Los extraños caminos del veganismo (Parte 1)

Por: Elena Santibáñez

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Francisco de Goya – Saturno devorando a su hijo.

Para Juan Carlos, quien me quedó a deber la Bandeja Paisa

El año pasado estuve en Bogotá. Apenas llegué mi anfitrión me preguntó si yo era vegana. Respondí que no, el hombre sonrió complacido y casi con alivio, y se ofreció a ser mi guía gastronómico. Bajo su experta asesoría empecé mi viaje culinario con un tamal tolimense —harina de maíz amarillo, arroz, chícharos, huevo duro, zanahoria, carne maciza de cerdo, tocino y pollo—, que se sirve con arepas, una especie de gorditas de maíz muy distintas de las que comemos en México, y chocolate en agua con trozos de queso dentro. Ése, mi primer desayuno, me dejó una grata sensación de plenitud no sólo en el estómago sino en el alma, la cual se intensificó al probar los buñuelos —totalmente diferentes de los que nosotros hacemos—, que son unas bolitas hechas con maicena, yuca y queso, fritas en aceite, cuya sabrosura es indescriptible.

No recuerdo si ese día comí algo más, pero sí que no paré de hacerlo durante los subsecuentes porque la comida devino en el principal atractivo turístico de mi visita a esa ciudad, donde también me topé con una joya de la fusión gastronómica —resultante del ayuntamiento amoroso y empresarial de un argentino con una colombiana—, que consistió en un corte de carne equivalente a un bife de chorizo acompañado de plátanos fritos y chimichurri con jitomate picado. Todo lo que comí durante esa semana fue puritita ambrosía. Ante tanta felicidad comestible, entre mi casero temporal y yo surgió la pregunta: ¿Por qué las personas deciden privarse del placer de comer? Y tuve con él una larga e intermitente conversación —que desde entonces he seguido teniendo con diferentes interlocutores— acerca de los motivos para profesar el veganismo.

Durante más de un año yo no comí ningún producto de trigo y eliminé de mi dieta la leche y sus derivados, porque durante una visita al nutriólogo se reveló mi intolerancia a la lactosa y al gluten. El diagnóstico surgió por ciertos síntomas que para mí no revelaban ninguna anomalía porque estaba familiarizada con ellos pues, sin saberlo, ambas alergias las tuve desde niña y aprendí a vivir con ellas. Pero al tener conocimiento de “mi mal” en un contexto donde, además de perder peso quería empezar a tener una dieta saludable, decidí cambiar drásticamente mis hábitos alimenticios. Así, de la noche a la mañana ingresé en las filas del oscurantismo “lactose & gluten free”, donde lo primero que obtuve fue decepción porque la fantasía de sentirme “mejor” nunca se realizó, y sí le quitó mucho encanto al cotidiano acto de ingerir los sagrados alimentos.

Esto dio pie a una serie de reflexiones acerca de qué ventajas puede tener privarse no sólo de consumir lácteos y derivados del trigo, como fue mi caso, sino de todos los alimentos de origen animal. A simple vista, quien se priva de tanto deleite quizá piensa que vale la pena sacrificar el disfrute por el beneficio que recibirá. Algo semejante al planteamiento espiritual de la renuncia y la aceptación, que al ser interpretado por ciertas religiones hace pensar que sufrir en vida es el pago seguro para tener un condominio en el cielo después de la muerte. Pero, ¿cuáles son los beneficios que ofrece la abstinencia vegana? ¿A qué cielo se accede con la consuetudinaria renuncia a los placeres cárnicos?

En teoría, quienes se convierten a la práctica de este vegetarianismo extremo obtienen una recompensa ética y otra saludable. La primera consiste en asumir que mejoran el mundo al preservar la vida de los animales tratándolos con amor y respeto, al no discriminarlos considerándolos sólo comida o materia prima de vestido y calzado para los humanos, y al reivindicarlos como seres “sintientes”; a la par que cuidan el ambiente ya que, según sus argumentaciones, la industria pecuaria es una de las principales causas de pérdida de biodiversidad, de emisión de gases invernadero y de contaminación del agua. Respecto a la salud, infieren que al no ingerir las toxinas que generan el “miedo” y el “sufrimiento” del animal, así como las hormonas y otras sustancias con que en los grandes criaderos se estimula el crecimiento de mamíferos y aves, su cuerpo se verá beneficiado.

Y justo aquí empiezan los “asegunes”.

