Vecino

Individuo que, cuando se trata de un desconocido, juzgamos basándonos en la afinidad o rechazo que tenemos por la música que reproduce en su espacio cotidiano, los horarios en los que lo hace, y la potencia del equipo de sonido que utiliza.

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En esta columna se habla sobre lo que ocurre alrededor de la experiencia musical. Este diccionario es un juego, un ejercicio lúdico y empático. Cada entrega reflexiona sobre lo que nos une como público, pues antes que melómanos, músicos, periodistas o profesionales de la industria, somos escuchas.

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Hace unos días tuve el gusto de impartir un taller con los voceadores / valedores de la revista Mi valedor. Platicamos sobre diversos estilos musicales, así como sobre los paisajes sonoros que existen en la ciudad. El objetivo fue tallerear textos para un número especial de la revista cuyos contenidos han sido desarrollados por ellos. ¿El tema? “Vecinos”. Platicamos también sobre cohabitar un espacio y cómo la música y el sonido influyen en dinámicas de convivencia tanto positivas como negativas. Hacia el final Alfredo, uno de los valedores, planteó una idea que resume bastante bien el fenómeno: cuando se trata de música y convivencia “de lo que se trata es de llevar la fiesta en paz”.

Primero están los vecinos colindantes, contiguos, aquellos con los que compartimos muros, bardas y edificaciones. Aún sin conocerlos los juzgamos a partir de la sonoridad de sus actividades pues, a diferencia de lo visual, lo sonoro tiene la capacidad de atravesar muros. La música que escuchan, las fiestas que realizan, e incluso los sonidos que acompañan sus alegrías y tristezas, cuando pelean, se divierten o tienen sexo, llegan a nuestros oídos a pesar de las barreras materiales. De hecho, este fenómeno fue el eje de una campaña de Ogilvy en 2010, donde se denunció cómo si un vecino hace ruido musical protestamos, pero si se trata de violencia doméstica, lo dejamos pasar. Es tal el grado de invasión de la privacidad a partir del sonido que con el tiempo llegamos a convertirnos en “auscultadores”, en chismosos de las vidas privadas de otros a partir de su sonoridad.

Está también el resto de las personas que se desenvuelve en un vecindario y que conocemos de oídas o por la convivencia cotidiana. Quienes habitan comercios y residencias inundan el entorno con diversas músicas, mientras que merolicos, repartidores, servidores públicos y demás actividades humanas y de la fauna local consolidan sonidos distintivos, los cuales forman parte de un “paisaje sonoro” (ver Krause, 2015; Schafer, 1994). De esta manera, el entorno acústico del vecindario es un importante elemento de identidad y cohesión social. No obstante, también puede ser motivo de segregación, pues como plantea Ori Schwarz, va de la mano de diversos aspectos sociodemográficos y puede detonar formas de estigmatización social (ver Schwarz, 2015).

Si hablamos de las tensiones entre lo público y lo privado, desde una perspectiva sonora, resulta complejo plantear límites. Para dimensionarlo pensemos, por ejemplo, en los problemas que implican el uso de juegos pirotécnicos en las ferias, pues la sonoridad de lo público irrumpe en lo privado, sobre todo cuando se tienen mascotas o recién nacidos. Si bien se trata, como dijo el valedor Alfredo, “de llevar la fiesta en paz”, esto requiere de comprender dinámicas, actividades, hábitos, tradiciones y situaciones personales para entonces negociar continuamente límites, pues muchas veces no se trata tan solo del volumen, sino de la pertinencia de los sonidos con respecto a la situación del “otro”.

Construimos un “ser sonoro” dependiendo del contexto (ver Rice, 2003), razón por la que también influye la historicidad de nuestra relación con otras personas y situaciones. De ahí que a veces busquemos joder al prójimo desde lo sonoro: subiendo el volumen a propósito o eligiendo cierta música. Deseamos imponernos, a la vez que sentimos como imposición la música que un vecino escucha los domingos por la mañana, a menos que sea un estilo afín a nosotros. Estas dinámicas de violencia o encantamiento sonoro son centrales para la convivencia cotidiana. Y, por ejemplo, si resulta que uno de los vecinos es músico, podemos construirlo como “enemigo” si sentimos que “no toca bien” o que toca algo que nos desagrada. Pero como contraparte, si nos gusta lo que toca podemos valorarlo como alguien que deleita el entorno acústico durante ciertos momentos del día.

Desarrollamos un constante “con-vivir” sonoro y musical, así como múltiples otredades sonoras que aceptamos o rechazamos a conveniencia. Y así como hay vecinos y visitantes recurrentes, también están los que migran, los vecinos temporales o permanentes que se vuelven novedad por provenir de otro barrio, otra ciudad u otro país (ver “Viajar”). Cada “nuevo vecino” implica nuevas tensiones y la posibilidad de vivir nuevas experiencias musicales. Esto lo ilustra una anécdota de Umberto Eco en Obra abierta, donde recuerda cuando tuvo como vecino en Milán, dos pisos abajo de donde trabajaba, al compositor Luciano Berio, y la manera en la que la interacción entre ambos dio como resultado la composición “Thema (Omaggio a Joyce)” de Berio.

Siempre coexistimos con otras personas, y así lo hacen también nuestras sonoridades y nuestras músicas. Hay estilos más afines para ciertos gustos, y otros que pueden ocasionar rechazo. Por eso también hemos desarrollado formas de aislarnos sónicamente de los vecinos, ya sea tratando acústicamente el entorno o escuchando música a cierto volumen o con audífonos. De esta manera, además de cerrar puertas y ventanas, la música puede devenir en muros auditivos, a veces necesarios al habitar un entorno que se caracteriza por constantes invasiones auditivas.

Y la actividad ociosa del día es…

Las conversaciones musicales con quienes convives en un espacio siempre permiten romper el hielo. Recuerdo muchas ocasiones en las que he conocido a alguien y una de las dos partes ha pensado que la otra es pedante, solo para descubrir que se comparten gustos musicales, rompiendo así la tensión. Como ya se dijo, la música trasciende muros, comunicándonos más sobre nuestros vecinos de lo que podemos descubrir con la mirada. Por esta razón, la actividad del día consiste en abrir los oídos, escuchar al vecino (sin morbo, sin convertirnos en “auscultadores” o chismosos sonoros), y tratar de entenderle desde su sonoridad. Así como la música que compartimos en redes sociales dice mucho sobre nuestro estado de ánimo, lo mismo ocurre con quienes viven en nuestro vecindario. Y quien sabe, tal vez partiendo de dicha escucha se encontrarán elementos afines para romper el hielo.

Referencias:

  • Krause, B. L. (2015). Voices of the wild: animal songs, human din, and the call to save natural soundscapes. New Haven: Yale University Press.
  • Rice, T. (2003). Soundselves. An acoustemology of sound and self in the Edinburgh Royal Infirmary. Anthropology Today, 19(4), 4-9.
  • Schafer, R. M. (1994). The Soundscape. Our Sonic Environment and the Tuning of the World. Vermont: Destiny.
  • Schwarz, O. (2015). The Sound of Stigmatization: Sonic Habitus, Sonic Styles, and Boundary Work in an Urban Slum. American Journal of Sociology, 121(1), 205-242.
Dedicado a los valedores Alfredo, Francisco, Juan Manuel, Antonio, Erasmo y Camaxtli, así como a María Portilla y a todo el equipo de Mi Valedor. Gracias por la rica plática, por la música, los paisajes sonoros, las anécdotas y las risas. Porque al final lo que nos queda es la música y las experiencias con quienes cohabitamos cada espacio.