Vinipiel

Ya estamos rucos, cero trucos

El caso es contundente, no miente: el mundo está moviéndose, sacudiéndose. Nada volverá a ser igual, decimos; aunque siempre lo hemos sabido. Día a día ha sido así. Ayer no es hoy y mañana no hay mañana.

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¡Alex! Escucho mi nombre. Me gritan en la calle. ¡Alex! Otra vez. Me asomo por la ventana, son mis padres llamándome. Tomo un frasco con gel anti bacterial, cierro la puerta del depar, bajo escaleras y llego a ellos. De entrada, el impacto es duro, no importa cuántas veces suceda: distante del rastrillo y la peluquería, certifico que tengo más canas que mi padre; además, al minuto de charla reafirmo que, hablando de estado de ánimo, ni duda cabe que el mío luce infinitamente débil, anémico, si lo comparo con el de mi madre. 

Nos saludamos y hablamos del virus, por supuesto, como cada ocho días. Intercambiamos noticias, números, rumores. Mi madre es enfermera (y hablo en presente porque, a pesar de que se ha jubilado, ella misma afirma que la cofia se porta de por vida); en su carril, mi padre trabajó toda su vida al servicio de la salud en diversas divisiones. Vaya, que ambos saben del tema, que los dos entienden de menesteres sanitarios, de enfermedad. Conocen lo que es intubar a un paciente, hacerle curaciones, lo que agonizar en el área de urgencias significa; por otro lado, igualmente saben cuáles medicamentos escasean en las farmacias y cuánto valen, lo rudos que son los trámites burocráticos y la monserga que los familiares de los enfermos sufren en muchos sentidos.   

Los tres entendemos cabalmente que lo último que un ser humano querría sería caer en las garras de nuestro sistema de seguridad social en una situación como la que los mexicanos atravesamos. Aunque también coincidimos en lo injusta que se comporta la sociedad ante los trabajadores de la salud. Porque en la misma medida que la gente suele quejarse del servicio de transporte colectivo que nos lleva por túneles en el subsuelo, así como escupe sobre nuestro servicio de limpia y mira por debajo al gremio de profesores de educación básica, cacarea sobre el pésimo trato que suele recibir cuando cruza las puertas de clínicas y hospitales del IMSS. Pocos conocen que quienes engrosan esos trabajos hacen magia con tal de que las cosas no se desmoronen de un soplido. Siendo específicos, ajenos de la mafia y la corrupción que en los altos mandos impera, la inmensa mayoría de los obreros de la salud aprende a trabajar a la mexicana, improvisando a diario, ideando soluciones que ni el Dr. Chunga imaginaría. 

En la calle sola, abandonada, mis padres y yo charlamos sobre la crisis económica que se avecina. Al tiempo, atardece. El cielo se va poniendo rojo despacio y les cuento de lo complicado que será para la industria del espectáculo mantenerse en pie; aunque me guardo que mi futuro en ese rubro lleva rato tambaleándose y que esta vez la situación se manifiesta alarmante. Presente agreste éste: es como si Muhammad Ali me hubiera soltado un puñetazo en la mandíbula, a mí, con mi condición de alfeñique. Enclenque que soy desde siempre, de cualquier manera esta semana no fue del todo mala. Para mi sorpresa, cayó un depósito que estaba fuera del radar, pero lo mejor fue recibir un mensaje de alguien que me pedía cinco libros. ¡Cinco!, y pagando la entrega vía DHL por anticipado. Qué cosa. Y eso no fue todo: cada libro se fue firmado, dedicado especialmente a gente que no conozco.  

Presente agreste éste: es como si Muhammad Ali me hubiera soltado un puñetazo en la mandíbula, a mí, con mi condición de alfeñique.

Unas cuantas personas se han acercado a mi barrio para comprarme un ejemplar de Manual de carroña. Y lo he celebrado con porras y cuetes. Cuando ocurre siento que una bocanada de aire, más limpio que el que abre las montañas donde la marca Topo Chico recoge su agua, echa carreras dentro de mí. Lejos del tema monetario, saber que alguien por ahí tiene ganas de leerte, ganas de pagar por hacerlo, simboliza un lujo, un lujo brujo. Rujo por dentro cuando certifico que quien sea está listo para indagar si lo que escribo prende. Bueno, el asunto es que traigo un billete extra en el bolsillo y a dos calles de casa hay una cafetería, un negocio que se agarra con las uñas del quicio en estos días que el confinamiento nos tiene al borde del borde. “Les invito un café”, le digo a mis jefes, y andamos hacia donde el grano se desgrana.  

