Rutas de canciones

“Cuando lo negro sea bello”: Todos somos José

El colombiano, Andrés Landero (4 de febrero de 1932– 1 de marzo de 2000) está de aniversario. Su repertorio contiene piezas clásicas en el mundo de la cumbia. Retomo una de ellas como icónica de la realidad latinoamericana que vivimos hoy en día.

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Hace tantos años conocí el trabajo de Andrés Landero. Lo hice durante mi transición entre la secundaria y la preparatoria, moviéndome en los barrios populares de Monterrey y Guadalupe, queriendo ser un simple pandillero, fracasando en el intento.

¿Por qué de mi fracaso? La distancia. Siempre viví lejos, muy lejos de los centros educativos a los que asistí, y por esta razón nunca tuve clica, barrio, banda. Lo anterior no impidió soñar con ser un verdadero cholo. La Buenos Aires y El Realito fueron los sitios, los templos para que se hiciera presente esa música, aquella, tal vez la única, a la que nunca le entré de lleno, la cumbia colombiana.

La casa materna de los Torres, llegados de San Juan, Cadereyta, aún se encuentra ubicada en la calle Orizaba, colonia Paraíso, límites entre Monterrey y Guadalupe. Es una casa peculiar, nacida de la industrialización regiomontana. Mi abuelo materno, a quien no conocí por morir de cirrosis, fue un ex trabajador de La Fundidora, por lo cual le tocó un terruño maldito a las márgenes del río Santa Catarina. En esa casa, toda ella tejabán y un cuartito de concreto, sonaba desde Rocío Durcal hasta Los Diablitos, y afuera, Los Tebanos, Los Traviesos, Duendes Locos o los Solex, malandros de cepa, se disputaban territorio. Ahí Celso Piña era príncipe, pero a todo esto, ¿quién era el rey? Era Andrés Landero, vivía en Colombia, enseñó todo, indirectamente, a Celso Piña y la pléyade de tropas colombianas que llegarían con furia a un país danzante como es nuestro México. Landero fallecería en 2000 debido a un infarto.

En la Preparatoria #15 Florida confluimos raza de distintos sitios de la metrópoli. Recuerdo a Jesús Morales Loera, aquel vecino de El Mirador, que un día me dijo “Deja de escuchar a The Beatles y pon esto”, era “Virgen de la Candelaria” de Landero, en unos audífonos donde resaltaba el bajo. La pieza venía original, la amé de principio a fin, era triste, una cumbia muy triste que invitaba a bailar llorando. Y así lo hicimos el fin de semana, Chuy y los otros desadaptados que intentábamos sacar adelante materias como física, química o matemáticas. Loera trajo un poco de solvente. Inhalamos la cantidad perfecta para escuchar a Landero descender en revoluciones hasta escucharse “rebajado”. Todo el día tarareaba en casa, camiones, patio de la escuela, “Tambo Tambo” o “Cumbia y sol”, y no comprendía cómo aquel sonido emergido de acordeón muy viejo me hacía sentir tan triste. Porque la cumbia de Landero es un lamento, un canto a la reflexión americana, y hoy más que nunca me hace ruido una pieza como “Cuando lo negro sea bello”, una postal de la América Latina ultrajada por los rubios emperadores del miedo.

La cumbia de Landero es un lamento, un canto a la reflexión americana, y hoy más que nunca me hace ruido una pieza como “Cuando lo negro sea bello”, una postal de la América Latina ultrajada por los rubios emperadores del miedo.

Si uno quiere entrarle a conocer a Andrés Landero, así como a otros muchos dantescos músicos colombianos, nos encontraremos en YouTube con grabaciones intervenidas, ajustes en las revoluciones del trabajo, es decir rebajadas a menos revoluciones por minuto. Esto no es grave, pero sí importante. Primero, no estamos ante el fenómeno musical original pero sí ante la experiencia real que da el chemo o la tristeza que tal trabajo denotaba. Segundo, dicen que fue en Monterrey, en el barrio de la Independencia, donde este suceso dio inicio. Según Gabriel Duenez (o Dueñez), sonidero local de aquella serranía regiomontana, un día trabajó tanto el equipo que éste se “calentó”, averiándose con ello el controlador de pulsaciones por minuto… de ahí la novedad. Tercero, a través de las rebajadas, el mexicano pudo comprender e interpretar las letras de los sudamericanos.

La secundaria eran los días del Napster. Ahí había algo de Landero, pero mis dudas me llevaron directo a aquel largo callejón del diablo musical llamado la calle Reforma. Me acompañó mi hermano, que buscaba discos piratas de Depeche Mode y The Cure. Apenas llegabas a la Av. Juárez y ya estaban los chicos vendedores de música pirata a tu lado para depositar en tus brazos un libretón lleno de melodías. La mayoría de las piezas pertenecían a discos ya armados por ellos, compilaciones bien locas, mezcla de la mezcla, marihuana pura. Pedí a Landero y me mostró una lista con 100 canciones. Lo conseguí por la módica cantidad de 50 pesos, caro para aquellos días.

Entonces escuché “Nohemí”, “Bailando cumbia”, “La hamaca grande” y supe que indirectamente siempre había escuchado a Landero sin saberlo a ciencia cierta. Como he comentado antes, no me di a la tarea de conocer los miembros de su conjunto, ni los discos que grabó, al parecer con una compañía discográfica importante de Colombia, Discos Fuentes. Sólo entendí, y lo entendí muy bien, que él era quien había abierto el acordeón desde Colombia y el sonido golpeó con furia a los mexicanos, entre ellos Celso Piña y Paco Silva, sus mayores discípulos indirectos que estaban fraguando una súper banda entre la serranía y corrupción mexicana “La Ronda Bogotá”.

