Viajar

Acción de trasladarse de un punto “A” a un punto “B”. Y cuando el punto “A” es el hogar, y la distancia y tiempo lejos del mismo aumentan, también lo hace la nostalgia por músicas que se suele menospreciar en la cotidianidad (coloquialmente conocido como el “Síndrome del Jamaicón” musical).

Por:

COMPARTE ESTA NOTA:

En esta columna se habla sobre lo que ocurre alrededor de la experiencia musical. Este diccionario es un juego, un ejercicio lúdico y empático. Cada entrega reflexiona sobre lo que nos une como público, pues antes que melómanos, músicos, periodistas o profesionales de la industria, somos escuchas.

Escucha recomendada: Alejandro Marcovich – “Canción mixteca”

Siempre me ha gustado la distinción entre “turista” y “viajero”, pues se considera que el primero disfruta al llegar a un lugar, mientras que el segundo goza además del recorrido. Al viajar, al transportarnos de un punto a otro, la música suele hacerse presente de múltiples formas. Lo hace a partir de lo que se escucha en los entornos por donde nos movemos, como el transporte o espacios públicos, pero también cuando la imponemos con un reproductor portátil, creando, como plantea Iain Chambers, una micronarración, “una historia y una huella de sonido adaptadas a nuestras necesidades, no sólo un espacio sino un lugar, un sitio para habitar” (Chambers, 1995, p. 77).

Al viajar, aún en el día a día en la ciudad, descubrimos otras músicas y nos enfrentamos a otras realidades. Cuando trascendemos fronteras, lo musical permite integrarnos y romper el hielo (aunque a veces, por prejuicios, puede ocurrir lo contrario). Incluso, como consecuencia de la globalización, hablar de música ayuda a identificar gustos compartidos, o descubrir cómo en lugares distantes, geográficamente hablando, se producen formas musicales vinculadas al contexto propio. De esta manera, con cada viaje la experiencia musical ofrece situaciones inesperadas.

Pero a veces el viaje no es utilitario ni lúdico, sino una necesidad. Se trata del viaje del migrante, donde “siempre en tránsito, la promesa de una vuelta a casa -completar la historia, domesticar el circuito- se vuelve imposible” (Chambers, 1995, p. 19). Recuerdo escuchar hace años en la radio una llamada telefónica donde una persona comentaba que cruzaría la frontera con Estados Unidos. Pidió a los locutores reproducir una canción en específico, sin anuncios ni presentación, para así grabarla en un cassette que le acompañaría durante el viaje. Ante un futuro incierto, esta persona buscaba construir una utopía de escucha o “audiotopía”, donde la música no sólo sería vivida como sonido, sino como un espacio habitable (Kun, 2005, p. 2).

Recientemente una amiga, Valeria Gascón, quien estudia cómo las listas de reproducción musical o playlists generan experiencias identitarias en espacios públicos, me platicó sobre algunas iniciativas dedicadas a los migrantes que atraviesan México. Proyectos como Taller Nuevo Norte y Radio Ambulante han desarrollado playlists para reproducir en diversos contextos urbanos con la intención de generar espacios de confianza para los migrantes, ofrecer micronarraciones que les permitan, al menos por unos momentos, integrarse al espacio, hacerlo un lugar.

La música también viaja, migra. Por eso composiciones como “Sobre las olas” de Juventino Rosas, “Perfidia” de Alberto Domínguez o “Bésame mucho” de Consuelo Velázquez han recorrido todo el mundo. Y por eso también la música mexicana ha sido apropiada en lugares como Chile o Yugoslavia, a la vez que nos hemos apropiado de otras músicas. Lo que escuchamos hoy día, en cualquier país y contexto, es el resultado de migraciones, razón por la que la música nos puede llevar a otros tiempos, a otras culturas, a otras situaciones y emociones, pero también traer a colación lo que no está. Lo musical puede evocar experiencias pasadas, e incluso a personas que anhelamos o extrañamos y que no están cerca.

Es la supuesta inmaterialidad de la música la que la hace viajera: acompaña y a la vez transporta. Mediante el tarareo, la voz, las palmas, instrumentos o un reproductor, siempre se hace presente, abrazándonos en los momentos de mayor desolación, y haciendo memorables los momentos más placenteros. Pero sobre todo, la música permite traer siempre con nosotros un poco de eso que hemos decidido llamar hogar, aún en los entornos más inhóspitos.

Y la actividad ociosa del día es…

Como ya se dijo, la música que hoy tenemos es el resultado de migraciones, no sólo geográficas, sino también estilísticas y generacionales. Cada género o estilo se consolida como un territorio sonoro, y si bien viajar implica moverse de o hacia un territorio, lo mismo ocurre cuando exploramos nuevos estilos musicales. Construimos otredades musicales, aquellos géneros que rechazamos al asociarlos con diversas prácticas culturales e identidades sociales, pero muchas veces descubrimos, aprendemos y abrazamos aspectos sobre una cultura por las músicas que ofrece. Habría que escuchar entonces las músicas de las distintas regiones del mundo conocidas por migrar, aquellas que son diariamente desplazadas. De esta manera, así como con la Canción mixteca, escucha recomendada del presente texto, tal vez podamos entender el sentir de dichas comunidades, dimensionar su nostalgia y anhelo, y entender en el proceso un poco más sobre quien se ve en la necesidad de migrar.

Referencias:

Chambers, I. (1995). Migración, cultura, identidad. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Kun, J. (2005). Audiotopia: music, race, and America. Berkeley: University of California Press.

Texto dedicado a Valeria Gascón, así como a Taller Nuevo Norte y Radio Ambulante por tan sensibles (y necesarias) iniciativas.