La píldora roja y los derechos de los hombres

la píldora rojaEn el documental The Red Pill de Cassie Jaye puede observarse una postura inclusiva de parte de los defensores de los derechos de los hombres, así como una visión mucho más amplia de los alcances e implicaciones del patriarcado

Por: Elena Santibáñez

Cassie Jaye fue una niña introvertida a quien su madre inscribió en clases de teatro buscando que fuera más abierta. Le gustó tanto la actuación que a los 18 años decidió ser actriz, fue a Hollywood a probar fortuna y la encontró, pero muy pronto se cansó de ser encasillada como “la rubia que siempre muere” y constantemente impelida a “mejorar” su apariencia con dietas o implantes. Se dio cuenta que el trato que le daban fuera del set y los roles que desempeñaba en las películas, no eran lo que ella quería como persona ni como actriz. Entonces, a los 21 años dejó la actuación, compró una videocámara y se convirtió en documentalista para “contar las historias que quería contar”.

Desde 2008 se ha interesado por temas relacionados con las mujeres y la sexualidad como: derechos reproductivos, madres solteras, matrimonio homosexual, entre otros. Ella se asumía feminista hasta la realización de su más reciente trabajo: The Red Pill [La píldora roja], 2016, el cual emprendió con la intención de conocer a fondo a un “grupo de odio” señalado como misógino, sexista, racista y homofóbico llamado A Voice for Men [Una voz para los hombres]. Para conocer al respecto entrevistó a dirigentes y simpatizantes, y logró un interesante documental [cuyo link es éste: https://vid.me/8yRD] donde muestra datos como éstos:

El 93% de las muertes laborales son de hombres; están abandonando la educación superior de manera alarmante; son condenados a 63% más tiempo que las mujeres por el mismo crimen; el sistema de juzgados de familia está parcializado contra ellos; hay abuso en el de uso drogas como el Ritalín en niños varones para controlar su comportamiento; los hombres cada vez permanecen más tiempo del normal en sus hogares de origen antes de independizarse; tienen adicción a los videojuegos y a la pornografía; son más propensos a quedar sin hogar, a contraer cáncer, a morir jóvenes; a suicidarse, a ser adictos; a ser arrestados, condenados y ejecutados siendo inocentes.

—Pero si empiezas a hablar de estos temas y a difundirlos en términos de cómo afectan a hombres y niños como grupo, las personas son hostiles al respecto. La idea es que los hombres tienen todos los derechos y han tenido todo el poder, pero si eso es verdad, ¿por qué no pueden hablar acerca de sus problemas? —expresa Paul Elam, fundador de A Voice for Men, movimiento internacional con base en Estados Unidos.

Aunque lo que iba descubriendo no era lo que esperaba, Cassey procedió con rigor investigativo y siguió adelante con su documental decidida a entender el trasfondo de la lucha por los derechos de los hombres. Lo primero que encontró fue un interesante cuestionamiento acerca de las nociones de poder. Warren Farrell, en su libro The Myth of the Male Power [El mito del poder masculino] revisa los roles de género desde una perspectiva, vale decir, complementaria de la feminista, donde —por citar un ejemplo— si bien es cierto que las mujeres son vistas como “objetos sexuales”, los hombres lo son como “objetos de éxito”, lo cual también implica altos costos emocionales, psicológicos y sociales, ya que los hombres son educados para ser proveedores, enfrentar al peligro, correr riesgos, y si no cumplen con estos roles son descalificados.

Poco a poco, la documentalista va conociendo y procesando una serie de argumentos, reflexiones y datos acerca de la problemática masculina de género. Fred Hayward, fundador de Men’s Rights Inc [Derechos de los hombres Inc.] afirma que las feministas tienen razón al decir que el trabajo masculino es más valorado que el de las mujeres, pero destaca que la vida de las mujeres es más valorada que la de los hombres. Muestra de ello son las cifras de muerte en conflictos armados —en las guerras de Corea, Vietnam y el Golfo Pérsico murieron en total 95, 069 hombres y 25 mujeres— y los procesos de rescate en accidentes y siniestros: las mujeres y los niños primero. El concepto de “hombre desechable” es parte de la educación machista tan criticada por las corrientes feministas, pero que parece no ser visto por ninguna.