Seguimos charlando. Les leo en voz alta la columna de Héctor de Mauleón, y dándole al scroll, sin querer me topo en el teléfono con fotos viejas, imágenes de nosotros tres. Cámara, las vamos viendo. Con pulgares e índices las agrandamos. Zoom y boom. Me pone mal recordar días previos, pero las memorias explotan sin aviso. Y mientras apreciamos cuántas arrugas hemos acumulado, les cuento que Universal Stereo, la frecuencia en FM que por años los ha acompañado en su casa y en su nave, posee un futuro inestable. 

El caso es contundente, no miente: el mundo está moviéndose, sacudiéndose. Nada volverá a ser igual, decimos; aunque siempre lo hemos sabido. Día a día ha sido así. Ayer no es hoy y mañana no hay mañana. Ya estamos rucos; cero trucos. Imposible eludir la verdad cuando ellos me conocen de toda la vida, ¿cómo negarles cuánto he envejecido? Aunque observando nuestras viejas fotos certificamos que una década atrás nos veíamos jóvenes, los tres. Vaya, en esos días mis sobrinos eran bebés, les cambiábamos los pañales; hoy día, esos dos son los gandules nos enseñan a manipular el teléfono con la desgana propia de quienes todo lo saben. 

“Es bueno estar vivos”, me cuento para adentro. Corro a la cocina y abro el refrigerador, busco una cerveza cuando sé que no voy a encontrarla, cuando entiendo que los envases no nacen porque sí en medio de la escarcha.

Tras un rato nos despedimos diciendo que hallarnos habremos la siguiente semana y, al entrar a casa, sin preverlo me siento bien tan sólo por haber platicado con ellos. “Es bueno estar vivos”, me cuento para adentro. Corro a la cocina y abro el refrigerador, busco una cerveza cuando sé que no voy a encontrarla, cuando entiendo que los envases no nacen porque sí en medio de la escarcha. Voy perdiendo la guerra, no ha habido forma de hacerse de una caguama en este desierto virulento y violento. Afortunadamente encuentro un charco de gin y lo engordo con hielos, agua y una rodaja de pepino.

Así, con trago en mano enchufo los audífonos al cel. Busco un tema de Jason Joshua y me la sigo, sin saber por qué, con el denso viaje de Wallace Roney otro tramo. Amo del cantón, prendo la lámpara de piso y agarro un libro que habla del amor al dólar firmado por JM Servín. Así me dejo caer en un puff, enterándome de que el autor sabe de los alcances de eso que él mismo denomina “nostalgia de lonchería”. ¿Se referirá a la ausencia de serotonina, será que alude a mi caso? Porque lo que hago es eso: aplicarme el tres de bastos cuando me basto para entender lo que le pasa a mi foco, lo que podría hacerme llevadero, a pesar de todo, el rato (aquí sí, echándole guante al truco). 

Renglones y compases paso pensando en los mecanismos del artificio, en los alcances del vicio: para encontrarme más o menos bien, debo pagar en la farmacia una vez al mes mi cuota, mi derecho de piso. Porque nada es gratis, ni la chela ni los libros ni las tortillas. En realidad, sólo los periodistas somos lo suficientemente idiotas como para rifar de a grapa. Sí, incluso los neurotransmisores cobran por poner la palanca en cuarta, por hundir el acelerador con tal de que los motores de los tristes se aferren a seguir rugiendo un rato más por la carretera.

Así me voy quedando dormido. Despertaré por ahí de las tres de la mañana. Atarantado, por pura inercia iré al refrigerador buscando, otra vez, una pinche chela. Ya en la cama, pasando saliva consideraré que al menos algo memorable me ha dejado esta pandemia: ser uno de los millones de testigos rucos que en silencio observaron cómo ese líquido dorado fue desterrado, vil y arbitrariamente, de la de por sí flaca canasta básica del mexicano.