La ventanilla del avión: 21 años de “Alta Suciedad”

Imaginemos por un momento aquel avión a mediados de los noventa, aquel Calamaro pensativo, asomándose por la ventanilla, luego del fin de Los Rodríguez ¿Qué estaría pensando? ¿Qué estaría diciéndose a sí mismo?

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¿Qué nos dice el término “suciedad”? ¿Qué nos trae a la mente escuchar la palabra, en alguna conversación, en la radio, metidos en el tráfico, o en algún noticiero por la mañana? Sucio: De malo, nocturno, drogas, enfermedades, tristeza. Pero también podríamos confundirnos si la escuchamos y andamos distraídos, y pensar (aunque sea por un momento) que están hablando de “sociedad”, y entonces imaginaríamos aquella estructura flácida de hombres relacionándose entre sí, con matrimonios organizados, acorbatados barrigones y vendepatrias, reglas, rutinas…

No es difícil imaginarnos que esa haya sido la idea que pasara por la mente de Andrés Calamaro a mediados de los noventa, esperando en los andenes, observando a una que otra pareja feliz, con sus lentes de sol a espacio techado. Tal vez por un momento se sintió asqueado de tener que fingir estar feliz en todas esas fotos, o tal vez (y lo digo porque se le nota) se preguntó asomado a una ventanilla de algún avión, en algún lugar del mundo, como carajos había terminado ahí. Y quien era él, después de todo. Después del éxito obtenido en Los Rodríguez, y tras la disolución del grupo, a causas atribuidas a una vida de excesos, o desintegrantes con ideas en choque. Estoy seguro (y podría jurar por ello) que en la ventanilla, atrás de dos capas, primero la de sus lentes y después la de la ventana, llegó a pensar: “¿Cómo era posible, terminar una etapa que estaba en su mejor momento?” Pero no era para más, todo lo que sube tiene que bajar, y si no baja tiene que seguir el curso de la naturaleza, entregarse a ella. Y en esta ocasión, viendo las montañas desde alto, había pensamientos encontrados. Por una parte era casi justo, terminar un grupo que ya no era grupo, pero por otra una necesidad casi como de orinar, de seguir inspirado, creando.

Esto que voy a decir esta fuera de lugar, pero imaginemos tiempo después. Cuando salió su disco El Salmón (2000), con más de cien canciones, y que dejaba claro que la orinada le valió para mucho. Y también que se merecía el apodo con el que fue consagrado desde entonces, ese pez travieso que va contra la corriente, y que sabe que nació para una cosa, hacer lo que le da la gana. Aunque la mayor característica en semejanza es su capacidad de volver a su lugar de origen. Un Calamaro argentino, y un Salmón intuitivo, la libertad misma. Libertad de Salmón para enfrentarse a los críticos de la tauromaquia defensores de los animales, Salmón para las peleas, sus relaciones sentimentales.

Pero situémonos otra vez en el avión, en aquel Calamaro pensativo, asomándose por la ventanilla, ¿Qué estaría pensando, además de todo ello? ¿Qué estaría diciéndose a sí mismo? Un desorden en el orden, una persona que comenzó todo como un juego, un ser acuático que busca encontrar la perla perdida de Neptuno entre plantas marinas. Y encontrar aquella pieza de arte que sería su objeto en el fondo del agua. Probablemente haya visto alguna ciudad desde las alturas, y comprendió todo, que en lo absurdo de un mundo perfecto y en calma, hacía falta regresar a una especie de origen, de honestidad, de algo diferente. Y no fue hasta tiempo después, en que se daría cuenta. Un día en que saldría de madrugada, de un estudio ubicado en Manhattan, seguido de Joe Blaney, productor del proyecto en el que trabajaban y con quien además había trabado una buena amistad. Esa noche fumó un cigarro para relajarse, y se dio cuenta de que había tomado la decisión correcta en aquella ventanilla.

La cosa sería más o menos así. Al lado de músicos de sesión como Hugh McCracken, Steve Jordan, y Chuck Rainey, pasaría semanas de trabajo intenso en lo que sería su nuevo álbum, titulado Alta Suciedad (1997). Un trabajo que le daría el empujón para una racha de composiciones en medio del caos de su vida sentimental. Y que se reflejaría hasta después de Honestidad Brutal (1999).

Alta Suciedad incluye quince temas compuestos por Andrés Calamaro, con una mezcla que va entre pop rock, soul, y reggae, entre los que destacan “Flaca”, “Media Verónica” y “Crímenes Perfectos”.

Nosotros, por lo tanto, podemos imaginarnos a este personaje bajando del avión con sus lentes oscuros, convencido de algo que no sabe ni él mismo, con cabello desparramado, temple de rockstar argentino, narizón y bocón; imaginarlo colocarse la chamarra negra, y desparecer entre la gente.