El trabajo de Jaye muestra la manera desigual con que las mujeres buscan igualdad: “Ellas ahora tienen acceso a todo lo que los hombres siempre han tenido: educación, trabajo, a todo lo que quieran hacer, pero no son ellas las que manejan los camiones de carga ni las que están en las minas de carbón. No escuchas a la Organización Nacional de Mujeres quejarse de que no hay suficientes mujeres cavando zanjas”. Pero más allá de que las féminas no peleen por hacer labores impropias de su sexo, una manifestación de esta desigualdad es en el terreno de los derechos parentales, donde las mujeres no sólo tienen mayor terreno ganado sino que trabajan arduamente en seguir comiéndole el mandado al otro.

En este documental puede observarse una postura inclusiva de parte de los defensores de los derechos de los hombres, así como una visión mucho más amplia de los alcances e implicaciones del patriarcado. Warren Farrell dice: “Cualquier activista por los derechos de los hombres al que yo apoyaría tiene que apoyar los derechos de las mujeres”. Por su parte Marc Angelucci, abogado de los derechos de los hombres afirma: “El patriarcado es resultado de los roles de género y no al revés”. Los roles históricos de hombres y mujeres —ellos producen, ellas reproducen— son una carga igualmente desgastante y pesada, que da como resultado que el sistema patriarcal oprima por igual tanto a las damitas como a los señores.

Cassey Jaye se va adentrando cada vez más en “la madriguera del conejo” y va revisando el Lado B de una serie de temas a los que ella —como muchísima gente— sólo le había visto el A: el por qué los puestos directivos y políticos son mayoritariamente masculinos; los privilegios legales y laborales de las mujeres; la balanza jurídica contraria a los hombres en la lucha por la custodia de los hijos; los nulos derechos reproductivos de los varones; la violencia doméstica y de pareja perpetrada por hombres y mujeres, entre otros temas que son publicitados u omitidos desde la perspectiva feminista.

Como en la película Matrix, de Lana y Lilly Wachowski [1999], de esto se trata la píldora roja: de tragarla y enfrentar la verdad u optar por la píldora azul y seguir ignorando lo que pasa. En este filme, la directora también abre su cámara y su micrófono a las voces feministas y logra un interesante testimonio —involuntario—, de por qué les llaman feminazis. Más allá de los ejemplos y las cifras mostradas, referentes al contexto estadounidense, vale la pena revisar este trabajo que, sin duda, abre un nuevo canal de reflexión acerca de los derechos civiles, laborales y sociales de hombres y mujeres; los roles y estereotipos de género; y el patriarcado como sistema opresor no de un género sobre otro sino de ambos. En esta perspectiva la lucha debería ser común y no de unos contra otros.

Pero mientras la batalla de los géneros muta en alianza para derribar al patriarcado —lo cual quizá nunca suceda—, la polarización se vuelve extrema y constantemente se cae en absurdos y exageraciones. La búsqueda exhaustiva de los llamados micro-machismos lleva a extremos dónde casi se considera misoginia que sólo exista “el pozole” y no “la pozola”, abrirle la puerta del coche a una mujer es prepotencia —como si ella no pudiera abrirla—, pagar su cuenta es humillarla —porque para eso ella gana su dinero— y decirle guapa, además de un insulto a su inteligencia, es la antesala de la violación.

“Labanda” es un aroma y “machismo”y “feminismo” son indistintamente el joker de una baraja que, si no se maniobra bien, puede jugar una mala pasada. Como al reportero que le hizo una pregunta desafortunada a la cantante Mon Laferte en una conferencia de prensa y —con su todavía más desafortunada insistencia— desató paulatinamente la ira de la chilena quien le tiró la mierda que, dice, las mujeres no se echan entre ellas y mostró una versatilidad lingüística que hace que uno se pregunte: ¿Y con esa boquita canta? Y, si como dice un slogan feminista, “las mujeres sostienen la mitad del cielo” hay que rogarle a Dios que no se encabronen porque, nomás de puro coraje, van a dejar que se nos caiga encima.