Nariz de boxeador mulato, mezcla de ángel y bestia: Nicanor Parra se despide

La poesía del mundo y especialmente la latinoamericana le debe mucho a este poeta siempre irreverente que no sólo vio pasar prácticamente todo el siglo XX sino que hizo de sus acontecimientos materia de su obra.

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Poemas: Nicanor Parra
Presentación: Carolina Olguín

La poesía del mundo y especialmente la latinoamericana le debe mucho a este poeta siempre irreverente que no sólo vio pasar prácticamente todo el siglo XX sino que hizo de sus acontecimientos materia de su obra.

nicanor parra libro
Foto: I. Municipalidad de Santiago / Flickr (Creative Commons)

Este 23 de enero de 2018 ha muerto el entrañable y autonombrado antipoeta Nicanor Parra, a los 103 años. La poesía del mundo y especialmente la latinoamericana le debe mucho a este poeta siempre irreverente que no sólo vio pasar prácticamente todo el siglo XX sino que hizo de sus acontecimientos materia de su obra.

Los temas cotidianos de la vida, la mujer y su influjo, las penas y alegrías más elementales, la religión, los gobiernos y los convulsos sucesos que marcaron cada década con atrocidades o absurdos, así como la figura del escritor y su solemnidad rancia, todo ello y más fueron blanco de los certeros versos de Nicanor Parra. El antipoeta supo romper con estructuras, recuperar el habla popular y renovar la poesía; inteligente como fue, ironizó no sólo sobre los otros sino sobre el gran Otro que fue él mismo, personaje de sí mismo y espejo para cualquiera de nosotros sus lectores.

Despedimos a este implacable chileno pero nos quedamos con su obra, y como muestra, estos tres poemas de distintos libros suyos,donde el propio poeta aborda y se ríe de la muerte:

Epitafio

De estatura mediana,
Con una voz ni delgada ni gruesa,
Hijo mayor de profesor primario
Y de una modista de trastienda;
Flaco de nacimiento
Aunque devoto de la buena mesa;
De mejillas escuálidas
Y de más bien abundantes orejas;
Con un rostro cuadrado
En que los ojos se abren apenas
Y una nariz de boxeador mulato
Baja a la boca de ídolo azteca
―Todo esto bañado
Por una luz entre irónica y pérfida―
Ni muy listo ni tonto de remate
Fui lo que fui: una mezcla
De vinagre y de aceite de comer
¡Un embutido de ángel y bestia!

(De Poemas y antipoemas, 1954)

 

Lo que el difunto dijo de sí mismo

Aprovecho con gran satisfacción
Esta oportunidad maravillosa
Que me brinda la ciencia de la muerte
Para decir algunas claridades
Sobre mis aventuras en la tierra.
Más adelante, cuando tenga tiempo,
Hablaré de la vida de ultratumba.

Quiero reírme un poco
Como lo hice cuando estaba vivo:
El saber y la risa  se confunden.

Cuando nací mi madre peguntó
Qué voy a hacer con este renacuajo
Me dediqué a llenar sacos de harina
Me dediqué a romper unos cristales
Me escondía detrás de los rosales.

Comencé como suche de oficina
Pero los documentos comerciales
Me ponían la carne de gallina.

Mi peor enemigo fue el teléfono.

Tuve dos o tres hijos naturales.

Un tinterillo de los mil demonios
Se enfureció conmigo por el “crimen
De abandonar a la primera esposa”.
Me preguntó “por qué la abandonaste”
Respondí con un golpe en el pupitre:
“Esa mujer se abandonó a sí misma”

Estuve a punto de volverme loco.

¿Más relaciones con la religión?
Atravesé la cordillera a pie
Disfrazado de fraile capuchino
Transformando ratones en palomas.

Ya no recuerdo cómo ni por qué
“Abracé la carrera de las letras”.

Intenté deslumbrar a mis lectores
A través del sentido del humor
Pero causé una pésima impresión.

Se me tildó de enfermo de los nervios.

Claro, me condenaron a galeras
Por meter la nariz en el abismo.

¡Me defendí como gato de espaldas!

Escribí en araucano y en latín
Los demás escribían en francés
Versos que hacían dar diente con diente.

En esos versos extraordinarios
Me burlaba del sol y de la luna
Me burlaba del mar y de las rocas
Pero lo más estúpido de todo
Era que me burlaba de la muerte[1]
¿Puerilidad tal vez? — ¡Falta de tacto!
Pero yo me burlaba de la muerte[2].

Mi inclinación por las ciencias ocultas
Hízome acreedor al sambenito
De charlatán del siglo dieciocho
Pero yo estoy seguro
Que se puede leer el porvenir
En el humo, las nubes o las flores.
Además profanaba los altares.
Hasta que me pillaron infraganti.
Moraleja, cuidado con el clero.

Me desplacé por parques y jardines
Como una especie de nuevo Quijote
Pero no me batí con los molinos
¡Nunca me disgusté con las ovejas!

¿Se entenderá lo que quiero decir?

Fui conocido en toda la comarca
Por mis extravagancias infantiles
Yo que era un anciano respetable.

Me detenía a hablar con los mendigos
Pero no por motivos religiosos
¡Sólo por abusar de la paciencia!

Para no molestarme con el público
Simulaba tener ideas claras
Me expresaba con gran autoridad
Pero la situación era difícil
Confundía a Platón con Aristóteles.

Desesperado, loco de remate
Ideé la mujer artificial.

Pero no fui payaso de verdad
Porque de pronto me ponía serio[3]
¡Me sumergía en un abismo oscuro!

Encendía la luz a medianoche
Presa de los más negros pensamientos
Que parecían órbitas sin ojos.
No me atrevía ni a mover un dedo
Por temor a irritar a los espíritus.
Me quedaba mirando la ampolleta.

Se podría filmar una película
Sobre mis aventuras en la tierra
Pero yo no me quiero confesar
Sólo quiero decir estas palabras:

Situaciones eróticas absurdas
Repetidos intentos de suicidio
Pero morí de muerte natural.

Los funerales fueron muy bonitos.
El ataúd me pareció perfecto.
Aunque no soy caballo de carrera
Gracias por las coronas tan bonitas.

¡No se rían delante de mi tumba
Porque puedo romper el ataúd
Y salir disparado por el cielo!

[1] Los mortales se creen inmortales.
[2] Todo me parecía divertido.
[3] Querubín o demonio derrotado.

(De Versos de salón, 1962)

 

Hasta luego

Ha llegado la hora de retirarse
Estoy agradecido de todos
Tanto de los amigos complacientes
Como de los enemigos frenéticos
¡Inolvidables personajes sagrados!
Miserable de mí
Si no hubiera logrado granjearme
La antipatía casi general:
¡Salve perros felices
Que salieron a ladrarme al camino!
Me despido de ustedes
Con la mayor alegría del mundo.

Gracias, de nuevo, gracias
Reconozco que se me caen las lágrimas
Volveremos a vernos
En el mar, en la tierra donde sea.
Pórtense bien, escriban
Sigan haciendo pan
Continúen tejiendo telarañas
Les deseo toda clase de parabienes:
Entre los cucuruchos
De esos árboles que llamamos cipreses
Los espero con dientes y muelas.

(De La camisa de fuerza, 1968).