Entonces escuché “Cuando lo negro sea bello”. Yo era joven y con furia retenida. En la pieza, que señala la situación de opresión que vive un peón o un grupo de peones colombianos frente a los atropellos de los rubios patrones, despertó mi ira: en Monterrey, a los artistas nos estaban marginando, siempre lo habían hecho. Si no fui el cholo más peligroso del barrio, sí el más talentoso a la hora de cantar o escribir letras melosas para paseos vallenatos que otros morros interpretaban en las tardeadas universitarias.

Han pasado muchos años, muchos. Entonces aquella letra ha llegado a su punto de ebullición en este hombre con 36 primaveras en el pecho.

José coge tu machete que (…) el niño del pueblo se burló de María.
Su cadera, sus cachetes le crecen, su pecho brilla como una vela prendida.
La toma por matrimonio aunque descienda de rey
o yo le aplico mi ley y se lo lleva el demonio…
es tu destino María, como tu piel y la mía…

Landero nunca se preocupó por acentuar las palabras más a lo latinoamericano, ser más audible. Es por eso que no he encontrado el nombre a quien se refiere, quien comete la afrenta, la violación, pero es bien reconocible la opresión del patrón o “el hijo de éste” que viene teniendo la misma autoridad que el padre, que el dueño, que el amo, y contiene las mismas decadencias que su estirpe.

El canto parece surgir del pecho de un “cimarrón”, negros esclavos de los blancos allá en la Serranía de María, o Los Montes de María, Colombia. Dice la historia colombiana que apenas los españoles pusieron sus pies en aquellas tierras, siete años después se enfrascaron en una guerra perpetua con los cimarrones.

Desde los primeros versos, Landero o el compositor de la pieza, nos plantea una situación por demás ya intolerable: el amo está violando a sus hijas. Es por eso que el cantante llama a las armas, no sólo a José, sino a todos los oprimidos, y sueña con la venganza victoriosa:

Yo soy un tigre dormido que todas las noches sueño con el mundo que dejé
Y quitaré vengativo, cuando lo negro sea bello, la cadena de mi pie…

Ahora escucho los versos mientras cruzo la ciudad a bordo de un tren con viaje interminable. Viajo en  un vagón colectivo junto a otros hombres y mujeres que buscan desde tempranas horas el sustento para sus hogares. Acá en mi ciudad, Monterrey, así como en todo México y la América Latina, los hombres están matando a diestra y siniestra a sus mujeres. Desde Tierrade Fuego hasta las márgenes del Río Bravo, los hombres están matando a las mujeres en América Latina tal vez con más ahínco que nunca. Pareciera que los legítimos movimientos feministas han encontrado resistencia en los asesinos desconocidos. Al escuchar las piezas de Landero me pregunto ¿por qué ese halo de tristeza? La respuesta: tanto Landero como Adolfo Pacheco y otros más, interpretan sus melodías en tonos menores, dándole a ese acordeón una personalidad de lamento.

Al escuchar las piezas de Landero me pregunto ¿por qué ese halo de tristeza? La respuesta: tanto Landero como Adolfo Pacheco y otros más, interpretan sus melodías en tonos menores, dándole a ese acordeón una personalidad de lamento.

Podríamos personificar a María como América Latina, y al “niño” mimado como Europa o EUA opresor. El que canta es el poeta, el visor, el que observa y reproduce. José podríamos ser cada uno de nosotros, no importa si eres padre, amante, hermano, pareja. María somos todos. La humanidad, la raza, la madre, la hija, la amada, la enemiga, la compañera, la que cruza la ciudad a nuestro lado o a la distancia.

Pero el vate se hace presente, convoca, busca crear una comisión que vengue la herida comunitaria ¿cuántos años han de pasar para armar una Revolución Latinoamericana? Y algunos hicieron caso al asunto. En 2000, año en que Landero fallece, se da una cruenta batalla entre gobierno y grupos paramilitares colombianos de la zona de los Montes de María.

Sobre el hecho que narra la pieza, parece perderse la línea en la noche de los tiempos. No parece ser un hecho específico, sino la sensación de horror que dejaron estos años entre la población. Lo que impide la ubicación de este trauma es, según varias investigadoras como Adelaida Barrera, es la imposible ubicación temporal. Hay una ambigüedad entre el momento en que ocurre y la furia que desata al recordarlo. Algo de esto me sucede ahora que se me erizan los cabellos con el asesinato de la niña mexicana Fátima, o las imágenes del cuerpo desollado de Ingrid Escamilla, si bien nadie ha tocado a mi hija, tengo pavor de estos tiempos.

Aquella pieza que conocí en mi mocedad ahora hace un eco que retumba en la gran habitación que es el mundo. Esas líneas que indican:

Yo soy un tigre dormido que todas las noches sueño con el mundo que dejé
Y quitaré vengativo, cuando lo negro sea bello, la cadena de mi pie…

Invita al levantamiento (¿de armas o de consciencia?) entre los ciudadanos latinoamericanos contemporáneos. Aquí no importa el género, la música es universo y es para todos. Un canto triste por la América negra, mestiza; la pérdida.