Mierda de artista

No dejo de pensar en cómo el kitsch pueblerino de mi familia, con la debida mercadotecnia, pudo haber sido una tendencia pionera, precursora de los mamarrachos que hoy se venden en miles de euros o de dólares.

Por: Elena Santibáñez

Todo lo que escupe el artista es arte
Kurt Schwitters

Si bien en la casa donde crecí siempre hubo libros de diversa temática, no recuerdo que hubiera de arte, salvo uno de bocetos de Siqueiros que, asumo, era parte de la biblioteca de mi padre por razones más ideológicas que artísticas. Y aunque en mi familia no se cultivó nunca el conocimiento del arte pictórico había varios cuadros [creo que la técnica era gouache y collage] que un amigo artista le regaló a mi papá. Siempre me gustaron. Nunca me cansé de mirarlos y tratar de descifrar qué carajo representaban pues, excepto uno donde claramente se veía a Pancho Villa —o al menos es lo que yo siempre vi—, todos eran abstractos. Me quedé con uno que me acompañó muchos años y colgué en diferentes casas, el cual siempre visualicé como un piano de cola, aunque mi comadre la Güera todo el tiempo me insistió: “No mames, fíjate bien, ¡a huevo que es Tribilín!”. Sea lo que fuera, e independientemente de si el trabajo realizado era bueno o malo, me gustó tenerlo en mis paredes armonizando con el resto de mis posesiones que, indudablemente, no eran obras de arte.

Mucho tiempo fui coleccionista de antigüedades, desde mobiliario en desuso —como una mesa rodante para las botellas, las licoreras y las copas, pieza infaltable en películas de Mauricio Garcés, donde yo exhibía mi colección de ceniceros de hoteles de paso— hasta objetos curiosos e inútiles como una afiladora de navajas Gillete para rastrillos clásicos, la cual funcionaba pero sólo fue usada por mí como pieza de ornato compartiendo el espacio con otras cosas, quizá más útiles pero con menos valor histórico, como las latas de sardinas que, hasta la fecha, uso como ceniceros [los que estaban en el carrito de las bebidas, como en los museos, eran de “mirar y no tocar”].

Mis casas siempre han tenido un toque kitsch, como un perenne homenaje a la estética desarrollada por mi madre, inmortalizada en mi memoria con la imagen indeleble de dos instalaciones: una charola metálica de cerveza Superior [“La rubia que todos quieren”, rezaba el slogan] colocada sobre una base de herrería propia para una maceta, acto que la convertía en una simpática mesita esquinera donde se colocaba un florero de yeso —un oso sonriente ataviado con un trajecito azul, de esos que te ganas en la feria tirando dardos o jugando a la Lotería— con una generosa cantidad de rosas de plástico de un color antinatural. ¡Belleza! La otra era una familia de perros dálmatas de cerámica, unidos entre sí por una cadena dorada, sujeta a sus collares de terciopelo, colocados sobre carpetitas tejidas de crochet, encima de  una cómoda de cedro.

Si obviáramos el hecho de la decoración arriba descrita fue realizada a principios de los años 70, bien podría tratarse de obras exhibidas en Zona Maco u otro festival de arte contemporáneo, las cuales tendrían la virtud de que sus componentes no fueron sacados de un contenedor de basura ni del intestino del autor, y no necesariamente requieren de ser explicados pues, al menos para mí, tienen claras referencias culturales y generacionales. De cualquier modo, en mi opinión, eso no las convierte en arte y si se pretendiera que lo son, se inscribirían en lo que la crítica Avelina Lésper llama, pura y llanamente, el fraude del arte actual.

Sin embargo no dejo de pensar en cómo el kitsch pueblerino de mi familia, con la debida mercadotecnia, pudo haber sido una tendencia pionera, precursora de los mamarrachos que hoy se venden en miles de euros o de dólares y, sin duda, el osito descerebrado con sus inverosímiles flores nos pudo haber sacado de pobres, colocándonos dos rayitas arriba en la escala evolutiva de la notoriedad vacua y la celebridad efímera. Ni modo. Esa historia no nos tocaba. Lo que si nos toca actualmente—excepto a mi padre que ya está muerto y a mi madre que no se entera, situaciones afortunadas para ambos— es presenciar el remake de <<El traje nuevo del emperador>>.

Como mencioné de entrada, no tengo una educación artística y mucho menos los conocimientos estéticos necesarios para valuar, jerarquizar o criticar obras de arte. Pero sí distingo la mierda de lo que no lo es. Y no es sólo una metáfora para nombrar algo de calidad ínfima sino la forma de llamar por su nombre al detritus orgánico que se expele por el ano.

