Domingo

| Memorias, historias y crónicas

La foto del abuelo

Ojalá tuviera el récord del abuelo para compartirlo, ojalá recordara sus manos jodidas por la maquiladora y los golpes; ojalá recordara sus ojos, pero todo el mundo habla de que era igualito a mi padre y que yo lo soy también.

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Hace unos días mis papás sacaron un montón de cosas a la basura, cosas viejas, sin utilidad, cosas que se van acumulando sin recordar el por qué; siempre he sido muy chacharero así que me entretuve un rato viendo qué podía rescatar. Entre todas esas cosas que ya estaban destinadas al camión de los deshechos encontré la fotografía de un boxeador, quien por mucho tiempo creí que era mi padre, y después, mi abuelo. El caso es que ninguno lo era. Se trata del pugilista tapatío Vicente Saldívar (algo que obviamente supe años después). Alguna vez a mi mamá le pareció divertido decirme que era mi papá y yo, siendo un niño, no dudé en su palabra.

Mi padre siempre ha sido un fiel seguidor del boxeo, tenía unos guantes viejos por ahí y cuando veíamos las funciones por televisión las narraba explicándome cada movimiento y el tipo de golpe; alguna vez lo acompañé a la arena, así que no creí raro que algún tiempo lo hubiera practicado. Después, a los pocos años, supe que quien había sido boxeador profesional era mi abuelo: Marcos Bernal Cortés, así que di por hecho que el hombre de esa foto manchada por la humedad, pero que aún conservaba algunos de sus colores, era él. No tengo ningún recuerdo suyo. Dicen que me cargó algunas veces y que me llevó caminando por algunas calles de Guadalupe, pero yo era pequeño. Hay pocas fotos de él así que, como les digo, siempre tuve la idea de que el boxeador de aquella foto era Don Marcos, el abuelo.

Don Marcos, “El Cepillo”, “Kid Bernal”, practicó y se rompió la madre mucho tiempo en el Gimnasio Club Panchito Villa, ubicado en la Calle Bernardo Reyes, entre la tercera y la cuarta de la Colonia Industrial,en Monterrey, allá por 1935. Vivía a unas calles de aquel gimnasio, más o menos por donde ahora se encuentra la central camionera, y trabajaba en una maquiladora. Muchos negocios de aquellos años eran independientes, pero de alguna manera dependían de la fundidora o de la cervecera; mi papá no recuerda bien dónde laboraba el abuelo, pero tiene presente los recibos que le entregaba a mi abuela, Doña Ofelia Saavedra; ganaba 18 pesos por semana. Mi papá, el mayor de los Bernal, a escondidas iba a entrenar al mismo lugar, hasta que un día “el Mocho”, entrenador del barrio, le dijo que ya no podía –”El Cepillo amenazó con rompernos la madre si no te corremos cuando andes por aquí”– así que ahí terminaron las aspiraciones de mi padre en el mundo del pugilismo.

Como buen boxeador, mi abuelo también era bien pedote, le encantaba la bohemia, el alcohol, se rodeaba de vagos, gamberros; así como se agarraba a madrazas dentro del ring lo hacía en las calles de la Independencia o en los alrededores del antiguo estadio de béisbol “Cuauhtémoc”. Cuidaba mucho a los perros callejeros, tenía un pequeño grupo de guardaespaldas formado por ellos, cuentan. Y dicen que lloró un poco cuando cargó al primer nieto de su hijo el mayor: al pequeño Luis.

Todo lo que platico son apenas algunas cosas que recuerda mi viejo, que entre lágrimas cita esa canción de Antonio Aguilar, justo la parte que dice: “Recorrimos tantas veces caminos y más caminos, éramos inseparables, casi como dos amigos”.  Cuando hablo de ser profesional en 1935 en la Colonia Industrial me refiero al circuito de gimnasios de la zona metropolitana de Monterrey, donde hacían las funciones, cobraban, vendían alcohol, apostaban y al caso funcionaban como arenas.

Ojalá tuviera el récord del abuelo para compartirlo, ojalá recordara sus manos jodidas por la maquiladora y los golpes; ojalá recordara sus ojos, pero todo el mundo habla de que era igualito a mi padre y que yo lo soy también. Recogí la foto y la puse en mi escritorio, pronto la voy a enmarcar; en mi mente siempre será el abuelo, “el Cepillo”, “Kid Bernal”, el que se golpeó con la vida y la noqueó cuantas veces pudo, el que enseñó a trabajar al que me enseñó a trabajar a mí.