canciones. Probablemente sea fundamentalismo, pero creo que eso distingue las listas con música de fondo de aquellas para escuchar con detenimiento.

Una playlist nunca funciona dos veces de la misma forma. Por eso siento que le falta algo a los listados de varios servicios de streaming: organicidad, monitorear el contexto y las reacciones, tener la capacidad de improvisar más allá de lo genérico, aunque poco a poco eso ha cambiado. Claro, entiendo las limitantes de programar este tipo de listas, así como mi (necia) necesidad de manipularlas.

Existen varios tipos de playlists. Además de las que armamos para nosotros, como parte de una escucha personal, están las que elaboramos para los demás. Por una parte, hay las que sirven para farolear, muy al estilo de “mírenme y valórenme por lo que escucho”, cual adolescente. Pero también están las que armamos como un regalo para los invitados, donde más que presentarnos a partir de nuestros gustos, pensamos y reconocemos empáticamente los gustos de los demás, con la intención de ofrecer una grata experiencia.

Hay listas que implican “retos”, gracias a que cada vez hay mayor acceso a infinidad de catálogos musicales. Si bien siempre ha pasado que la responsabilidad de musicalizar una fiesta puede recaer en más de uno, ahora es común encontrarse con dinámicas donde, mediante turnos, cada invitado propone una canción para armar una lista temática: gustos “culposos” (que no lo son) o canciones de una época o contexto. El reto es “mantener el ambiente”, y quien lo interrumpe, pierde. La socialización gira en torno a la playlist.

Por último, está la dinámica de “ligue”, donde más que generar un ambiente “romántico”, se busca sugerir emociones y sentimientos mediante canciones y letras. Puede ser unidireccional, al estilo de cuando se citaban fragmentos de canciones en una carta, o cuando se grababa un casete o un disco para alguien que nos gustaba. Pero también puede ser bidireccional, ya sea chateando o en persona: cada quien propone canciones, construyendo una historia musical compartida implícita. De esta manera, la playlist, como la secuencia más famosa de la película House of Flying Daggers, se vuelve una forma de seducción auditiva, un coqueteo a través de terceros, un Cyrano de Bergerac musical.

Cada género tiene sus canciones románticas, nostálgicas, chistosas, kitsch, culposas, complejas, etcétera, y cada selección musical permite expresar lo que muchas veces se queda corto con palabras. A veces lo único que queda es decir “oi nomás ese cumbión” ó “shhh, escucha”, y acariciar el alma a través de los oídos. Con cada nueva playlist construimos experiencias y reformulamos quienes somos, generando narrativas sonoras específicas para cada momento.

Y la actividad ociosa del día es…

Hace años hice un experimento: todos los presentes en una reunión debíamos animar el ambiente SÓLO con artistas mexicanos (electrónica, punk, pop, tropical, etcétera, no importaba el estilo). Si bien fue hace pocos años, no había mucho material digitalizado en servicios de streaming. Fue complicado, pero a pesar de ciertas poses, fluyó. Si bien hoy día hay mayor oferta en la red, de repente dejamos de lado propuestas mexicanas porque no solemos escucharlas socialmente (salvo las que salen ya en la borrachera, como Juanga y José José, o ahora Luis Miguel). He ahí el reto: se trata de animar entre todos una fiesta a lo largo de la noche solo con artistas de origen mexicano. Ciertas propuestas se agotarán rápido, por lo que se necesitará hacer uso de la memoria musical que cada quien tiene. Dará mucho de qué hablar, y sobre todo ofrecerá sorpresas (y muchos momentos de risa cuando todos reconozcan que se saben, y disfrutan, de varios artistas “innombrables”).


(1) Salvo Pandora Radio, que creo que lo entendió al desarrollar el algoritmo conocido como “Genoma musical”, que toma en consideración más de 400 variables sonoras. Lástima que sólo funcione en Estados Unidos, pero el breve tiempo que estuvo disponible en México me permitió escuchar en una misma lista, para mi sorpresa de manera fluida, piezas de Britney Spears, Paul McCartney y John Zorn.