En lo que respecta a la ética, otrora señora ejemplar que hoy es una suerte de damisela veleidosa en cuyo nombre se cometen grandes masacres, aplicada a la causa animalista que preconiza el respeto, la dignidad y el amor hacia todo irracional susceptible de convertirse en estofado, es válido preguntar qué es exactamente lo plausible o loable de defender a capa y espada los supuestos derechos de las bestias y alimentar el odio hacia otros seres humanos, especialmente hacia los que seguimos comiendo, vistiendo y calzando lo que las bestias, desde tiempos inmemoriales, nos proveen. ¿Por qué, de repente, considerar  animales a los animales se volvió una abyección? ¿Por qué las personas que consideran un acto inmoral matar un animal para comerlo, estarían dispuestas a cazar —literalmente— a un chef que publica la foto de un cabrito asado?

“Maldito asqueroso, eres un excremento vivo, tendrás una muerte lenta y mucho peor, te van a sacar los ojos y te quemarán con ácido, y te rebanarán en pedazos, se lo comerán los perros y cuando lo caguen le tomaré foto y lo postearé en tu página. […] Pobre pendejo, lo que te espera es peor: 70 veces 7 pagarás en donde más te duela, 70 veces 7 sentirás el dolor más terrible, 70 veces 7, maldito humano de mierda, en agua y sal tu dinero se convertirá. […] Lástima que Jeffrey Dahmer ya no vive para que se dé un banquete con el cadáver de esta basura intento de ser humano. […] Hijo de tu remaldita putísima madre. Voy a Polanco a fingir asalto para apuñalarte hijo de puta. Esto no es un juego. Vas a ser apuñalado. Maldita sea tu maldita familia, tus hijos, tu zorra esposa, tu puta madre si es que aún no está muerta la desgraciada, el maricón de tu padre, y toda la porquería de familia que tengas y que ames. Ya sé cuándo vas y por donde sales. Te voy a asesinar te lo juro.” Son algunas de las muchísimas agresiones que Adrián Herrera recibió.

Pareciera que el amor extremo hacia los animales despierta la animalidad en los seres humanos. Actitudes semejantes se han observado cuando muere un torero en plena faena y frases de júbilo y de burla inundan las redes sociales, lo cual obliga a preguntarse: ¿Ésa es la ética vegana que mejora al mundo? O más bien habría que preguntarse qué se entiende por mejora.

En diciembre de 2014 las cámaras de Diputados y de Senadores aprobaron la Ley General de Vida Silvestre con la prohibición de ofrecer animales en los espectáculos circenses, que entró en vigor a partir del 8 de julio siguiente. Un año después el 80% de los mil 298 animales “liberados” de los circos había muerto y el otro 20% fue comprado por coleccionistas, taxidermistas y traficantes de especies.

Algo igualmente desatinado sucederá si los animalistas logran su cometido de acabar con la fiesta brava, ya que si ésta se extingue, se extinguirá también el toro de lidia, una raza bovina criada para desempeñarse en las corridas y los encierros, cuya existencia ha sustentado la tauromaquia. Se distingue por su temperamento e instinto de defensa, que le dan su característica bravura, así como por atributos físicos como cuernos grandes hacia delante y gran potencia locomotora. Probablemente, tras ser librados de morir en un ruedo, los astados mueran tristes y deprimidos como los animales de los circos, que en su mayoría lograron llegar a santuarios y zoológicos pero al ser arrancados de su cotidianidad no lograron adaptarse a la vida “mejor” que les consiguieron sus defensores.

Por supuesto no puede asumirse que todos los veganos tienen conductas violentas y mal enfocado su altruismo, pero sí la convicción de que no comer productos animales es bueno para su salud. Lo cual, en los hechos, es más un deseo que una realidad porque, de entrada, hay información deficiente e insuficiente en muchos practicantes del veganismo acerca de los valores nutricionales de alimentos de origen animal y vegetal. Por ejemplo, si bien hay proteínas animales y proteínas vegetales —aunque estos tiempos de igualdades forzadas respalden cualquier propuesta descabellada—, unas y otras no son lo mismo, no se sustituyen entre sí ¡y ambas son necesarias! Porque, ¿qué creen? Los seres humanos no somos carnívoros ni herbívoros: somos omnívoros.

Definitivamente no es lo mismo una lechuga que una chuleta, y para obtener una dieta balanceada con el aporte necesario de proteínas animales, no sirve un filete de tofu. Son diversas las historias de terror que puede generar el no incluir productos animales en la dieta empezando por el canibalismo, porque a falta de carne de res, de pollo o de pescado, para suplir las deficiencias generadas por su carencia está siempre la del prójimo y —como ya vimos— si es chef o torero “más mejor”. Ahí les platico más la próxima semana.