Gorilas en la niebla

Imágenes de una tierna pesadilla

Pacamambo, de Wajdi Mouawad, es un magnífico trabajo teatral dirigido por Cristina Alanís. Se presentó este fin de semana en el Teatro de la Ciudad y provocó un lleno que vale la pena anotar en nuestra memoria.

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Pacamambo

Pacamambo, de Wajdi Mouawad, es un magnífico trabajo teatral dirigido por Cristina Alanís. Se presentó este fin de semana en el Teatro de la Ciudad y provocó un lleno que vale la pena anotar en nuestra memoria.

Por: Gabriel Contreras

Pacamambo

Pacamambo, de Wajdi Mouawad, es un magnífico trabajo teatral dirigido por Cristina Alanís. Se presentó este fin de semana en el Teatro de la Ciudad y provocó un lleno que vale la pena anotar en nuestra memoria.

Pacamambo es, en sí mismo, una obra de arte, hablo del texto, obviamente, porque es una obra que teje miradas y sueños alrededor de la muerte, el dolor, la pérdida, la desolación.

Como obra dramática, Pacamambo tiene una trayectoria importante, muy importante, pero el hecho es que Cristina Alanís, entre nosotros, ha sabido armar un magnífico equipo escénico, ha hallado el modo de interpretar con una visión propia este texto, y nos entrega una puesta clara, precisa, mesurada, y al mismo tiempo eficaz, muy eficaz.

Para conseguirlo, Cristina Alanís puso en marcha un trabajo de mesa que no desmerece ante el ejercicio corporal, la labor de iluminación y la apuesta escenográfica.  Su apuesta, efectivamente, nos hace pensar en Finzi, por ejemplo, y eso no es una mala influencia. Pero también nos recuerda imágenes provenientes de otros horizontes, por ejemplo del circo.

¿Qué virtudes particulares encontramos en este montaje?

Por ejemplo, veo que hay un manejo del color y del diseño escenográfico y de vestuario, que convierte a todas las acciones de la obra en piezas de un discurso extracotidiano, eso no es fácil de conseguir.

Otro ejemplo valioso de su abordaje es la corporalidad del psiquiatra y su contraste con la de Julia. Él es como un perro de caza: todo control, todo frialdad, todo análisis. Ella es como un chivo desatado: toda instinto, toda saltos, toda fuego.

Y en esa oposición entre reflexión es instinto, se alza como un fantasma shakesperiano la gran madre: es decir, la abuela, María María, que desde su posición de muerta dibuja un paisaje de la soledad, el paraíso y lo desconocido.

Yo, que no entiendo mucho de teatro, pero disfruté, me divertí, y me sentí tocado por la imaginación escénica al ver esta obra, y eso es cosa que agradezco. Los demás, el público en general, pues no sé. No entiendo al público. No sé si al público le importa el teatro, o si solo van porque fue gratis. No sé. Pero bueno, tampoco es que me importe demasiado el público. Es más, el público no me importa, nunca me ha importado. Me importa el teatro, y el teatro no tiene nada que ver con el público. Pero, bueno, pues estuvo bien. Y cuando uno va al teatro, uno va a pasarla bien, no más, pero no menos.