Piero Manzoni (1933-1963), artista conceptual italiano quien, en apego a la idea expresada Kurt Schwitters —citada arriba como epígrafe—, entre otras obras de corte irónico, en 1961 produjo una pieza compuesta por 90 latas que contenían 30gs de sus propias heces fecales y lucían una etiqueta con el título Mierda de artista . En ésta, como en otras de sus obras —globos inflados por él mismo, donde el arte estaba en su aliento, o huevos cocidos con sus huellas dactilares, lo que les conferían el estatus de artístico, y al ser ingeridos trasladaban esta condición a quien los hubiera comido mientras estuvieran en su sistema digestivo, porque al ser evacuados ésta pasaba al excremento— la intención del autor era hacer una crítica al mercado del arte y la valoración de las obras. Al momento de ser exhibidas por primera vez, las latas tenían un precio equivalente al de su peso en oro.

Dichas latas aún circulan en el mercado, junto con rumores crecientes de que lo que contienen es yeso. Lo cual será difícil de comprobar porque, el sólo hecho de abrir una, al margen de lo que contenga, depreciará el valor en el mercado de toda la colección, lo cual es un lujo que nadie quiere darse porque, por ejemplo, en noviembre de 2007 en la casa de subastas Sotheby’s de Milán, con un precio de salida de 80 mil euros, una lata fue vendida en 124 mil. En mi opinión, este ejemplo sería suficiente para ver en un caso concreto uno de los principales argumentos de doña Avelina —tan incomprendida y criticada— quien dice que en el mercado del arte contemporáneo lo que importa es el mercado, no el arte.

Está también el propio Kurt Schwitters (1877-1948), artista vanguardista alemán, quien produjo principalmente collages con objetos y residuos que obtenía de la basura, generó un movimiento al que llamó Merz —de la palabra kommerz (comercio) escrita en infinidad de recibos y publicidad— y con sus obras Merzbau es considerado precursor de la técnica de instalación. Su propia casa en Hannover fue intervenida por él durante una década para crear la primera obra monumental que ocupó seis habitaciones y tenía infinidad de cavidades, donde colocaba detalles personales de sus amigos artistas: un mechón de cabello, un trozo de lápiz, una dentadura postiza, un frasco con orina, etcétera. Más de medio siglo después, del trabajo y la propuesta crítica de estos artistas, la mierda y la basura pueden venderse, simplemente, como mierda y como basura.

Por ejemplo, a finales de 2010 una réplica de la Venus de Milo realizada con excremento de panda fue exhibida en el Museo de Bellas Artes de Henan y comprada por Uli Sigg, un coleccionista suizo de arte contemporáneo chino, por 300.000 yuanes [45, 000 dólares].

Pero el que realmente le dio al clavo en 2001, fue el artista y empresario —tal vez más lo segundo que lo primero— Justin Gignac, quien empezó a vender basura 100% auténtica de la ciudad de Nueva York, la cual se recoge a mano en las calles y se organiza en cubos de Lucite —poli-metil-metacrilato, que en sí mismo ya es basura— que están firmados, numerados y fechados. Los cubos regulares se venden en 50 dólares, y los de edición limitada con basura proveniente de eventos como la Serie Mundial en el Yankee Stadium, Nochevieja en Times Square y la Convención Nacional Republicana cuestan 100. En marzo de 2007 se creó la primera edición internacional de NYC Garbage, con desechos de St. Patricks Day Parade en Dublín, Irlanda. Actualmente el proyecto reside en 30 países.

Y en lo que se refiere al arte contemporáneo hecho en petatiux, un botón de muestra: las cubetas de colores de Julieta de Aguinaco (Zona Maco 2013), las cuales no contenían mierda sino agua, y de acuerdo con el concepto artístico desarrollado por los hombrecitos —y mujercitas, pa’que no falte la equidad de género— que viven en su cabeza, representan el pasado lacustre de la ciudad de México y muestran el problema creciente del abasto de agua en la Ciudad de México que, según le han contado, se va a poner peor. Lo anterior lo expresa —palabras más, palabras menos— en una breve pero sustanciosa entrevista que le hizo la crítica de arte —tan criticada ella— Avelina Lésper. Es una joya la parte donde la artista, con sus propios términos, dice que si las obras no se entienden y hay que explicarlas es porque el público tiene que echarle ganitas pa’entender. Aquí les dejo la liga