El poder del “chaca chaca”

Vivimos al mismo tiempo una época de progreso tecnológico y un cierre de capítulo en términos de obsolescencia y caducidad.


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El detergente Ariel tenía un superpoder. El de convertir una cubeta en una lavadora automática. A ese poder se le llamaba: “el chaca chaca”.

“Acapulco en la azotea” era la frase central que daba cuerpo a un comercial del detergente Ariel hace muchos años.

En ese comercial, aparecía una señora descansando plácidamente tirada en una hamaca, mientras que otra señora se entregaba con sacrificio pleno al lavado de ropa -a mano- en una cubeta.

El conflicto entre los dos era realmente sencillo, pero al mismo tiempo definitivo y brutal.

Una de ellas solucionaba el lavado de su ropa de una manera rústica y tradicional, es decir tallando a mano y con detergente en una cubeta.

Mientras que la otra era una señora moderna, actualizada gracias al auxilio de las sustancias biológicas contenidas por el detergente Ariel, un producto que -según el anuncio- era capaz de convertir una cubeta en una lavadora automática.

Hoy, ese comercial podría parecernos simplemente exagerado, curioso y chistoso. Pero en su momento, ese spot televisivo  hablaba de cómo el desarrollo de la tecnología de los detergentes era materia de competencia tanto en el plano químico como en el terreno de la física. Y todo eso se traducía en una competencia de carácter tecnológico.

Según el citado comercial, las señoras que poseían Ariel estaban integradas a la vanguardia, en tanto que las otras tenían que seguir esforzándose a través del sacrificio de su cuerpo, sometiéndose a la fatiga que significaba lavar a mano. La tremenda tragedia de lavar a mano.

Perfecto. La diferencia entre sudar en la azotea y tener un Acapulco en la azotea consistía en la posesión tecnológica de un ingrediente biológico: Ariel.

Lo que quiero plantear ahora es una pequeña comparación de carácter metafórico. Y es la siguiente: así como vemos hoy una expresión de inocencia tecnológica en ese anuncio, exactamente igual veremos como una expresión de inocencia instrumental las escenas en las que aparecerán cajeros humanos en los bancos, y maestros físicos dando clases en las escuelas, y dibujantes que utilizan lápices de madera en sus obras. Es decir que en el término de 15 o 20 años, tal vez menos, los bancos no necesitarán de cajeros y las escuelas no necesitarán de maestros ni los autos de choferes ni los dibujantes de lápices. Hoy, eso no suena un tanto improbable, sin embargo es absolutamente posible. El desarrollo de la inteligencia artificial nos da para eso y para más.

El mensaje entonces es muy sencillo: vivimos al mismo tiempo una época de progreso tecnológico y un cierre de capítulo en términos de obsolescencia y caducidad. El mundo, hoy, se divide entre geeks y analfabetas computacionales, es decir entre gente que lava a mano y gente que tiene el poder del chaca chaca.