Gorilas en la niebla

Tres razones para ver “La forma del agua”

“La forma del agua” recupera elementos claves del imaginario fílmico norteamericano para combinarlos, esta vez, con episodios de sexo alternativo, y un enfoque ligado a lo subterráneo y las minorías silenciosas.

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Por: Gabriel Contreras

UNO

La forma del agua, de Guillermo del Toro, forma parte de una propuesta narrativa que se ha venido desarrollando a través de un conjunto de historias que comparten, como telón de fondo, una apuesta imaginativa en la que conviven numerosos elementos de estilo y de realización. Sin embargo, entre todas esas fuentes ficcionales me gustaría subrayar con amarillo la presencia de una visión romántica, a través de la cual Guillermo del Toro nos ha seducido para ejercer un culto –una idealización- de lo nocturno, lo vampiresco, lo mortuorio y –obviamente- lo inexplicable. Así, a través de abordajes que hoy son historia, como Mimic, El laberinto del fauno y El espinazo del diablo, hemos podido asistir a un trabajo de composición escénica y narrativa dominado por valores, digamos, extracotidianos, que operan como pequeños portales a un universo en el que la muerte posee una altísima significación, el horror se convierte en un ingrediente –placentero- de alto calibre, y la monstruosidad se pasea como Pedro por su casa. Naturalmente, los recursos sobre los que se apoya Guillermo del Toro al tejer estos planteamientos, y en especial el de La forma del agua y Cronos, nos exigen recordar distintos capítulos del romanticismo, que entremezclan textos novelísticos con fotogramas. Me refiero en especial a las historias de Drácula, Frankenstein y El monstruo de la Laguna Negra. Pero, ojo, al mismo tiempo están muy presentes en esas visiones la experiencia televisiva de Del Toro en su infancia, como es el caso de Dimensión desconocida, Galería Nocturna y El Show de Alfred Hitchcock. Obviamente, a ese arsenal semiótico, sería imposible no agregar la influencia del llamado cine B, en el cual figuran con discreto esplendor las películas de El Santo, Blue Demon, e incluso una de las grandes parodias de nuestra historia fílmica: Chabelo y Pepito contra los monstruos.

DOS

Las fuentes fílmicas, los guiños, las influencias y las escuelas que mueven la mano creadora de Guillermo del Toro son, quizás, innumerables, pero hay otro aspecto que resulta contundente en su caso, y que no quisiera dejar desapercibido. Guillermo del Toro es un realizador mexicano, en el sentido legal de la palabra. Sin embargo, sus dispositivos de producción, su elenco, y su equipo todo lo muestran como un realizador internacional.

TRES

Obviamente, una película como La forma del agua sería imposible de rodar en México, porque la industria fílmica mexicana, hoy y desde hace bastantes años, se mueve en otro marco creativo, muy diferente, un marco constreñido por razones de tipo económico, artístico y político. O sea, los proyectos fílmicos que se pueden desarrollar hoy, en México, rara vez se ligan al plano de lo fantástico, y en los últimos años apuntan especialmente hacia lo cómico y lo criminal. Lo que estoy diciendo es que La forma del agua no podría haber sido planeada o imaginada dentro de los dominios del cine mexicano, pero tampoco en el ámbito español, italiano, francés, argentino o brasileño. La forma del agua vive, digámoslo así, en ese espacio en el que el cómic se convierte prácticamente en storyboard, y el storyboard en cine. Y ese espacio, hoy, es uno de los factores clave del cine norteamericano, porque ahí, precisamente, habitan sus grandes mitos, desde Batman hasta Ironman, sin descartar a una inmensa fauna de superhéroes, típicos o atípicos (me refiero, obvio, a Watchmen). Sin esa coyuntura creativa, hubiera sido imposible rodar La forma del agua, que recupera elementos claves del imaginario fílmico norteamericano (el blues, la TV en blanco y negro, el cómic de detectives, el cine musical, el enemigo ruso), para combinarlos, esta vez, con episodios de sexo alternativo, y un enfoque ligado a lo subterráneo y las minorías silenciosas (todos los protagonistas son marginales: la afanadora muda, el señor homosexual, el mesero coqueto, el científico ruso, la negra gorda, y el monstruo). Así, La forma del agua adquiere una estatura de espectáculo bienintencionado, nos acerca a una visión ética incluyente, y nos entrega la promesa de una continuidad del cine fantástico de Guillermo del Toro, que es por cierto uno de los mejores artistas visuales del México contemporáneo.